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RELATO Con un gato en los brazos

Gato con un hombre

“Cuando pasa un rato es como si volviera de algún lugar lejano y la vista se le empieza a mover un poco, deja de mirar un punto fijo…”


A veces suele llegar con un gato en los brazos, algunos muchachos dicen que hay que dejarlo tranquilo y no hablarle porque está con el día, pero otros los corrigen y sostienen que no, que está con el gato. Se sienta con los ojos perdidos, cuando la chica del bar le pregunta qué va a tomar, no dice nada, mira un punto fijo del infinito y los otros le hacen señas para que lo deje nomás, que se retire o vuelva al rato.
No es un gran gato sino uno de esos comuncitos nomás, moro para más datos, al que no suelta ni un momento. La última vez los chocos que pasaban por la vereda tras una perra salida lo miraban con hambre de días sin dormir, mientras él observaba con atención las palomas de la plaza que bajan a comer miguitas que la gente a veces deja caer de las mesas, casi como la promesa política del derrame, que nunca sucede, pero nunca, nunca, nunca. Y nunca sucederá per sécula seculorum amén.
Cuando pasa un momento es como si volviera de algún lugar lejano y la vista se le empieza a mover un poco, deja de mirar un punto fijo en el horizonte. Alguno de los muchachos le pregunta si ya está, si ya pasó todo, si todavía necesita un rato más, otro le pide prestado el gato para mostrarlo en una feria de artículos horribles que están organizando y nunca falta el que se lo alaba porque es rico en empanada, como lo saben bien quienes las compraban, en la década del 70, en una famosa rotisería de Cachipampa que, según cuentan los vecinos, liquidó los mininos del barrio en poco tiempo. Pero hay gente que todavía hoy jura y perjura que eran perras mentiras que jamás vendieron empanadas de gato, que fueron habladurías
Al rato conversa como si nada, mira las chicas que pasan, habla de fútbol como siempre, capaz que pide un café y bromea con los amigos que lo saludan. Pero, como le digo, no suelta el gato por nada del mundo.
Si usted estuviera en el lugar observaría, de a ratos, cómo le pasa el dedo gordo por la cabeza y el animalito cierra los ojos con placer, ronroneando. O lo cambia de brazo como si fuera un niño o se miran a los ojos, cual padre e hijo.


Después todos los parroquianos se mandarán a mudar, cada uno por su lado, la vida seguirá en otra parte o, como dicen cada chancho en su rancho es la forma de mamar (¿no es así el dicho?, bueno, no importa). Esos días se queda hasta el final, después enfila rumbo a la Belgrano, si alguno lo quiere acompañar recuerda que tiene que comprar la pastilla, y se desembaraza del metido. Si va solo, mueve la cabeza, como fijando una idea en el cerebro, el cerebelo, el bulbo raquídeo, vaya usté a saber.
Juan Manuel Aragón
A 1 de octubre del 2024, en Brea Puñuna. Encerrando la majada.
Ramírez de Velasco®

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