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| Cuti Carabajal |
No es virtuosismo aislado sino leer el ambiente ajustar repertorios y conducir veladas con sensibilidad entrenada
Hay algo del profesionalismo que resulta muy notable, sobre todo entre los músicos: un cambio casi imperceptible de actitud, o de relación con el instrumento, según se hallen ante una audiencia multitudinaria, en un pequeño recinto público o entre amigos. No se trata de tocar siempre igual ni de mantener un empaque invariable, sino de introducir —a veces grandes, otras sutiles— modificaciones, porque saben que deben intentar que su auditorio pase un buen momento, sin traicionar su esencia.El profesionalismo, en este caso, no pasa por cobrar o no cobrar por cantar o tocar, sino por algo más profundo. A principios de la década del 70 vino a Santiago Eduardo Falú y, como tenía amigos, después del recital que ofreció en el teatro 25 de Mayo fue a la casa de uno de ellos. Contaba uno de los que estuvo presente que, en esa ocasión, no interpretó en la guitarra piezas de su repertorio habitual, sino otras: tangos, boleros y algo de Tárrega y Sors, en un ambiente distendido, en el que aceptó que algunos aficionados lo acompañaran o cantaran con él. También lo hizo con mucha maestría, casi como conduciendo la reunión, porque con tantas veladas parecidas en distintos lugares del mundo, algo sabía del asunto.Algunos de los Carabajal también son expertos en captar el aire de la tertulia y otorgarle su impronta apenas añadiendo o quitando levísimos toques. No es lo mismo cantar para un auditorio de miles de almas que hacerlo para una peña de dos docenas de mesas y abundante alcohol en el ambiente. Su profesionalismo los lleva incluso a levantar a los parroquianos con recursos mínimos, o a calmarlos para que sigan pegados a sus asientos, sin renunciar nunca a lo que son. Saben ubicar, a ojo de buen cubero, el clima que les tocó en cada ocasión.
Leandro Taboada, Meneco, integrante y fundador del conjunto folklórico Los Tobas, es zurdo y toca con la guitarra al revés, como los zurdos, bah. Pero en alguna que otra ocasión, cuando no van a cambiar las cuerdas para darle el gusto, da vuelta el instrumento y toca y canta con las graves abajo y las agudas para arriba.
Como los jugadores de fútbol que, llegado el caso, resuelven una jugada con la pierna menos hábil. Si no nacieron con esa destreza, la entrenaron miles de veces. Un campeonato puede depender de que, en su momento, aunque fuera en su casa, hayan pateado una y otra vez con el pie cambiado.
El que toca y canta con los vecinos de la otra cuadra y que por unos pesos va a tu fiesta siempre hace lo mismo. Tal vez tiene el temple para un chiste o para parar a un borracho molesto. Quizás sea un maestro con el instrumento o tenga una voz bella y afinada, pero no siempre capta, con una sola mirada, eso que pide el alma colectiva del asado, la fiesta o la reunión. No es falta de talento. Es otra cosa. Hay quienes aprendieron a oír antes de tocar. Y hay quienes, aun tocando muy bien, todavía no salieron del todo a probar suerte.
Tal vez sea que, como trovadores de antaño que pulían sus versos en la polvareda del camino, un artista moderno tenga que trotear algunos años antes de darse cuenta de que su arte también vive en la memoria de quienes lo oyen. Tan simple o tan complicado como eso.
Juan Manuel Aragón
A 15 de enero del 2026, en el bajo de La Mesada. Esperando el ómnibus.
Ramírez de Velasco®


Has pintado con gran fidelidad la actitud de grandes músicos de nuestro folclore, cuando se reúnen en mesa de amigos. Casi todos saben hacer sentir a los comensales que ellos están a gusto en la juntada, y se integran a la diversión como uno más. Y además de la música, la riqueza de las anécdotas que cuentan son un deleite aparte.
ResponderEliminarMe ha pasado de ser "arrimado de ocasión" en algunos de esos encuentros con alguno de nuestros próceres. folclóricos, y ha sucedido tal como lo describe Juan Manuel. Una de ellas fue una cena con don Ariel Ramírez. Mi amigo me dijo "viene don Ariel Ramírez a cenar, no sé si querrá tocar pero poné tu bombo en el baúl por las dudas".
Al final tocamos huainos y carnavalitos, pero lo mejor fueron las muchas anécdotas que nos contó, de viajes y actuaciones con los Chalcha, Mercedes Sosa, Guaraní, y otros. Cosas increíbles que habían compartido y que les habían ocurrido. Fue una inolvidable experiencia. No sé si ahora será igual, con el tema de los teléfonos y las redes.
Cuando la gente convierte el momento en una oportunidad para apuntar con el teléfono y "postiar" fotos por las redes por su propio ego, la magia del momento se rompe y los grandes se incomodan.