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SILENCIO Víctimas sin culpa ni historia

A modo de ilustración

Persiste el flagelo de asesinar por etnia o creencia, sin embargo, el exterminio quirúrgico de infantes nonatos es la atrocidad moderna más grave

Nada impidió ni impide que millones de prisioneros torturados y muertos en todo el mundo griten su dolor: de Alemania a Venezuela, de Cuba a la Argentina, de Chile a Corea del Norte, de Guantánamo a Camboya, de China a Nicaragua. El carcelero lo busca: que griten, porque el grito confirma el sufrimiento; que griten, porque exhibe su impotencia; que griten, aun sabiendo que nadie los oirá; que griten, porque ese clamor, tan audible como inútil, es parte del castigo.
Cada día miles de personas son torturadas o asesinadas no por lo que hicieron, no por delitos graves ni leves, no por inducir a otros al mal, sino por algo todavía más banal y más atroz: por lo que son, por lo que sus ideas representan, por mantener viva y en paz su fe religiosa, su convicción política, su identidad. Y a veces ni siquiera por eso: son violados, martirizados y eliminados tan solo por su color de piel o por su etnia.
Ese drama permanece. Es gravísimo, pero sucede todos los días, en todos los continentes, en algunos lugares de modo más evidente, en otros en medio de un silencio cruel y ominoso. Persiste el viejo flagelo que dicta que hay seres humanos que merecen ser golpeados, castigados o exterminados simplemente por ser algo que incomoda a otros.
Son millones, y en su sufrimiento dejan un testimonio que anima a otros a continuar la lucha, aunque sea desigual, para defender un derecho elemental: seguir vivos, mirar el mismo sol que mira el resto del mundo, respirar el mismo aire que respira cualquier hijo de Dios. Al menos tienen el derecho a dejar esa herencia.
Sin embargo —mire usted— también hay millones de muertos que no llegan a gritar. Millones que ni siquiera alcanzan a ser oídos. Millones sin ninguna culpa, sin ningún pecado personal, sin voz y sin historia. Están a menos de un kilómetro de cualquier casa, en cualquier país, todos los días.
Los matan sin que hayan hecho nada, sin que tengan posibilidad de defensa, sin razón que justifique un acto semejante. Son niños en el vientre materno. Molestan, sobre todo, a quienes deberían amarlos antes incluso de conocerlos. Son eliminados quirúrgicamente por manos que estudiaron para salvar vidas, no para extirparlas.
Como con tantos crímenes, sus autores intentan que no queden huellas. Y así, los cuerpos de cientos de miles de niños terminan en lugares desconocidos, destinados a fines que nadie se atreve a explicar. Tan solo en la Argentina, en el 2022, fueron eliminados algo menos de 97.000 antes de nacer. Parece poco, pero en un año superan la población entera de ciudades como La Banda. En tres años igualan la provincia de Santa Cruz. Una generación completa que es borrada del mapa.
En números redondo, si los nacidos vivos rondan el medio millón por año y los abortos alcanzan los cien mil, significa que el país desecha uno de cada cinco. O que mata al veinte por ciento de quienes deberían llegar a ver la luz. Cuéntelos como quiera: es una enormidad.
La Iglesia Católica debiera recordar cada día —en cada misa, en cada súplica— el alma de esos niños, y pedir a Dios misericordia para quienes autorizaron esta tragedia, para quienes la ejecutan, para quienes la acompañan y también para las madres que consienten, sobre su propio cuerpo, ese crimen doloroso. Pedir que, si se arrepienten, encuentren perdón y salvación.
No basta la excusa de que la ley ya fue aprobada y nada puede hacerse. Ese argumento sería suficiente solo para quien olvida que los primeros cristianos desobedecieron leyes injustas, como la que les obligaba a abjurar de su fe. Luego arriesgaron la vida por la Verdad y, aun perseguidos, sus creencias sobrevivieron.
La sociedad actual parece empeñada en un suicidio colectivo. Y lo ejecuta a un ritmo que debería estremecer a cualquiera que todavía crea en la dignidad humana, creada por Dios y destinada a la vida.
Al menos una vez al año, en cientos de plazas y calles alrededor del mundo, miles de partidarios del aborto aullarán la jactancia de ser partidarios de la muerte de inocentes.
De este lado de la vida se rezará por ellos.
También.
Juan Manuel Aragón
A 13 de diciembre del 2
025, en el ojón. Visitando parientes.
Ramírez de Velasco®

Comentarios


  1. El aborto de papel, también conocido como aborto masculino, aborto financiero o aborto jurídico es la posibilidad del padre biológico, antes del nacimiento del niño, de renunciar a cualquier derecho, privilegio y responsabilidad hacia el niño, incluidos los apoyos financieros.3?4?5? De esta manera, antes de que nazca un niño, un hombre podría liberarse a sí mismo de las exigencias y responsabilidades de la paternidad.

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