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ENGAÑO La cocina como cachondeo

Ilustración

Los programas gastronómicos son un registro actualizado de chistes gruesos: prescinden de la cultura como arma para enseñar

Al mismo tiempo que las vecinas abandonan la cocina, se hacen cada vez más populares los programas que enseñan a cocinar. Pero es un engaña pichanga, porque los conductores de esos programas saben que las amas de casa ya no empuñan ollas, sartenes y coladores, y se dedican a hacerse chistes internos en la pantalla. Programas para pasar el tiempo.
Porque preparar un plato, dulce, salado, agridulce o amargo, es una tarea por demás embolante. Ponerle onda en el momento en que se revuelve el guiso, diciendo “ahora revolvemos la preparación”, es algo redundante. Para hacer amena la elaboración, es preciso tener una cultura amplia, de la que suelen carecer los cocineros devenidos en conductores.
Un alimento cualquiera tiene miles de cosas para decir de él. Por dar un caso, la papa. Cualquiera que sepa de su historia, de su introducción en Europa, de la resistencia inicial de las clases populares para consumirla, tiene para hablar un buen rato sin cansar a la audiencia. Si la comida es cultura, entonces se debería elevar el espíritu conversando con aquello que lo abona.
Cualquier profesor de historia le dirá que los platos típicos son una consecuencia de la disposición de ingredientes de cada región del mundo, la abundancia o escasez de fuego, el clima, la tierra, también hacen un aporte fundamental a la cocina. Además, la idiosincrasia de cada pueblo le imprime una impronta particular y quizás única. Los modos de servirlos, el aire que se respira en cada lugar son también parte de cualquier experiencia culinaria. Sin olvidar las bebidas, los postres. Y en el medio, la música, los otros aromas, los sonidos de la naturaleza o de las grandes ciudades.
Pero no. Muchos cocineros que elaboran platos en la televisión, por ahí reconocidos chefs y maestros en su preparación, parecen no tener demasiado para decir más allá de la receta. Hay excepciones, por supuesto: Narda Lepes es una de las más señaladas, junto con Osvaldo Gross y tres o cuatro más. El resto cree que guisar para el público es bromear en cámara, como si supieran que nadie los va a mirar lápiz y papel en mano para levantar recetas, asentar ingredientes, anotar procedimientos o registrar tiempos de cocción.
No es agradable, para quienes miran esos programas con ánimo de aprender, toparse con esos chistes de humor grueso a cada instante, casi siempre de doble sentido o aludiendo a partes del cuerpo que no suelen estar a la vista. Hay que tener mucho espíritu docente para ponerse frente a una cámara de televisión y contar la primera experiencia que se llevarán, por dar un caso, quienes viajan fuera de sus casas. Enseñarles a comer, a comportarse, a pedir cada plato, es parte de la cultura que podrían aportar frente a las cámaras.
Para ellos, los televidentes buscan solamente entretenerse. Como si les dijeran: si en verdad quieren aprender a cocinar, acudan a una academia gastronómica; nosotros estamos aquí para cachondear y hacerlos reír un rato. El problema es que muchas veces les sobra oficio del lado de la cocina y les falta del lado del humor, y terminan siendo un programa olvidable, uno más de los que llenan el aire de la televisión argentina.
Si los televidentes precisaran diversión en sus vidas como un signo de los tiempos actuales deberían sintonizar un concierto en la radio, agarrar un libro de doña Petrona, cualquier cosa. Más productivo que mirar sin ver, podría ser rascarse el higo, de manera límpida y feliz.
Juan Manuel Aragón
A 25 de enero del 2026, en Isla Verde. Observando las nubes.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Excelente reflexión. Además de una expresión de cultura, la comida, todo el proceso de servirla y disfrutarla en una buena mesa, y el agradecimiento por la gracia de poder tenerla y compartirla en compañía grata, se ha perdido en muchos casos.
    Además de lo dicho sobre su preparación, hoy hay gente de escasa educación que sienta al perro en su falda o en una silla o le alcanza comida, o permite que el gato se suba y merodee entre los platos.
    Se permite a los chicos tomar su plato y llevárselo a la sala del televisor o a su cuarto, o jugar con el teléfono mientras come. O peor aún, se les cocina comida diferente porque "el nene no me come las verduras, vió?
    Supe participar en un grupo de amigos que nos juntábamos a co.er mensualmente en nuestras casas, y el anfitrión tenía que presentar la comida y bebida, y describir la historia, tradiciones y condicionantes asociados a ellas.
    Uno esperaba ese día con mucho entusiasmo y expectativa, valga la redundancia.

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