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POLICÍA Barrio cerrado

Cancha de tenis de césped

"¿Quiere comer caviar?, abre la heladera, come caviar. ¿Quiere jugar al criquet?, va a la cancha, se junta con los amigos y juega al criquet"


Algunas veces pienso cómo será vivir en un barrio cerrado, me pregunto si se saludarán con los vecinos cuando se encuentran en la calle, si se sentarán en la vereda a chusmear lo que hacen los del frente o los de al lado. Entiendo que en el mundo de este lado del muro hay peligros que no están dispuestos a correr. Todo bien con ellos, ¿no?, pero no me encerraría en una burbuja por miedo a que me asalten en la calle.
Dicen que, a la mañana, cuando se levantan sienten el canto de los pajaritos, en medio de la naturaleza, un pasto verde al frente y una pileta de natación completando el paisaje. Qué bueno saber que no sufrirán por saber si sus chicos están cuidados, porque en ese parque inmenso, siempre habrá algún policía vigilándolos. Los autos pasarán despacito por el frente de la casa y el viento lamerá las hojas de las acacias del cercano campo de golf. Felicitaciones.
Pero, ¿sabe qué?, déjeme con mi vecino, que cada festejo pone la música a todo lo que da, atronando el pulmón de manzana en que vivo. Es posible que a usted le manden un mensaje al teléfono confirmando que su reserva de la cancha de tenis será a tal hora, mientras yo me tengo que bancar una fila tremenda para sacar dos mangos del cajero automático, pero lo prefiero, porque si no, cómo me hago amigo del que está adelante o converso con el que viene detrás.
La vida sale para todos, es cierto. Algunos prefieren vivir encerrados, pero sin peligro, con un policía particular que los mira bien antes de entrar, no sea cosa que vengan con alguien raro en el asiento de al lado. Yo prefiero bajarme del colectivo en la parada de dos cuadras y hacer ese camino en arenas movedizas, pero con libertad, no tengo que decir ninguna contraseña para llegar a mi cuadra. El flaquito que transa merca en la esquina, me conoce de años y no va a dejar que me pase nada.
Dicen que es hermoso vivir ahí, digo, en esos lugares celestiales; sentir que a uno no le falta nada. ¿Quiere comer caviar?, abre la heladera, come caviar. ¿Quiere jugar al criquet?, va a la cancha, se junta con los amigos y juega al criquet. ¿Quiere jugar al bridge?, se junta con los amigos y juega al bridge. Por suerte tomé la precaución de tener gustos baratos y si quiero tomar unos mates, me los cebo, los amigos me pasaban a buscar los sábados para jugar a la pelota y después de los asados suelen armarse unas truqueadas de Padre y Señor Nuestro, viera.
Mejor hubiera sido que se quedaran de este lado de la vida y destinaran parte de la plata que ganaron, para dar trabajo a muchos pobres, así no necesitaban andar robando celulares, sogueando en los fondos de las casas, asaltando a mano armada por un mísero puchero. Hubieran dejado de escaparse del fisco y con eso, ¿saben qué?, tal vez salvaban a uno o dos de la droga, el alcohol, la miseria.
A veces los imagino a la orilla del quincho, disertando sobre los impuestos justos y los que son una injusticia. Los injustos son los que se pueden dejar de pagar tranquilo, porque el contador los soluciona con un buen dibujo, para eso les pagan, los justos son aquellos que si te pillan vas en cana.
Volviendo al tema principal, unos hurtan carteras, otros roban con el abogado de la empresa. Unos roban con un revólver en la mano y otros pagando menos de lo que dice la ley, unos tratan de robar el salario de un pobre trabajador (o de cientos), y el otro lo apunta con un cuchillo en una esquina cualquiera, uno huye hacia la villa para zafar y el otro también. En una hay pasto verde, en la otra, pasillos oscuros. Pero es la misma prisión con distintos olores.
Por eso digo, déjeme en el barrio, tranquilo en mi intranquilidad, pero feliz con mi libertad. Mis vecinos son altos, bajos, gordos, flacos, de izquierda, de derecha, unos tienen más, otros menos, el de media cuadra no me saluda, pero el de al lado derrocha simpatía, tienen el rostro de todos los días, de toda la vida. Si quiero que mis hijos algún día solucionen los problemas del mundo porque nuestra generación no quiso hacerlo, los hago vivir en una casa cualquiera, como la mía, no los aíslo, que sepan que, de este lado del alambrado, o del muro hay riesgos y los peligros tienen, casi todos, el color de la pobreza.
Algunos días me pregunto cómo será la cárcel, qué gusto tendrá el sol cuando un guardia lo custodia todo el día, cómo será la luna detrás de los barrotes. Se me hace que extrañaría el olor a guiso que vengo sintiendo cada vez que vuelvo a casa cerca con el bagre picando y el sol del mediodía dándole al sauce de media cuadra, el del vecino médico que vive como yendo para el lado de la Belgrano.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. La sociedad argentina tiene que dejar de lado, de una vez, la narrativa de la descalificación a quienes alcanzan o tienen un mayor nivel económico. Salvo ciertos casos, en su mayoría se trata de gente que maneja industrias o comercios que generan fuentes de trabajo, aportan a la economía en mayor proporción que el ciudadano común, y posibilita que existan los productos que todos consumimos y que se mueva la economía.
    Ojalá Santiago tuviera más de ello, en vez de ser una provincia estancada, con un excesivo % de empleados de administración pública, que vive de la coparticipación.
    Son ya más de 70 años de denostar a quienes seguramente empezaron con un negocio familiar arriesgando todo, le dedicaron su vida y la de sus hijos a su crecimiento, y hoy son empresarios que proveen servicios a cambio de ganancias. Es así cómo funciona el mercado.
    Lamentablemente un estado ineficiente y corrupto, que también genera las condiciones para que parte de ese sector productivo se maneje con prácticas corruptas, no es capaz de proveer las condiciones para que los ciudadanos vivan con razonable seguridad.
    No hay persona en Santiago que no haya sido robada, y esa es una estadística lamentable.
    Es penoso que se terminen encerrando los buenos para que vivan sueltos los malos, pero en un sistema que ha desarmado a la gente común y posibilita que los delincuentes estén armados y con libre movilidad, son pocas las opciones que le queda a la gente para protegerse

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