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SANGRE De Esculapio a la actualidad

Ilustración nomás

La riña de gallos fue primero un rito sagrado y después un espectáculo de apuestas, sangre y bravura

La riña de gallos es una de las formas más antiguas de espectáculo popular de la humanidad. Mucho antes de que los estadios, los circos o las canchas existieran, la gente en los pueblitos se reunía en un círculo de tierra para ver cómo se enfrentaban dos aves entrenadas, en una lucha ritual y sangrienta. En eso tiempos no era sólo una diversión: el combate de gallos era también un símbolo de fuerza, coraje y fortuna, y estaba impregnado de significados religiosos.
Las primeras competencias de este tipo están documentadas dos mil años antes de Cristo en el valle del Indo y en Persia. Las aves eran criadas para la pelea, seleccionadas por su vigor, su bravura, su temperamento. Las plumas eran signo de prestigio, y el dueño del gallo vencedor alcanzaba a veces, gran consideración en la comunidad. La riña servía para resolver disputas simbólicas entre pueblos o familias, y en muchos casos era acompañada de apuestas rituales.
Los griegos heredaron esta costumbre de Asia y la transformaron en un espectáculo cívico. En Atenas se hacían combates de gallos durante las fiestas de Atenea y Hermes, y la gente veía en el animal una encarnación de la valentía. Aristóteles los menciona como ejemplo de instinto competitivo, y Plutarco cuenta que los soldados eran enviados a observarlos antes de las batallas, para aprender su espíritu combativo. El gallo, que canta al amanecer y anuncia la luz, se convirtió en un emblema de vigilancia y virilidad.
Un paréntesis para hablar de Esculapio, el dios griego de la medicina. Cuando Sócrates es condenado a muerte, sus últimas palabras, registradas por Platón, fueron: “Critón, debemos un gallo a Esculapio. Págaselo, no lo olvides”. La frase revela la asociación del animal con la salud y la curación. El gallo se ofrecía en sacrificio a Esculapio para agradecerle una curación, y en el caso del filósofo, la muerte era concebida como la curación definitiva del alma.
El culto al gallo sagrado se extendió luego a Roma. Ahí, las riñas eran una mezcla de superstición, entretenimiento y apuesta. Los romanos gozaban del espectáculo tanto como de las carreras de carros o los combates de gladiadores, y en muchos casos lo llevaban a los campamentos militares. El gallo era también el animal del dios Mercurio y se creía que traía suerte en el comercio. Como se sabe, Mercurio en Roma y Hermes en Grecia eran los dioses de los comerciantes… y de los ladrones.
En el Egipto helenístico, los templos de Esculapio conservaban gallos blancos que se usaban en rituales de purificación. El animal, al anunciar el amanecer, representaba la victoria de la luz sobre las tinieblas y la curación del cuerpo y del espíritu. Los peregrinos dejaban ofrendas de plumas o pequeñas estatuillas de gallos como testimonio de su fe.
Durante la Edad Media, las riñas siguieron en los pueblos europeos como una costumbre heredada del mundo clásico. En los monasterios, pese a las prohibiciones eclesiásticas, los monjes criaban gallos para el consumo y, a veces, para las apuestas. En Inglaterra y Francia, las peleas se institucionalizaron en ferias y fiestas patronales, y la gente jugaba mucho dinero en ellos.
En Asia el gallo fue siempre un símbolo solar y por lo tanto las riñas tuvieron un carácter casi místico. En la India, los combates se consideraban parte de los rituales de fertilidad; en la China, eran motivo de reuniones familiares y se creía que el ave espantaba a los malos espíritus. En Filipinas y el sudeste asiático, la práctica se mantuvo viva hasta hace poco con un sentido de identidad y tradición.
La expansión colonial europea trajo las riñas de gallos a América, y hallaron terreno fértil. En las Antillas, en México y en el Río de la Plata, se mezclaron con elementos locales, convirtiéndose en un espectáculo popular que sigue combinando honor, apuesta, música y alcohol. La escena del redondel, el canto del gallo y la tensión de los espectadores prolongaron una costumbre que venía desde antes de los templos de Esculapio y los estadios de Atenas.
Hoy las leyes las han relegado o prohibido en muchos países. Empero las riñas de gallos conservan el eco del pasado. Lo que en otros tiempos fue rito, símbolo solar o sacrificio, hoy es sólo entretenimiento.
Cada vez que el canto de un gallo rompe el silencio del amanecer en cualquier pueblo de la Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, México, revive una parte de una historia en la que el hombre veía en esa ave un reflejo de su propio coraje.
Y quizás su destino.
Juan Manuel Aragón
A 15 de noviembre del 2025, en Clodomira. Asunteando.
Ramírez de Velasco®

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