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REFLEXIONES Tres segundos de eternidad

Dios creando peces y aves

Un viaje entre la memoria corta de los peces y nuestra vida encerrada en costumbres, rutinas y límites que apenas alcanzamos a percibir

Tengo temas como para tirar para arriba, uf. ¿Sabía que los pececitos tienen una memoria de tres segundos? Imagine usted que está toda la vida nadando en una pecera. Para un pez habituado al ancho mar, a los ríos, a los lagos, debe ser una nada. Pero, como tienen una memoria cortita, no sienten el encierro: se conforman con su ínfimo mundo. Por otra parte, están presos desde hace mil generaciones; no conocen otro infinito más que el de dar vueltas con la obligación de no cansarse. Y, al final, si no son desmemoriados, ya se han acostumbrado. Y, como no saben que otra vida es posible, capaz que les parece una situación normal.
Quizás lo de los tres segundos es un invento de los que andamos fuera de la pecera para no sentirnos mal por tenerlos encerrados. Si vamos al caso, lo mismo podríamos decir de los tigres o de los leones de los zoológicos: “No importa que estén entre barrotes porque dan un paso y se olvidan de la falta de libertad, no extrañan la sabana africana o los bosques de la India ni sus cacerías, son felices a su modo”, le va a decir cualquiera.
Quién sabe si no nos escondemos detrás de estos pretextos para pensar que está bien que haya pececitos encerrados. Son olvidadizos y, al final del día, nos lo agradecerán. En la completa libertad de un río quizás se olvidarían de que tienen depredadores que los comerán crudos cada tres segundos. Les estamos haciendo el favor de impedir su completa extinción. Al final los tenemos enloquecidos, pero vivos: deberían estar agradecidos entonces.
Póngase un momento en su lugar, nadando todo el día de una punta a la otra de la pecera, veinte centímetros de agua, siempre con el surtidor de burbujas, mirando las mismas piedritas del fondo y el pulpo de plástico que lo mira con los ojos vacíos. De vez en cuando alguien toca con la uña la pared de vidrio y entonces se sobresalta ante ese monstruo que quizás lo coma. Luego del susto y la disparada, la vida sigue igual: un día idéntico al anterior. De vez en cuando la paz se altera porque llega la limpieza y entonces lo tienen en una bolsita desde la que mira aterrado el resto de la habitación hasta que lo devuelven a las cuatro paredes de vidrio de su mundo habitual.
A veces pienso que, así como los pececitos viven en su mundo siendo observados por nosotros, quizás somos estudiados por otros que nos miran en nuestros recipientes y ellos, a su vez, tienen más arriba a otros. Así hasta llegar al ser fundamental que nos ha dado la vida y que, al final de los días, preguntará qué hemos hecho durante esos tres segundos de memoria para tener el acuario limpio, tratando de mirar con bondad a los otros y sin ansiar lo que está fuera del alcance y, por lo tanto, jamás será nuestro. Si todo va bien, quizás en ese otro plano también nadaremos hasta que se cumplan mil eternidades, mirando la vida tras el vidrio.
Pero quién sabe.
Juan Manuel Aragón
A 4 de septiembre del 2025, en la Sarmiento al 3.000. Esperando un Úber.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Se pueden hacer unas cuantas analogías con el siguiente párrafo del artículo:

    ".......como tienen una memoria cortita, no sienten el encierro: se conforman con su ínfimo mundo. Por otra parte, están presos desde hace mil generaciones; no conocen otro infinito más que el de dar vueltas con la obligación de no cansarse. Y, al final, si no son desmemoriados, ya se han acostumbrado. Y, como no saben que otra vida es posible, capaz que les parece una situación normal.[

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