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BICHOS Me presento, soy la juanita

Hedionda juanita

Breve historia de un molesto bicho que todos los veranos vuelve a los pueblos con su historia a cuestas

Yo soy la juanita, así nomás, con minúsculas, porque soy nombre genérico, como león, torcaza, omeprazol. Nada de delicadezas ortográficas para mí. Las únicas que llevan mayúscula son Juanita Simón, Juanita Viale, Juanita Tinelli, Juanita Repetto, sor Juana Inés de la Cruz. A nosotras nadie nos invita a una foto ni a una alfombra roja; con suerte ligamos un chancletazo bien aplicado. En las tradiciones argentinas, al menos, no figuramos como protagonistas de ninguna leyenda, cuento, mito, fábula, novela o quimera. Ni siquiera se dignaron a inventarnos una superstición digna, de esas que asustan changuitos. Y eso que nuestra pestilente presencia, si algo tiene, es potencial narrativo. Sin embargo, apenas ocupamos un rincón mínimo del acervo pop-folklórico del país. En la Sociedad Argentina de Autores y Compositores hay contadas canciones que llevan mi nombre —con o sin diminutivo— y ninguna habla de nosotras: todas dedicadas a cristianas que bailan, aman o lloran. Para mí no hay zambita, no hay chacarera, no hay gato, no hay ni un carnavalito, carajo. Nada. Y eso que estuve en los grandes festivales del verano, animando a la concurrencia y recibiendo insultos a pulmón abierto: “Bicho de mierda, me ha orinao”.
En ciertas partes de Santiago, Tucumán y Catamarca me dicen boticario, por mi olor a remedio, como si yo hubiera estudiado farmacia. También en Catamarca soy santa juana, lo cual me halaga: nunca aspiré a la canonización popular. También me llaman chinchimolle o chinchimoy, que no siempre es para nombrarme a mí, sino también a otros escarabajos negros corredores. Somos como una familia extendida: primos, tíos, vecinos y colados, todos bajo un mismo alias. Otro título que me adjudican —más científico e institucional— es escarabajo cazador o escarabajo corredor, nombre usado por docentes y técnicos de campo, que al parecer no gozan con las metáforas. Y en algunos pueblos de Tucumán y Salta me dicen degolladora. No porque ponga en riesgo a la gente, sino por mi impecable costumbre de matar orugas agarrándolas del cogote.
Mi nombre científico es Calosoma argentinense, apellido que suena a prócer desconocido o a figura caída del bronce, pero en realidad es la forma elegante de decir “juanita nacional y popular”. Me dejo ver sobre todo en verano y prefiero la noche, por razones estrictamente estéticas: menos calor, menos peligros, mejor iluminación de farol y más chimentos. Salgo cuando el viejo y la vieja ponen el sillón en la vereda para tomar fresco, vigilar el barrio y comentar la vida ajena. Y yo ahí, discretita, escuchando sin ser invitada. Me interesa saber por qué la vecina del frente vuelve a las cinco de la mañana, o qué misterioso destino tuvo el quiosquero que un día bajó la persiana y jamás volvió a decir: “¿Algo más, jefe?”.
Puedo tener hasta dos camadas durante el verano, cosa que a los humanos les parece algo heroico, pero para nosotras es rutina estival. Desovo profundamente bajo tierra, hasta diez centímetros, porque la privacidad es un lujo que una debe procurarse. Las pupas se desarrollan en cámaras subterráneas que no serán amplias, pero tienen lo suyo: oscuras, silenciosas, de arquitectura minimalista. Si alcanzo la adultez y soy de la segunda camada, puede que resista el invierno, enterrada en galerías bajo tierra. Luego emergeré en primavera, lista para empezar otra temporada de aventuras, caminatas nocturnas y gente gritando: “¡No la pises que hace olor!”.
Dicen que soy beneficiosa para la agricultura. Ayudo a controlar plagas de orugas que suelen hacer desastre en ciertos cultivos. Aparezco en manuales fitosanitarios —y no en cualquier página: en las lindas, con diagramas— como el predador por antonomasia de ciertos lepidópteros grandes y glotones. Al comer orugas, evito que las plantas queden peladas. Es un servicio público silencioso, como el de los recolectores nocturnos, pero sin salario, sin sindicato ni aplausos.
Es absolutamente falso que ande ishpando gente, y menos a quienes me tinquian cuando notan que trepé por sus ropas con la intención de explorar. Eso que llaman orina ni siquiera es orina. ¿Cómo creen que voy a andar exhibiendo mis partes así nomás? No soy de esas. Lo que largo es una secreción defensiva, un mecanismo que tiene más de químico que de escatológico. No suele arder ni quemar; a lo sumo provoca una leve irritación si cae en partes sensibles como el sobaco, el pescuezo o el orgullo del sujeto afectado. No quiero provocar el dolor del prójimo, sino sólo mal olor: tengo una sustancia volátil que espanta depredadores, especialmente pájaros que, dicho sea de paso, no respetan nuestra existencia.
Eso sí: admito que cuando somos muchas y andamos moriando por el piso —como decía el poeta Jorge Rosenberg— la situación puede tornarse un poco invasiva. Nuestra hediondez colectiva termina siendo una especie de alarma social, una protesta olorosa contra el verano eterno. Pero malas no somos. En realidad, somos un pan de Dios, aunque quizás de esos panes que huelen fuerte y no a todo el mundo le encantan.
Circula por ahí un viejo temor: dicen que algún abriboca consuetudinario tragó una de mis hermanas y, al rato nomás, cayó muerto. Una tragedia que jamás ocurrió, pero que se repite con entusiasmo digno de mejores causas. Es cierto que puede impresionar darse cuenta de que una juanita se deslizó hacia el aparato digestivo, pero no se preocupe: no le pasará nada. No producimos venenos de novela, ni toxinas de película, ni maldiciones de telenovela turca. Eso sí: en lo sucesivo, mantenga la boca cerrada. No solo por las moscas, sino también por nosotras, qué tanto.
Juan Manuel Aragón
A 3 de diciembre del 2025, en Remes. Haciendo cálculos.
Ramírez de Velasco®

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