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TELEVISIÓN Ese tipo

Cortando una pollerita

Convirtió la pantalla en cloaca, disfrazó la vulgaridad de humor y formó generaciones enteras a puro chiste grueso y humillación televisiva

Llegó a tener un programa de televisión en el que pervertía la mente de millones de argentinos, noche tras noche, sin dar cuartel ni pedir tregua. Desde un escenario fabricado como circo grotesco, convirtió la televisión en un festival de chabacanería y exhibicionismo. En ese burdel a cielo abierto, el límite entre la broma y la humillación desaparecía frente a las cámaras.
Mostraba mujeres hermosas disfrazadas de estrellas, expuestas con telas mínimas que apenas cubrían lo indispensable. El ritual de cortar la pollerita, tijera en mano, se volvió uno de los momentos más esperados del programa: la tela volaba por el aire como un trofeo de la ordinariez, mientras el público aullaba de felicidad. Años después diría que eso hoy le da “vergüenza”, pero lo sostuvo durante temporadas enteras, amasando rating y dinero.
Con palabras, gestos y miradas levantó un monumento a la picardía porteña, esa que puertas adentro se celebra como ingenio pero que afuera provoca, con mucha razón, un odio cordial hacia los argentinos. Comía alfajores a dos carrillos en cámara, mientras un coro pago de bailarinas festejaba como hinchada de potrero cada grosería, cada guiño sexual, cada desborde calculado. La vulgaridad se transformó en entretenimiento y el rating fue la coartada.
Lo suyo nunca fue la sutileza. Siempre fue chiste grueso, guiño sexual, doble sentido barato. La humillación se convirtió en formato. Las cámaras ocultas —a famosos, a taxistas, a transeúntes— lo consagraron: todos caían en la trampa, todos terminaban siendo ridiculizados frente a millones. Después se supo que muchas estaban arregladas, pero eso no le quitó eficacia: la burla era el combustible y el aplauso enlatado la legitimación.
En el camino dejó un tendal de damnificados. Una generación moldeada bajo la idea de que la vida era un sketch, que la insolencia era inteligencia, que ridiculizar a otro era sinónimo de humor. Una camada aprendió a no reconocer jerarquías ni respetar nada, formada frente a un televisor que noche tras noche mostraba que todo podía ser, y era, motivo de risa y degradación.
Con Bailando por un Sueño redobló la apuesta. El stripdance de Cinthia Fernández rozó el desnudo total en horario central; el baile de caño de Nazarena Vélez fue denunciado ante el Comfer por “excesiva desnudez”. Y cuando quiso exprimir el formato hasta el último centavo, lanzó Bailando Kids, con chicos de seis a doce años expuestos a un show de adultos, lo que desató denuncias de Casacidn y del propio Comité de los Derechos del Niño.
Las críticas se multiplicaron. El Arzobispo Héctor Aguer lo acusó de “degradar a la mujer”. La organización Las Juanas presentó denuncias por el uso sistemático de la mujer como objeto sexual. Carmen Barbieri estalló contra la producción cuando usaron el drama real de violencia de género entre su hijo y Barbie Vélez para hacer show, ignorando perimetrales y protocolos judiciales.
Lo suyo se sostuvo más de veinte años no por mérito artístico sino por la decadencia del contexto. La educación argentina estaba en un subsuelo donde la palabra “cultura” se había vuelto fósil. La televisión, vaciada de contenido, encontró en su obscenidad el último recurso para sostener un negocio moribundo.
Y lo peor es que no se fue del aire por las polleritas, por las cámaras ocultas, por la humillación sistemática, por la grosería permanente. Se fue porque la gente migró a otra pantalla: el celular. Hoy, cualquiera tiene al alcance de la mano lo que antes debía esperar hasta las 10 de la noche: desnudos, groserías, escándalos. Hasta los hijos lo consumen, aunque nadie lo quiera admitir.
Ese tipo usó la televisión como cloaca en horario central y dejó un legado envenenado: demostró que la sociedad nunca toca fondo con la depravación. Siempre pide más, y más, y más.
Ahora se anuncia que hará un programa en streaming que, para quienes no lo saben, básicamente convierte cualquier pantalla en un parquecito de diversiones baratas. Abandonado por los poderosos amigos que tuvo otrora, cargado de enormes deudas, sin el ángel (el demonio, más bien) que lo llevó a la fama, es de esperar que no pretenda seguir, desde el humilde lugar en que lo puso su omnipotencia, corrompiendo el alma de los pocos que quieran mirarlo en sus celulares. Ojalá que las nuevas generaciones de jóvenes, se libren de semejante fuente de putrefacción del alma. Que es la peor de las corrupciones.
Juan Manuel Aragón
A 25 de septiembre del 2025, en San Roque. Visitando a un amigo.
Ramírez de Velasco®


Ayudamemoria
2007. En ShowMatch, se hizo un baile de caño muy subido de tono con Nazarena Vélez. Fue denunciado ante el Comfer por “excesiva desnudez” en horario televisivo.
2011. Similar al anterior: se transmitió un Stripdance con Cinthia Fernández. El desnudo completo o casi completo fue motivo de sanciones y críticas por los organismos reguladores.
2009. Se transmitió la versión infantil de Bailando por un sueño. Hubo denuncias ante el Comfer y Casacidn (Comité Argentino de Seguimiento y Aplicación de la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño) por erotización de niños, por exponerlos en situaciones de entretenimiento adulto.
2011. En Rosario, la agrupación Las Juanas denunció a ShowMatch por tratar a las mujeres como objetos sexuales y reproducir estereotipos sexistas. Se pidió intervención de la Defensoría del Pueblo.
2011. En Bailando, pidió permiso para cortarle la pollera a Rocío Guirao Díaz, y luego cortó una pollera diminuta con volados de Erika Mitdank, que casi no cubría nada, y la arrojó al aire.
2009. La guionista Marcela Citterio contó que escenas de su hija Chiara (6 años) fueron levantadas del aire, según ella, por decisión de Tinelli y otros, bajo argumento de bajo rating. Ella denunció que tomaran esa medida con una niña pequeña.
2025. Tinelli y sus hijas publicaron un video en redes en el que aparecía la empleada doméstica con su uniforme. Fueron duramente criticados por usuarios que vieron en eso algo clasista y de uso de la empleada como “accesorio”.
Marcela Feudale, que trabajó muchos años con Tinelli, dijo que se sentía como “una planta” en el programa —que le pedían reír, estar, cambiarse detrás de un perchero— y que nadie se preocupaba si ella tenía un camarín. Sostuvo que se enojó muchas veces por cómo la trataban.
JMA
RdV

Comentarios

  1. Los negocios, por sucios que fueren, se sostienen por la cantidad de compradores, eso es sabido. A ciertos comerciantes les interesa la cantidad de compradores, por encima de la calidad de lo que vende.

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    1. Mao menos como Nina y el Protector ilustre ?!!!viva el subdesarrollo ¡¡¡¡

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  2. En una sociedad con valores y principios morales, ese programa nunca hubiera existido.
    Es penoso y avergonzante que en otros países de latinoamérica, ese programa causaba estupor.

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    1. Como Subdesarrollado del NOA tienes razon.....

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  3. Muy buena tu reflexión, Juan Manuel!
    Comparto plenamente lo que dices!

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  4. Ahora son moralistas los subdesarrollados santiagueños................la paja en el ojo ajeno y ¿por casa como andan?

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    1. coincido plenamente,y aclaro que no soy chupamedias del dueño del blog........

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  5. Mamita con ese canal entro la tecnologia y la civilizacion.....

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