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RELATO El canto perdido de la jefa de las ranas

Ilustración nomás

A veces se cruzan historias de gallos rengos, mulas sanmartinianas y una filosofía de entrecasa que entra sin permiso

—De todo lo que había en el pago, lo que más extraño es el canto de las ranas del verano después de la lluvia— dice Macario, acomodando su vaso sobre la mesa.
Los otros lo miran, ya saben que viene una historia. Sea cierto o no, Macario siempre tiene un cuento para largar.
—¿El canto de las ranas? —pregunta uno, incrédulo.
—Sí, las ranas. Mirá, te voy a contar…
Empieza con aquella vez, de chico, que con los hermanos y algún primo de visita decidieron pillar a la que llevaba la batuta. Los amigos, en ese bar de mala muerte debajo de la tribuna de Central Córdoba, se acomodan en las sillas y lo dejan hablar.
Es que Macario ya antes les había largado cada cosa. De chicos hacían competencias a ver quién boleaba más gallinas, con boleadoras de marlo atadas con hilo sisal… El abuelo se enojó como nunca, porque le arruinaron, dejándolo rengo, un gallo de pelea cenizo. O aquella otra, cuando ensillaron una mula y la hicieron trepar por los zanjones del camino a San Miguel, sólo para sentir lo mismo que el general San Martín cuando cruzó los Andes.
—Fue por el setenta y dos, más o menos —mete fecha Macario— cuando llovió todos los días. Tremendo.
Pero vuelve al asunto: esa vez el primo Aníbal tuvo la idea. Quería descubrir qué tenía la rana que hacía cantar a las otras después de la tormenta.
—¿Qué rana? —pregunta uno, como si no entendiera.
—La que lleva la batuta, hermano. Hay una que canta sola y las demás le responden, como un coro.
Desde que Macario se vino del campo había visto cosas que le traían recuerdos: alguna tortilla que le mandaban con ese sabor seco, a ceniza; prendas de fletes en la feria del parque; una música que lo emocionaba de tanto en tanto. Pero nunca más había vuelto a escuchar el canto de las ranas en la represa.
Una noche, dice, después de cenar, salieron todos: hermanos, primos, linternas en ristre. Querían atrapar a la jefa de la banda, a la más entonada.
—Pero, ¿cómo es ese canto? —lo interrumpe uno, mirando hacia la Terminal, mientras un coche de la empresa Sol entraba por la puerta que da a la Pedro León Gallo.
Macario se endereza y larga un lastimero:
—“¡Uhaaaa!”
—Y el resto del ranerío contestaba: “¡Uhaaa!”
Todos ríen. El primo Aníbal, cuenta, los había convencido de que esa rana tenía el secreto del liderazgo. Si la destripaban iban a encontrar la clave de la entonación, iban a ser el que dice algo y después todo el mundo repite como si fuera un rezo.
Y allá fueron. En silencio, caminando en puntas de pie. Cuando la principal cantaba, se acercaban. Primero la oyeron en la orilla que daba a la casa del Negro Melián. Después en el calicanto. Más tarde en medio de las cañas huecas, bajo cuyas hojas se había formado con los años un túnel del río que nacía en el pozo surgente.
—¿Y?— pregunta uno, ansioso.
—Nada. No la hallamos. Cada vez que nos acercábamos, se callaban. Y cantaban las que estaban más allá.
En la mesa alguien quiere saber qué pasó después. Macario dice que al otro día hablaron del asunto, pero no llegaron a nada. Entonces se lo contaron al abuelo.
—¿Y? ¿Qué les dijo?
—Que si la vida fuera una fábrica —cuenta Macario, bajando la voz— todos deben ser capaces de fabricar tornillos, llenar planillas, manejar el camión de reparto. Si uno falta o se muere, otro ocupa su lugar. Siempre.
Se hace un silencio. Uno rompe la pausa:
—¿Y te sirvió eso en la vida?
Macario dice que sí, que había sido periodista en todas las secciones del diario: deportes, política, suplemento de la mujer. Que siempre trató de hacer lo mejor, sabiendo que la empresa tiene necesidades más grandes que el gusto o el ego de uno.
Se quedan callados.
De adentro viene el mozo con un sánguche de milanesa en la bandeja. Uno pregunta:
—¿Qué año habrán fritado esa milanga?
Todos se ríen. Pasa un grupo de turistas cargado de valijas.
La charla se va para otro lado.
Juan Manuel Aragón
A 1 de septiembre del 2025, en el barrio Paraíso, La Banda. Encendiendo el lavarropas.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Muy bueno. Un relato que dice muchas cosas.

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  2. A CAUSA DE LOS PESTICIDAS ,DESAPARECEN LAS RANAS,QUE COMEN MOSQUITOS LUEGO AUMENTAN LOS MOSQUITOS Y LUEGO LA ENFERMEDADES TRANSMISIBLES POR ELLOS.................

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  3. Genial Juan.
    Carlos Zigalini.

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