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| Ilustración |
Más allá de su piel Barack Obama no era un negro cabal, en cambio Donald Trump es exactamente lo que muestra
Siempre tuvieron pinta de otra cosa. Es como si en cada presidente norteamericano hubiera un disfraz de utilería, una máscara de Hollywood que vende una historia distinta de la que se cuenta. A George Herbert Walker Bush, el padre lo podías confundir con un tío bueno, de esos que juegan al golf y hablan bajito, pero su amabilidad era la sonrisa del espía, del tipo que te habla bien, pero con un cuchillito bajo el poncho. El hijo, George Walker Bush, borracho consuetudinario, cuando se curó del alcoholismo se hizo converso evangélico y cambió el vaso por la Biblia, pero siguió bombardeando con la misma fe. William Jefferson Clinton parecía más humano, casi simpático, con su aire de estudiante eterno y atorrantón. Un putañero de aquellos, queriendo disimular la ambición. Ronald Wilson Reagan había sido un actor de cintas de cowboy, e interpretó su propio papel: el pistolero del oeste con el revólver cargado de esloganes. Barack Hussein Obama II, era un supuesto redentor, se hizo el negro para ganar las elecciones, pero al final no engañó a nadie, como que fue el presidente que más inmigrantes deportó. Y qué se puede decir de Donald John Trump… bueno, para empezar que no engaña a nadie ni quiere hacerlo. Camina como Tío San, tiene pinta de Tío Sam, sonríe como Tío Sam, apunta con el dedo, como Tío Sam. Y es Tío Sam. Es Rico Mac Pato en carne viva, y al ego le agrega la fortuna. Por una vez, uno que parece lo que es.Obama no era el negro que Estados Unidos necesitaba creer que era. Su madre era blanca, su educación blanca, sus amigos blancos, su entorno blanco. No creció en los barrios en que la cultura negra se transmite como una herencia viva, de generación en generación, junto al dolor y el orgullo. No fue descendiente de esclavos liberados, ni de obreros segregados, ni de los que marcharon con Luther King. Fue el hijo de un hombre africano libre que embarazó a una mujer blanca, y eso lo hizo, más que afroamericano, un símbolo armado a medida del marketing político.Esa distancia entre su biografía y el relato es lo que explica parte del desencanto que dejó. Durante su presidencia, hubo más deportaciones que con cualquiera de sus antecesores. Las cárceles siguieron llenas de pobres y de negros. Las guerras que prometió cerrar, las prolongó. Las que estaban dormidas, las reavivó. Se permitió incluso el gesto de ordenar la ejecución de Osama bin Laden, no por justicia, sino por espectáculo. Pero los ñatos de Oslo, lo premiaron con el Nobel de la Paz. (Si hubiera sido argentino nos habríamos preguntado a cuánto cotizaba el Nobel, pero como es de un país supuestamente serio, creemos que quizás se lo dieron por su ideología).
El Nobel, en su caso, fue una coronación simbólica del “sí, se puede”, pero sin preguntar qué era lo que se podía. Se lo premió por lo que representaba, no por lo que hacía. Por el color de su piel y la esperanza que despertaba en los blancos liberales pre wokes (¿o ya eran?), que necesitaban sentirse menos racistas, más inclusivos y todo eso. Fue un premio al relato, a la corrección política, al espectáculo del cambio.
Tal vez por eso, cuando Trump exige el Nobel, no lo hace por ignorancia, sino por burla. Es su modo de decirle al mundo que el galardón es más barato que piquete sin choripán, que si se lo dieron a Obama por decir “hope” (esperanza), deberían dárselo a él por decir “America first” (Estados Unidos primero). La ironía encierra un reproche: el sistema que lo creó es el mismo que se ríe de él, y él se ríe de todos.
La diferencia, al final, es que Trump no tiene doble fondo. Es lo que se ve, tal cual: grosero, millonario, vanidoso, brutal. No se disfraza de redentor ni de víctima. En su brutalidad, al menos, hay una forma rara de sinceridad.
Y ahí está el punto: en la política norteamericana, la impostura fue siempre más importante que la verdad. Bush, Clinton, Reagan, Obama: todos representaron algo que no eran. Trump, en cambio, no representa: es. Por eso incomoda tanto. Porque en su reflejo se ve, sin maquillaje, la cara bestial del imperio.
Juan Manuel Aragón
A 19 de noviembre del 2025, en Tiun Puncu. Amaneciendo.
Ramírez de Velasco®



Sí, señor.
ResponderEliminarEl artículo le ha acertado bastante a la caracterización de Obama........solamente.
ResponderEliminarEn lo demás termina siendo uno más de los artículos que se escriben desde el sentimiento latinoamericano, en los que la adjetivación peyorativa se antepone al propósito informativo y se convierte en el principal propósito del mensaje.
Obama resultó un fiasco total en todo sentido. Dotado de una particular labia (si, también en el mundo desarrollado a los ciudadanos les encanta que los presidentes les hagan el cuento), terminó siendo el más divisivo de los presidentes en la historia y dejó al país debilitado internacionalmente y deteriorado institucionalmente. La mejor prueba de ello es que el país haya elegido luego a alguien como Trump, que jamás hubiera ocurrido si la gestión Demócrata hubiera sido medianamente decente.
Ni Obama sabe bien por qué le dieron el premio Nobel (cuyo ganador se decide a principio de año cuando él llevaba solo un par de meses de gestión). Se interpreta que fue por su famosa "gira del arrepentimiento" (apology tour), en la que salió a recorrer países del oriente a pedir disculpas en nombre de los Estados Unidos por "los errores del pasado". Ello resultó en el debilitamiento de la posición de USA en el mundo y desencadenó la invasión de Rusia a Ucrania, el recrudecimiento de los ataques de misiles a Israel desde Siria y Palestina, y el recrudecimiento de los conflictos del medioriente (Afganistan, Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Pakistán). Para los desprevenidos, eso es lo que resulta cuando la posición de los Estados Unidos en el contexto internacional se debilita.
Como decía al principio, el resto del artículo está copado por la adjetivación peyorativa, característica del resentimiento que nos han inculcado desde los primeros años de la escuela, donde nos enseñan que lo que viene de afuera es imperialismo colonialista y hay que tirarle aceite hirviendo y palos desde los techos.
Durante los años de gobierno de todos esos prsidentes mencionados, el mundo ha florecido (y latinoamerica se ha beneficiado más que nadie), gracias a los adelantos tecnológicos que se impulsaron por la inversión en investigación y desarrollo de USA principalmente. Fin de la guerra fría, transmisiones satelitales, internet, telefonia digital, erradicación de enfermedades, incremento de producción agrícola y drastica reduccion del hambre y la pobreza en el mundo han contribuido a que latinoamérica no se quede tan atrás en su desarrollo.
En los 8 meses de la actual gestión, el gobierno ha logrado mediar y resolver los conflictos entre Israel and Hamas, Israel e Iran, Pakistan e India, Rwanda y República del Congo, Thailandia y Cambodia, Armenia y Azerbaijan, Egypt y Ethiopia, y Serbia y Kosovo. De paso, ha logrado apuntalar la gestión del gobierno argentino, que continúa afectada por años de deterioro institucional, malas políticas productivas y una corrupción endémica que ha llegado a enquistarse en el ADN de los ciudadanos.
En cambio el artículo se orienta a mostrar una supuesta "cara bestial del imperio" manejado por presidentes inescrupulosos y enfermos de vicios de todo tipo, perdiendo una excelente oportunidad de "informar".