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TRADICIÓN El secreto de Manuelito

Un Manuelito

Los aviones aterrizaban en la parada del ómnibus y el abuelo fundaba una infancia de leyenda para la nietada

Cuando los nietos se portaban mal, el abuelo hablaba con el piloto del avión a chorro de las 9 y media para avisarle y pedirle que baje y los lleve a la casa. Se iba detrás de la pirhua en que guardaban el maíz y el zapallo y se hacía el de hablar con el amigo.
-Sí, sí. Son dositos nomás. Vaya bajando, endemientras les preparo los bolsitos así los lleva a… ¿cómo dice?... ¿primero va a Buenos Aires y después los lleva a la casa?, no importa, usted me los lleva y listo…
Los nietos no iban al otro lado de la pirhua por la ampalagua. Los tíos habían pillado una y la habían dejado ahí para que comiera los ratones que se hacían en el maíz. A veces también pillaba un pollo, pero, según decía, era poco el precio que pagaba para tener el zapallar a resguardo. Algunas veces los nietos le preguntaban dónde iba a aterrizar el avión. Respondía que en el cerco del pasto ruso o en el camino, justito en la parada del ómnibus, para que se trepen los nietos sotretas que no lo dejaban dormir la siesta.
Años después, una vez que la abuela se enfermó y hubo que llevarla a la ciudad a hacerla ver con el médico, se agenció un bastón de caña hueca al que nombró “Manuelito”. Con él amenazaba a la numerosa nietada a su cargo, cada vez que se armaba una trifulca. Para ese entonces la mitad había crecido y el resto tampoco creía en el cuento del avión. 
Antes de la llegada de los curas modernos, en el pago le decían Manuelito al Niño Dios, por la cita de Mateo 1:22-23, que sostiene: "Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios-con-nosotros’.”
Ese verano Manuelito se hizo famoso en aquella casona del campo que, todavía no era tan anciana como para empezar a resquebrajarse, pero tampoco tenía la lozanía de los años mozos, pues los paraísos se habían ido ahuecando y habían terminado de crecer los eucaliptos que la hacían distinguir desde varios kilómetros de distancia.
La primera vez que uno de los nietos mayores se portó mal, el abuelo lo llamó aparte, cerca del calicanto y, antes de golpear las ramas del bananero le dijo que gritase como si lo estuviera castigando. Cuando al rato emergieron de esa sombra negra que hacía la siesta en aquel matorral, el muchacho se quejaba amargamente, mientras el abuelo con el Manuelito sobre el hombro sonreía satisfecho. Desde ese día y durante todo aquel tiempo, el abuelo supo tener a raya a la más de media docena de primos que todos los años pasaban los veranos en su casa.
Muchos años después, algunos supieron que la Mama Antula llevaba en sus peregrinaciones un Manuelito milagroso. Varias viejas familias decían ser las depositarias de aquella imagen que engalanaba sus pesebres para las Navidades. De ser cierta la leyenda de todos y cada uno de lo parientes que dejó la santa en estos pagos, entonces debió tener una fábrica de Niños Dios, según calculan los historiadores más serios de la ciudad.
Una de las nietas rescató el bastón de este cuento y lo puso en un lugar visible de la sala en que recibe las visitas. Le resulta difícil explicar su origen, cada vez que lo muestra a sus amistades. Otros se olvidaron por completo de aquel lugar mágico en que, en vez de sufrir los veranos o pasarlos tirados panza arriba en una playa exótica, se intoxicaban de bosque santiagueño, chañar, quebracho, atamisqui, cruz caspi. Y de los abuelos, que año a año, esperaban a los hijos de los hijos para darse, quizás, un baño de juventud, en medio de tantos niños, algunos lejanamente parecidos a ellos, otros ni eso.
Quizás alguno de ellos, al leer esta historia entreverada con otros recuerdos le vengan saudades de aquel tiempo, cuando el mundo andaba estrenando su niñez y sin embargo a ellos les empezaban a asomar pelitos donde antes nunca, había un caballo para cada uno y entre todos, entropados, salían a jugar a los coboi en unos zanjones mágicos, caminos viejos que se habían abierto y un cielo azul los cobijaba sin mezquindades.
En el mundo que le siguió a aquellos extraordinarios veranos, el Manuelito del abuelo los acompaña, los guía y los guarda para que nunca se desvíen del buen camino. Y el abuelo, desde el Cielo, se sonríe al pensar que volvió una tradición que le venía de chico, a hacerla presente en la vida de los maravillosos y jodidos nietos que la providencia le regalaba verano tras verano.
Desde el Cielo los protege, mientras los ángeles se ríen a las carcajadas de sus chistes y cuentos.
Juan Manuel Aragón
A 4 de octubre del 2025, en Sol de mayo. Tocando la campana.
Ramírez de Velasco®

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