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TRAMPA La ordenanza no ve las motos

Escondidas tras la prohibición


Los motociclistas burlan la norma municipal mientras las direcciones de Rentas y de Tránsito fingen no darse por enteradas

Hecha la ley, hecha la trampa, proclama el antiguo dicho popular. En Santiago parece que es al revés: primero se hace la trampa y luego, alrededor, le forman una ley que pocos deberán cumplir. Si no, ahí está el caso de los motociclistas que tratan de esconder sus vehículos detrás del cartel que dice, justamente, que ahí está prohibido estacionarlas.

La ley municipal se llama ordenanza y fue sancionada por el Concejo Deliberante para que tenga validez contra todo santiagueño que se oponga a ella. La palabra todo, en este caso al menos, abarca el universo de los poseedores de motocicletas. Está prohibido estacionar motocicletas en las veredas.
¿En cuáles?, preguntará un santiagueño queriéndose tirar de bobina. En todas, le responderán.
¿En todas?, volverá a preguntar. Sí, por qué. Porque en Rentas de la Municipalidad parece que la comuna no aplica ese criterio.
¿Es posible que sean vehículos de empleados de Rentas? Es poco probable. Al ser empleados municipales, serían los primeros interesados en que la ordenanza se cumpla. Lo más seguro es que sean los pícaros contribuyentes que, aprovechándose de que los carteles ocultan las motos, las dejan ahí, a fin de no pagar lo que cuesta el estacionamiento que queda exactamente al frente. Justito, vea.
—¿Y a usted qué le importa la gente que estaciona en la vereda? —dirá alguno—. ¿Acaso es policía, es batidor o qué?
Nada de eso, amigo. Lo que pasa es que a muchos santiagueños sí les llevan las motos cuando las estacionan sobre las veredas. Luego tienen que pagar la multa, el acarreo, la estadía en el corralón municipal, las molestias. Ya se sabe: ley pareja no es rigurosa.
En los últimos años hubo extraordinarios adelantos en la ciudad. El Estado y los particulares levantaron edificios que la acercaron a parecerse a una pequeña ciudad de cualquier lugar del mundo. Recuerde, amigo, que hace veinte años esto era una aldea de la que todos querían huir. Hoy es un lugar amable, agradable, con modernos y funcionales museos, edificios públicos que son la envidia del resto del país y, al fin, hay hermosos y altos rascacielos.
Pero, como sucede a veces, hay gente que sigue sin entender que las ordenanzas municipales se han sancionado para que —va de nuevo— todos las cumplan. Sobre todo, en Santiago, que pretende parecerse a las capitales más cercanas, Tucumán, Salta, Catamarca, el Chaco.
Esta nota es, como todas las de este sitio, para que la lea quienquiera que esté del otro lado de la pantalla. En este caso, va para los picaritos que dejan sus motos estacionadas detrás de los carteles que anuncian que ahí no se debe estacionar.
Y también para los agentes de tránsito, a ver si un día de estos se deciden a ordenar el tránsito en vez de pasarse la vida haciendo amagues de multas. Unos y otros, deberían ponerse las pilas de una buena vez por todas.
¿Puede ser?
Juan Manuel Aragón
A 11 de noviembre del 2025, en el paseo Alvear. Aromándose de flor de tarco.
Ramírez de Velasco®

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