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CONTEXTO La inteligencia del mal negada por comodidad

Hitler hace el saludo romano

Presentar a Hitler como enfermo es una fácil excusa que impide comprender cómo una visión organizada del mundo movió a millones hacia un proyecto criminal

De vez en cuando aparecen noticias, cada una más estrafalaria que la anterior, que intentan explicar los horrores cometidos por Adolfo Hitler mediante alguna enfermedad, una supuesta adicción a drogas o un trastorno psicológico o psiquiátrico. Sus autores suelen presentarse como bien intencionados: buscan razones biológicas o mentales para comprender el origen del mal. Sin embargo, esas razones funcionan, en cierta forma, como un mecanismo involuntario o voluntario quizás, de exculpación. Si hubiese actuado bajo el dominio de una enfermedad que alteraba su discernimiento, los crímenes quedarían desplazados hacia la patología y ya no hacia la voluntad que los decidió y la convicción que los sostuvo.
En el fondo, ese gesto recuerda otros, cotidianos y comprensibles. Ocurre con algunas madres cuando descubren que los hijos van por mal camino: “No es él, es la mala yunta”, dicen, como si el muchacho fuese un ser puro corrompido por influencias externas. Algo parecido sucede cuando una mujer justifica al marido que se emborracha, la engaña o las dos cosas: “Los amigos le mostraron ese camino y él, pobrecito, lo siguió”. Estos intentos de defensa emocional son mecanismos de protección afectiva. Pero aplicados al caso de Hitler producen un efecto mucho más serio: trasladan la raíz del mal hacia un accidente biológico en lugar de reconocer que el mal brotó de una ideología y de una voluntad.
El mal estaba intrínsecamente en su visión del mundo. Fueron sus ideas nacional—socialistas, libres y elaboradas, las que lo llevaron a exterminar seis millones de judíos y a conducir a Alemania hacia una guerra total que, como se sabe, finalmente perdió. No fue un impulso irrefrenable, ni un brote psicótico, ni una niebla mental pasajera: fue un proyecto político, sostenido durante años, articulado en discursos, plasmado en leyes, ejecutado por una maquinaria estatal que requería precisión, cálculo y razón.
Conviene insistir porque todavía hoy, cuando se evocan sus crímenes, aparece la tentación de presentarlo como un desequilibrado. El cine, la televisión, algunas revistas y hasta ciertos divulgadores médicos dan a entender que la condición de orate justificaría o explicaría sus actos. Esa explicación, aparte de ser falsa, implica una peligrosa minimización: un demente no organiza un partido político, no conquista el poder, no somete a millones, no articula un Estado totalitario de una eficiencia implacable, ni despliega una guerra que fractura el mundo en dos bloques. Eso sólo es posible mediante inteligencia, astucia, cálculo y voluntad sostenida.
Pero, dirá usted, quién puede creer hoy en una teoría tan ridícula como la que sostiene la supremacía de la raza aria. Y en la pregunta está la respuesta, usted dice “hoy” y es palabra clave. A comienzos del siglo XX, la noción misma de “raza” era considerada científica por numerosos académicos y divulgadores. Las jerarquías raciales formaban parte del sentido común. Por eso el ideario hitleriano no surgió en un vacío, sino dentro de un clima intelectual que lo hacía verosímil para muchos.
En 1876, pocos años antes del auge del nacional–socialismo, César Lombroso desarrolló una tesis que parecía revolucionaria: el delito tenía base biológica, y el criminal nacía con rasgos físicos atávicos que lo diferenciaban del hombre normal. Esa teoría se difundió con rapidez y contribuyó a reforzar la idea de que existen grupos humanos superiores e inferiores, diferenciados por rasgos observables. De sostener que algunos individuos nacen “marcados” por la criminalidad a afirmar que ciertos pueblos o razas tienen cualidades intrínsecas que los vuelven mejores o peores, hay un paso muy corto. Y ese paso se dio muchas veces antes de Hitler.
Todavía hoy, en la Argentina, hay quienes buscan el origen de todos los males en los “padres criollos”, en los “inmigrantes” o en la “mezcla”. Estos razonamientos, anacrónicos pero persistentes, muestran hasta qué punto ideas que hoy nos parecen grotescas siguen teniendo fuerza emocional. Por eso es incorrecto pensar que Hitler fue un loco al que de manera inexplicable le creyeron millones. Fue, en cambio, un hombre posiblemente más inteligente que la media de su época, que leyó con aguda precisión los prejuicios, frustraciones y deseos de su sociedad, y supo aprovecharlos con fría eficacia política.
También es cierto que tuvo circunstancias favorables: su prédica cayó en el momento justo y en el terreno adecuado; sus enemigos políticos lo subestimaron; el pueblo alemán ansiaba un líder fuerte; la crisis económica había demolido cualquier confianza residual en el orden anterior. Es cierto. Pero agregar que estaba loco resulta inconsistente con lo que logró. Un enajenado no construye una maquinaria militar de alcance continental. A lo sumo llega a engañar por un tiempo a un grupo reducido o a ocupar cargos menores hasta que alguien advierte el riesgo. Nada de lo que Hitler obtuvo se explica por la demencia; todo se explica por la ideología, la voluntad, la convicción y la capacidad de organización.
Dejar de presentarlo como un enfermo es una obligación histórica. Como individuo, con su alma, su espíritu, sus valores y su visión del mundo, fue responsable de los crímenes que cometió y mandó a cometer. Atribuir sus actos a supuestas patologías equivale a minimizar el carácter perverso de la ideología que abrazó. Y esa minimización, además de falsear la verdad histórica, diluye la enseñanza fundamental: el mal más destructivo no proviene de la locura, sino de la convicción racional que convierte ciertas ideas en un mandato absoluto.
Y eso fue lo que sucedió.
Juan Manuel Aragón
A 29 de noviembre del 2025, en Remes. Jugando a la pallana.
Ramírez de Velasco®

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