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CUENTO La golondrina que se quedó

Golondrina

Un famoso relato que daba vueltas hace unos años, da cuenta de las paradojas de la vida y, por qué no, de la muerte

El siguiente cuento es ajeno: circulaba hace algunos años y pasaba de boca en boca, contado en asados, cafés, oficinas y demás. Sin sacar lo esencial, aquí va una versión nueva, por si en su momento no se la contaron.
Está ambientado en Nueva York, cuando las golondrinas abandonan la ciudad porque se viene el invierno. Todas salen de viaje dibujando en el cielo un adiós inteligente, como dice el tango. Pero una se queda. No es rebelde ni valiente, sólo un poco más romántica. Cree que el mundo se va a acomodar a sus antojos. Nueva York sigue reluciendo con los colores del verano y ella quiere quedarse en el brillo de Manhattan.
Durante unos días, la ciudad la engaña. El sol todavía calienta los alféizares, el viento es un rumor amable y los parques ofrecen migas suficientes como para sostener la ilusión de que nada malo va a suceder. Pero el invierno no negocia. Una madrugada nieva sobre las avenidas con la exactitud de una novia llegando con su manto blanco, y la golondrina, sorprendida por la violencia del frío, empieza a sentir que el cuerpo se le endurece, las alas pierden su ligereza, el cuerpo le pesa.
Y no encuentra refugio, ni cartel luminoso que la salve, ni rejilla de subterráneo capaz de darle el calor que necesita. Termina tirada sobre una calle lateral, una grieta oscura entre dos edificios. Los autos pasan indiferentes; los peatones, ocupados en no llegar tarde, no la ven. Y se queda pequeña, temblorosa, a un suspiro de la inmovilidad total.
Entonces sucede lo impensado: son esas circunstancias que suceden en la vida sin pedir permiso. Pasa un carro tirado por caballos. Uno de los animales, sin mirar, sin intención, sin culpa, suelta una montaña de mierda caliente, justo encima de la golondrina. Una torpeza providencial.
Bajo esa capa tibia, el cuerpo de la golondrina empieza a aflojarse. El calor le devuelve la vida de a poco. Entonces mueve un ala, después la otra. Luego empieza a piar de felicidad, primero tímidamente y después con entusiasmo.
El sonido viaja por la calle hasta que, por ahí, la oye un gato callejero. Otro sobreviviente de una enorme ciudad, experto en hallar oportunidades en un mundo que ofrece pocas. Sigue el sonido, llega al montículo tibio, escarba con cuidado hasta dar con el pajarito vivo. Lo saca, lo limpia con una dedicación que habría confundido a cualquiera.
Y lo come.
No por maldad, sino por hambre.
Y ahí termina la historia, contada —como se dijo al principio— en interminables asados regados con buen vino, en oficinas de aburridos empleados públicos, en cafés en los que uno siempre quiere ser más inteligente que los demás.
El cuento deja tres enseñanzas morales.
La primera: no siempre el que te caga es tu enemigo.
La segunda: no todo el que te limpia es tu amigo.
La tercera: si estás calentito y a salvo, no cantes victoria.
Juan Manuel Aragón
A 13 de enero del 2026, en Condorhuasi. Mirando caer la tarde.
Ramírez de Velasco®

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