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SAUDADES Antajé o La Aurora

Uno de los dos

Lugares por los que uno anduvo

Debe estar ahí todavía, en Antajé, en La Aurora, dónde sería, ese almacén en el que paramos a comer, una vez que veníamos del campo con mi tata. Pedimos un sánguche de mortadela y algo para tomar. Veníamos cansados y con hambre, en una camioneta azul que sabía tener. El almacén tenía un juego de billar y, después de comer, mi tata agarró el taco y se puso a tirar las bolas para un lado y para el otro.
Entonces aprovechó para contarme lo del esnúquer. Lo poco que me acuerdo ahora es que era un juego con bolas de varios colores y que había que embocarlas en la tronera en un cierto orden. También me explicó las diferencias que había entre el esnúquer, la billa y la carambola, pero hace tantos años que qué me voy a acordar.
Desde entonces me quedó un recuerdo de aquel despoblado almacén que quedaba al frente de un montecito ralo. Si detrás de esas plantas había una vía, entonces era La Aurora, si no había, era Antajé. Lo que son las cosas, tanto tiempo ha pasado y no me acuerdo.
Hace unos cuantos años se me dio por cometer actos de comercio y volví a la Aurora, pero iba en otra circunstancia, con un porteño que no entendía de recuerdos, saudades o líricos padeceres y se pasó todo el camino hablando de sus conquistas de tipo erótico-sexual. Distraído con la conversación del gringo, se me pasó el almacén.
Cada vez que me veía, Pololo Filipi me sabía convidar que fuera con mi tata a comer un asadito en Antajé. Y siempre era que un día de estos, que ya vamos a ver, que más adelante.
Ahora que Pololo y mi tata ya no están más, quizás un día de estos me dé una vuelta por Antajé. Más que nada para ver qué queda de ese mediodía que paramos en un almacén y pedimos un sánguche de mortadela.
Y sacarme la duda, si era Antajé o La Aurora.
©Juan Manuel Aragón

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