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CUENTO Popotitos

El baile es baile

“Cuando hay aire fuerte ella parece volar, en plena lluvia no se va a mojar”


Cuando la pareja de cuervos llegó, estaban pasando una de esas grabaciones en que las gallinas hacen trencitos y sacan a bailar a los gallitos. La cuerva iba con un vestido negro, dos tajos en las piernas y él de pantalón negro y camisa colorada. Era como la una de la mañana y estaban muy serios como siempre. Se pararon un rato en la puerta y otearon dónde se sentarían. Eligieron una mesa desde la que se podía ver la pista de baile, la barra, los mozos, la pista y los músicos. Los cuervos siempre saben dónde posarse, no en vano llevan siglos de evolución volando en círculos, acercándose lentamente a sus presas, colgándose de lo alto de la arboleda. Los pollos nuevos conocen una sola manera de bailar, mueven el cuerpo como si les hubiera agarrado la corriente, hacen evoluciones extrañas poseídos pensamientos muy raros, para ellos todo lo demás es antiguo o folklore. En cambio, las gallinas viejas bailan lo que les pongan, cumbia, chacarera, rock, carnavalito, tango, gato, bolero, merengue, salsa, foxtrot, pasodoble, twist, milonga, merengue, zamba, chamamé, todas artesanías de un tiempo que ya no es. Y lo hacen con gracia, con lo que antes se llamaba donaire y ahora es "todo bien, loco, todo bien".
Camarones que se duermen, camarones que se duermen, se los lleva la corriente, así está mi corazón, así está mi corazón, tu amor se lo lleva siempre.
Ellos acechaban pacientes. Por ahí, de una mesa grande de empleados de un juzgado de tribunales que festejaban el cumpleaños de uno, salió a la pista una pareja. Los cuervos se estremecieron de intriga, parecía que esa pareja era buena bailando, pero ni se miraron. El cuervo sacó un cigarrillo rubio, sin dejar de observar lo que pasaba con los bailarines. Lentamente, como quien no tiene apuro, lo encendió con una mecha de fósforo que luego agitó en el aire para dejarla caer sobre el cenicero, apagada, yerta. La pareja de gallinas de la mesa del juzgado de cuarta nominación de tribunales bailaba correctamente sí, pero una corriente de alivio corrió por entre las plumas de los cuervos, finalmente no era tan buena. Los más grandes contrincantes que tendrían esa noche bailaban bien, pero solamente eso. Algunas gallinas se movían discretamente, siguiendo el compás de la música, el resto, empleados de tribunales mezclados con los viejos de toda la vida, hacía un pandemonium de movimientos sin conexión con nada. Los ojos de los cuervos se aburrían. Iba a ser otra noche de presas fáciles.
Acordate Moralito de aquel día, que estuviste en Urumita y no quisiste hacer parranda. Te fuiste de mañanita, sería de la misma rabia.
Al rato las gallinas se comenzaron a cansar. O será que los que ponen la música ya saben cómo bajar el ritmo, porque el gallinero se va a sentar a tomar algo, en una palabra, hacer gasto en el boliche. Unas gallinas viejas que iban rumbo a su mesa, se acercaron a saludar a los cuervos. Algunos que también los conocerían del Trust Pastelero o de otros lugares también los saludaban con respeto. Eso es lo que tienen las gallinas viejas, que bailan sin que nada las amedrente, ni siquiera una pareja de cuervos asentada en la percha de un algarrobo alto que los mira sin compasión, esperando el momento para caer sobre ellas. Uno de los mozos, que antes sabía ser del Trust, también los saludó y recién les preguntó qué iban a tomar. Él pidió algo que después, cuando se lo llevaron, parecía ginebra, ella una Cocacola chica. "Aquí tienen el pedido, doña Estrella, don Iber". Estrella es culona como casi todas las cuervas tangueras, ojos ligeramente saltones, pintados de negro profundo y las pantorrillas gordas y duras, musculosas. Él es un tanto así más bajo que ella, cosa de la raza, quién sabe.
Tengo yo dos cosas tuyas que te quiero devolver. Un rizo de tus cabellos y un beso que te robé.
Cuando las bandadas se terminaron de asentar, cada una en su mesa, los cuervos se prepararon. Iber se arremangó la camisa, mientras tomaba su ginebra de a sorbitos pequeños. Estrella tenía los ojos iluminados y metía los labios para adentro, como hacen ellas cuando quieren desparramarse el rimmel por toda la boca. Por ahí le dio un reflejo de luz en la cara. Tenía brillitos como los que se ponen las chicas de cumpleaños de quince. Él se pasó una mano por el cabello, peinado para atrás, como corresponde a los tangueros viejos y con una calva como tonsura, tipo San Francisco de Asís en "Hermano Sol, hermana Luna". La música había bajado varios decibeles. Ponían cualquier cosa. Algo en inglés que no motivaba a salir a la pista. Hay que tener cuidado con las gallinas porque si te descuidas te bailan el arroz con leche, el japi berdi tuyú, cualquier cosa que parezca música. De algo tienen que vivir las cacatúas del boliche también. Así que sentaditos y tomando algo todos. Pero los cuervos estaban listos, inclinados hacia delante en la percha, las alas preparadas, la vista fija en la pista.
You are my destiny, you share my reverie, you are my happiness, that's what you are.
Entonces volvió el conjunto de palomas grises que había estado tocando al principio, Los tres de Oro con la actuación estelar de Oro Bochi. Un sintetizador, una guitarra y dale adelante con la música. Se prepararon, arreglaron un poco los micrófonos, con el clásico "hooola", "hooola", "sssí", "sssí" más los clásicos chirridos de los bafles mal afinados. Las gallinas viejas se comenzaban a arreglar. Otras iban al baño en bandadas. En la mesa del juzgado de cuarta nominación de los tribunales había una torta y le hacían soplar la vela a uno. Jajá, cuántos cumples Manolo, le decían. Y Manolo que repetía treinta y seis y todos se reían a las carcajadas. Cuando terminaron de arreglar los bafles, poner en orden los cables y todos esos pendorchos raros que tienen y estaban por arrancar, una las palomas grises del conjunto, la del sintetizador pidió silencio, "¡pare la música!", pegó el grito. Para contar que Manolo No Sé Cuántos, cumplía años. Y arrancaron con el cumpleaños feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Manolito, que los cumplas feliz. Bieeenn, aplaudían las gallinas, contentas.
Siempre ha sido el sombrero cordobés por su gracia y su majeza el soberano, pues toreros, flamencos y calés lo lucieron con el aire más gitano. Lagartijo, Pascuelo, Machaquito y Espartero con orgullo lo llevaron, este clásico sombrero.
La paloma gris principal, Oro Bochi, se calló. Llegó el clásico silencio de cucharitas de las confiterías. Los cuervos se alertaron. Las gallinas esperaban. La mesa de tribunales miraba hacia la pista. Comenzaron unos acordes suaves que el bosque de la noche de la confitería reconoció enseguida. Y arrancó un rock. El clásico Popotitos. Las gallinas sacaban a bailar a los gallitos. Todas corrían a la pista, como hace ochenta mil quinientos y pico de años cuando eran jóvenes y se les enloquecían las hormonas los sábados a la noche en los bailes de Huracán, el Solar, Olímpico, el Parque de Grandes Espectáculos, Villa Unión. Los gallos, más cautos, pasaban entre las mesas esquivando sillas, disculpe usted, esperá un cachito, ya voy mi amor. Cuando Popotitos iba en la mitad, el cuervo estiró las alas, se levantó, tomó de la mano a su cuerva culona y voló hacia a un costado de la pista. ¿Aquí?, le preguntó ella, porque estaban un poco alejados de los demás. Aquí le dijo él. Al principio nadie los miraba, pero después varios se quedaron quietos, mirándolos bailar. Ella le sonreía, con aire estudiado, mientras volaba de un lado al otro. De vez en cuando él dejaba ver sus dientes blanquísimos. Ella volaba hacia la izquierda, hacia la derecha, en zigzag, un pasito para adelante, agacharse, pasar la mano por arriba, por abajo, darse vuelta, volver, ¡vamos! En cada giro que hacía, ella cerraba un instante los ojos y sacaba una puntita de la lengua por entre los labios. Él repetía los pasos con el rostro serio. Fantasías sobre la pista para que envidien los demás. Los cuervos eran los dueños del baile. Nadie como ellos.
Cuando hay aire fuerte ella parece volar, en plena lluvia no se va a mojar, con Popotitos me voy a casar, de aquí en adelante la voy a delirar.
Si quiere la verdad, solo unos pocos se dieron cuenta de que en un lugar al que se va a mirar y a ser mirado, ellos eran los únicos que cumplían un papel perfectamente estudiado. Los únicos que estaban en el baile como en un teatro. Una gallina comentaría esa noche, cuando se sacara la combinación, el viso, ya en deshabillé frente al espejo, qué bien que bailaba esa pareja. ¿Cuál?, preguntaría el gallo, haciéndose el que no le había estudiado el culo todo el baile a Estrella. La del petiso. ¡Aaahhh…!, diría él, como quien no quiere la cosa. Ya se sabe, las gallinas van al baile a divertirse un rato, nada más porque esperan casi nada de la vida. Sólo un poco más que la devolución del 13 por ciento de la jubilación que les quitó el gobierno en el 2001 y algo para tomar los fines de semana en una confitería, más el baile por un rato. Mientras, los cuervos se acostarían en silencio, mudos, como toda la noche. Antes, Iber habría recorrido la casa, apagando las luces, tomando agua de la heladera, Estrella se habría sacado la pintura con un algodoncito. Y se dormirían tarde, espalda contra espalda. Satisfechos.
Como con bronca, y junando de rabo de ojo a un costado, sus pasos ha encaminado derecho pa'l arrabal. Lo lleva el presentimiento de que, en aquel potrerito, no existe ya el bulincito que fue su único ideal.
©Juan Manuel Aragón
(Publicado hace mucho en varios sitios).

Comentarios

  1. Muy simpático el cuento sobre el baile entre hinchas de San Lorenzo y River

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