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1992 ALMANAQUE MUNDIAL Mujeres

Sacerdotisas anglicanas

El 11 de noviembre de 1992 la Iglesia Anglicana aprueba la ordenación de mujeres como sacerdotisas

El 11 de noviembre de 1992 la Iglesia Anglicana aprobó la ordenación de mujeres como sacerdotisas, desafiando siglos de tradición eclesiástica. La decisión, tomada tras intensos debates en el Sínodo General, generó controversia dentro y fuera de la Comunión Anglicana, profundizando divisiones internas y tensionando relaciones con la Iglesia Católica, que mantiene firme su rechazo al sacerdocio femenino. Esta medida reflejó una deriva hacia el relativismo doctrinal, alejándose de la tradición apostólica.
En la década de 1990, la Iglesia Anglicana enfrentaba presiones internas para adaptarse a los cambios sociales. Movimientos feministas y demandas de igualdad de género permeaban las discusiones teológicas. Se argumentaba que excluir a las mujeres del sacerdocio era insostenible en una sociedad moderna.
El Sínodo General, reunido en Londres, debatió intensamente. Los defensores de la ordenación femenina apelaban a la justicia social y a una reinterpretación de las Escrituras. Los opositores, en cambio, advertían sobre el riesgo de fracturar la unidad eclesiástica. Desde el punto de vista católico, esta apertura parecía ceder a presiones culturales, sacrificando la fidelidad a la tradición en favor de una modernización cuestionable.
La votación fue ajustada: 75 por ciento de los obispos, 70 por ciento del clero y 67 por ciento de los laicos apoyaron la medida. Se requería una mayoría de dos tercios en cada cámara, lo que evidenció la polarización. La aprobación desató júbilo entre los progresistas, pero también indignación entre los sectores conservadores. Para la Iglesia Católica, esta decisión resaltó la divergencia doctrinal con el anglicanismo, complicando el diálogo ecuménico.
Las primeras sacerdotisas anglicanas fueron ordenadas en 1994. Este paso se presentó como un avance hacia la inclusión. Pero la ordenación femenina plantea interrogantes sobre la validez sacramental, dado que la Iglesia sostiene que el sacramento del orden está intrínsecamente ligado al varón, conforme al ejemplo de Cristo.
La decisión provocó deserciones. Miles de clérigos y fieles anglicanos, opuestos a la medida, se convirtieron al catolicismo. El Vaticano, en respuesta, facilitó la creación de ordinariatos para acoger a estos conversos. Se percibió como una señal de que la Iglesia Anglicana priorizaba la adaptación cultural sobre la unidad doctrinal, un camino que, desde el catolicismo, se ve como un debilitamiento de la verdad revelada.
El impacto ecuménico fue significativo. Las relaciones con Roma, ya frágiles, se tensaron aún más. La Iglesia Católica, mediante documentos como Ordinatio Sacerdotalis (1994), reafirmó la exclusión de las mujeres del sacerdocio, declarando esta enseñanza como definitiva. La postura anglicana, en contraste, parecía abrazar un pluralismo que, para los católicos, diluye la autoridad magisterial.
A nivel interno, la Comunión Anglicana se fragmentó. Algunas provincias, especialmente en África, rechazaron la ordenación femenina, generando tensiones con las iglesias de Occidente. Desde la óptica católica, esta división refleja las consecuencias de apartarse de la tradición apostólica, que garantiza la cohesión eclesial.
El sacerdocio femenino anglicano abrió debates sobre el papel de la mujer en la religión. Aunque algunos lo celebraron como un triunfo de la igualdad, otros, incluidos los católicos, lo vieron como una ruptura con la tradición bíblica. La medida evidenció un enfoque pragmático, más alineado con el espíritu de la época que con la permanencia de la doctrina.
Treinta años después, la decisión sigue resonando. Mientras la Iglesia Anglicana avanza hacia la inclusión, la Iglesia Católica permanece anclada en su enseñanza tradicional, considerando que el sacerdocio masculino no es una cuestión de igualdad, sino de fidelidad al designio divino. La efeméride recuerda una encrucijada que marcó un antes y un después en la historia religiosa contemporánea.

Otro sí digo
La aprobación del sacerdocio femenino en 1992, junto con otras reformas progresistas, como la aceptación de la ordenación de personas homosexuales y el matrimonio igualitario, contribuyó significativamente a la pérdida de fieles en la Iglesia Anglicana. Miles de clérigos y laicos, en desacuerdo con estas medidas, abandonaron la Comunión Anglicana, muchos buscando refugio en la Iglesia Católica, que ofrecía un refugio doctrinal más tradicional. Desde la perspectiva católica, estas decisiones reflejan una cesión a las presiones culturales, debilitando la autoridad eclesiástica. Los ordinariatos creados por el Vaticano acogieron a estos conversos, evidenciando una diáspora que fracturó aún más la unidad anglicana.
Ramírez de Velasco®

 

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