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| El juez Alvin Hellerstein |
A propósito de un artículo en el diario El País (España) del 4 de enero pasado
Por Bernardo Abramovici Levin
Hay frases que no son errores: son revelaciones. Cuando El País —el principal diario de España— escribió que el juez que juzga a Nicolás Maduro era “imparcial a pesar de ser judío”, no cometió un desliz lingüístico ni una torpeza semántica. Hizo algo mucho más grave: dejó al descubierto una estructura mental que sigue viva, cómoda y legitimada en ciertos círculos del periodismo que se perciben como ilustrados, democráticos y moralmente superiores.Porque esa frase no es neutral. No es inocente. No es “contextual”. Es una frase que carga siglos de sospecha. Decir “imparcial a pesar de ser judío” presupone que ser judío es, por defecto, una condición sospechosa, una inclinación que debe ser superada, una tara moral que hay que compensar con esfuerzo. Es el mismo mecanismo que durante siglos alimentó la exclusión: no la acusación directa, sino la duda insinuada.Lo verdaderamente obsceno no es que se haya mencionado la identidad del juez. Es para qué se la mencionó. ¿Acaso El País escribiría que un juez es imparcial “a pesar de ser católico”, “a pesar de ser ateo”, “a pesar de ser vasco”, “a pesar de ser mujer”? No. Porque en esos casos el prejuicio sería evidente, grosero, inaceptable. Pero cuando se trata de judíos, el prejuicio se disfraza de análisis, de contexto, de sutileza intelectual.
Este es el antisemitismo del siglo XXI: no grita, no insulta, no quema libros. Editorializa. Se cuela en subordinadas. Se esconde detrás de un “a pesar de”. Es un antisemitismo que no se reconoce como tal porque se pronuncia desde redacciones progresistas, universidades prestigiosas y columnas de opinión que se creen vacunadas contra el odio por el solo hecho de declararse antifascistas.
El problema no es solo El País. El problema es la naturalidad con la que esa frase pudo ser escrita, editada y publicada sin que nadie en la cadena editorial se detuviera a pensar: “esto es inadmisible”. Eso habla de una normalización profunda: la idea de que la identidad judía sigue siendo un factor explicativo, un elemento que debe ser mencionado cuando se habla de poder, justicia o dinero. El viejo reflejo nunca se fue; solo aprendió a hablar el idioma de los derechos humanos.
Que luego hayan corregido el texto no los absuelve. La corrección no borra la pulsión original. No fue un lector malintencionado el que leyó antisemitismo donde no lo había: fue el propio diario el que lo escribió. Y lo escribió porque, en el fondo, todavía considera pensable —decible— que un judío tenga que demostrar imparcialidad “a pesar” de ser quien es.
Este episodio no es menor ni anecdótico. Es una advertencia. Cuando incluso un dictador como Maduro puede convertirse en excusa para deslizar un prejuicio ancestral, queda claro que el problema no es Venezuela, ni la geopolítica, ni Estados Unidos. El problema es cultural. Es moral. Es periodístico.
Y hay que decirlo sin eufemismos: cuando el periodismo introduce la identidad judía como un obstáculo a la justicia, deja de informar y empieza a contaminar. No con odio explícito, sino con algo más peligroso: la sospecha elegante, el prejuicio con corrección política, la discriminación que se cree inteligente.
Eso no es un error.
Es una confesión.
Ramírez de Velasco®


Excelente apreciación Juan Manuel!
ResponderEliminarGravísimo de parte de ese periódico.
ResponderEliminarHay unos cuantos en la cadena editorial que deberían perder sus trabajos.