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REENCARNACIÓN El infierno tiene apero

Foto de ilustración

Un pedido para esquivar el destino más cruel: ser caballo de alquiler, atado a la voluntad del primer turista que se cruce

Si existiera la reencarnación, Diosito querido, de todos los animales en que podría revivir, no permitas que sea en un caballo de los que alquilan en las villas turísticas. Me animaría a ser lechón condenado a la parrilla antes de llegar a los diez kilos, araña rastrojera, piojo o liendre roñosa, tigre de Bengala o —tal vez— mosquito al que una gorda aplaudirá contra el brazo mientras toma mate con el marido, sentada en la reposera de la puerta.
Hacé que me convierta, en otra vida, en mamut extinto de la llanura siberiana, en foca que una marea de petróleo deje sin aire mar adentro, en mosca que va de cadáver en cadáver buscando la mugre que es y ha sido en el mundo, en lagartija asustadiza de la siesta santiagueña, en vicuña que cazan a la usanza vieja con hilo punzó, como dice la poesía de Coquena. Podría ser halcón peregrino, hormiga negra, ratón de albañal, elefante de circo, perro faldero de viuda, pez rosadito de pecera de agua del caño —convertime en cualquier bichito de los que has creado sobre la Tierra, qué más da.
Pero no me hagas caballo para arrendar, de esos que prestan a los turistas a tanto la hora con la recomendación: “Para que acelere, péguele un azote, para frenar, hágale así, para doblar, tironee de aquí, ¿vé?”. Y el pobre bicho aguanta las vareadas brutas del gringaje de vacaciones, divirtiéndose en las sierras o en el mar, y sufre los broncos palos de los cuidadores para que, antes de la temporada, se amansen a los golpes.
Tatita Dios, haceme pulga si quieres, de esas que van saltando con las horas contadas gracias al venenoso Dedeté. O liebre asustadiza corriendo en el verde alfalfar, perseguida por veloces canes famélicos y hambreados. O suri carreristo que escapa del cazador furtivo gambeteando entre los pastos. O sapo orillero que todas las noches evade la camioneta de un campesino. Rana de criadero también podría ser. Ordinario gorrión. Jirafa triste de zoológico. Vete viendo, si existe ese mundo platónico de reencarnaciones, qué quieres hacer con mi alma el día que abandone este cuerpo para siempre.
Pero, por favor, nunca, nunca jamás quisiera volver en un caballo de alquiler, atado al palo durante horas, aguaitando al coboi que vendrá de la ciudad a probar su valentía sobre un apero rotoso cinchado a más no poder. Prefiero, ¿sabes qué?, ser un mugriento caballo de carrito, llevando basura o escombros por las calles argentinas antes que uno entregado a tanto la hora. Flacos, golpeados, sobreexplotados, repletos de mataduras, los carreros al menos tienen la dignidad del esclavo que morirá en su ley.
El de alquiler es bestia sufrida que, encima, debe aguantar al chico de ciudad que hace horas de vuelo para contar en la escuela que anduvo a caballo en las Sierras de Córdoba, Mar de Ajó, Tafí del Valle o cualquiera de esos lugares prefabricados por la industria sin chimeneas cuya única materia prima es la billetera del turistaje malevo.
Bueno, Diosito, sé que sos alguien importante y tienes mucho trabajo, así que corto aquí nomás. Fijate bien: desde hoy en adelante voy a ser más bueno que una lechuga solo para que no me conviertas en esa maldición.
Pero si insistieras en hacerme noble bruto de arrendamiento, entonces hacé al menos que el primer turista que no sabe ni revolear la pierna para montar, se caiga en una curva cualquiera del camino. Así, por lo menos, me río un rato.
Qué tortura, caballo de a tanto la hora para la joda de uno que nunca será Jim West, ni de lejos.
Juan Manuel Aragón
A 9 de octubre del 2025, en Vitiaca. Viendo bajar la hacienda al surgente.
Ramírez de Velasco®

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