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NARRACIÓN Memoria de tormentas

Lluvia en el pago, fotografía de Alejandra Aragón

Allá en el pago el viejo Holacho contaba punto por punto cómo había sido cada lluvia y las recordaba todas cual memoria del estado del tiempo


El día que murió Holacho Rodríguez, se perdió la memoria de las tormentas, no hubo quién las narrara con un vocabulario que parecía más hecho para contar gestas antiguas que para detenerse en el relato de goteras, vientos, refucilos y nubes davueltando los cielos, a veces con ínfulas de penúltimo Armagedón del pago con el viento chocando las paredes de las casas de los vecinos y pasando por entre las ramas de los inmensos eucaliptos plantados alrededor de lo que fuera la abandonada casona principal del pueblo.
Hombre de verba florida, de viejo, en las reuniones familiares los muchachos le preguntaban cómo había sido la primera lluvia del año 63, entonces empezaba a contar desde que un leve vientito se había levantado del sur: “La brisa comenzó a mover los calores, llevándolos quizás a otros planos astrales, cuando en el horizonte se comenzaron a atisbar los reventones que preanunciaban lo que a la postre sería una gran avenida”, decía. Y ya no había quién lo parase, mucho más si andaba punteado. Describía por dónde había llegado el viento: “Entrando como desde el cerco de la Finada Rosa, había dado vuelta para el sur luego había hecho errar lo mejor de la tormenta, haciendo que solamente cayeran tres gotas locas que apenas fueron suficientes para asentar la tierra y traer unas horas de fresca”. Se sabía todas de memoria, entrecerraba los ojos y cualquiera que lo estuviera oyendo vivía con él, gota a gota, esa tormenta.
Desde chico, contaba, nunca había dormido entre cuatro paredes, siempre en el corredor de la casa que daba al viejo potrero del abuelo Andrés. Recordaba la vez que fue de visita a la casa de unos parientes en la ciudad: le acomodaron la cama bajo una galería por la que el viento andaba a las disparadas, porque se embolsaba en la calle y entraba hecho una furia. “No he nacido para dormir encerrado”, contaba en esas ocasiones.
En las madrugadas de invierno sabía a qué hora había empezado a llegar la primera helada: “Después de que ha cantado por segunda vez el gallo de la Cuca, una sábana congelada se posó en todas partes, en el patio, en la cancha de fútbol, en la represa, en el chiquero de las cabras, el aire se quedó quieto, como teniendo susto de ese frío de muerte”, contaba en el almacén de los Andrada, cuando iba a comprar maíz para las gallinas, arroz, fideo y frangollo para el guiso.
Hombre de antes, después de terminar el tercer grado reforzado de antes, tuvo que trabajar porque en la casa consideraron que ya era mocito como para seguir yendo a la escuela. Descubrió que la escuela tenía una biblioteca bien poblada y se dio a la tarea de leer, después siguió yendo al pueblo vecino a pedir prestados los libros de la Biblioteca Popular y más grande, encargaba textos a los que viajaban a la ciudad o cambalacheaba con Octavio Ledesma, el radio operador de la policía, lector empedernido de novelas de amor, de Corín Tellado para arriba.
Tenía el tiempo guardado en la memoria, con cientos, quizás miles de acontecimientos que, de haberse comparado con un registro atmosférico, habría coincidido punto por punto, pero quizás con más precisión y lenguaje algo más poético. Si le preguntaban cómo estaría el tiempo mañana o la semana que viene, advertía que no poseía el arte de la adivinación, sin embargo, sus pronósticos solían ser más acertados que los del Servicio Meteorológico: se basaba sobre todo en la observación de las plantas, el movimiento de las hormigas, la inquietud de las mujeres y el comportamiento de los locos del pueblo. Luego afirmaba: El lunes a la oración capaz que se largue una tormenta". Y se largaba nomás.
Murió para el tiempo en que el pago estaba terminando de tomar la nueva forma, dejó de ser un caserío desparramado, se abrieron calles, se asignaron lotes, se dejó espacio para una plaza, se prohibió la tenencia de gallinas, patos, pavos, vacas, caballos burros “y toda clase de aves”, según había dicho el comunal por la radio. 
A casi todos los viejos vecinos, cuando se repartieron las suertes de los lotes, les tocó el mismo lugar que habían habitado desde los bisabuelos o quizás antes. Moderno se iba haciendo el pueblo, como que un tiempo antes, a la capilla de la Dormición de San José, había llegado un cura de esos nuevitos, modernos y bien vestido, que mandó a construir una sala velatoria, según dijo, "para igualarlos a todos en la muerte".
Los amigos y conocidos quisieron velarlo en la casa, para que se fuera como había vivido, al aire libre, pero las hijas que vinieron de la ciudad insistieron en despedirlo en la sala velatoria, porque para algo estaba, según dijeron. Los vecinos protestaron, iba a ser una afrenta al viejo, que siempre había querido vivir sin intermediarios, como decía, entre él y las nubes, justo era que lo tuvieran en el corredor de la casa hasta el momento de llevarlo a Villa Antarca, en el mismo lugar en que había oteado rayos, olfateado el viento buscando el perfume de la tierra mojada, sentido el espray del agua mojándole de felicidad el rostro. Además, dejó dicho que quería ser enterrado directamente, sin cajón entre, él y la desnuda tierra que tanto amaba. Pero no hubo caso y lo llevaron a ese salón frío que había preparado el cura, sin ventanas, sin cruces a la vista, un frío y desolado altar en medio de un vacío rodeado de sillas de plástico quebradizo. Al llegar algo pasó al féretro que habían comprado las hijas, que se desclavó de tal manera, que llegó a las angarillas en que suelen poner el cajón, con un brazo afuera, la cabeza chanfleada, los ojos vidriosos abiertos, como sorprendido del sitio al que lo estaban llevando. 
Lo acomodaron como pudieron y dijeron que harían todo rápido, como se usa ahora en la ciudad, sin esperar a ningún deudo de los que viven lejos y llegan a último momento a despedirse del finado. Pero justo cuando lo estaban por sacar, se largó una inesperada tormenta como esas que sabía describir tan bien, con rayos, centellas, refucilos, el oscurecimiento total del cielo, corte de electricidad, árboles cortados de cuajo, techos volados, animales ahogados, familias evacuadas y Defensa Civil de la capital demorada por la inundación de los caminos. Fue el único lugar de toda la provincia que tuvo esa semerendo vendaval, en el resto hubo una lluvia tranquila y hasta diríase que pobre y mezquina. Endemientras, los deudos aguaitaban para llevarlo al cementerio, con el cajón cerrado y un poco de aprensión, porque llegarían de noche. En eso vino un vecino en una zorra y lo cargó, dijo que lo dejaría cerca nomás para que al día siguiente lo enterraran, ya no había tiempo ni ganas de tapar con barro el pozo, quishqui de agua, que habían cavado esa mañana.
Siguió lloviendo a la noche y todo el día siguiente, como si todos los santos de cielo se hubieran puesto de acuerdo para descargarse en el pago. Al otro día a la siestita, cuando paró de llover el camino era un alegre río que dividía el pueblo en dos, desde la comuna hasta pasando las últimas casas del norte.
A mediamañana, el comisionado municipal había llevado un tractor para pasar a las maestras que querían volver al pago y justo cuando empezaban sus evoluciones para cruzar de un lado al otro del pueblo, el cajón de Holacho se presentó en medio de la correntada, dando vueltas enloquecido, en medio de un remolino oscuro, rodeado de ramas, bolsas de plástico y champa del monte.
El compadre Ramón Ayala, los muchachos Vértiz y dos de los hermanos Llanos que justo andaban por ahí, lo enlazaron cuando quedó agarrado en la orilla y a duras penas lo subieron a la chatita de los Montenegro y lo llevaron al cementerio. Volcaron el cajón en el hoyo y enterraron al viejo Holacho libre, sin maderas que le impidieran el último contacto con el terruño que tanto había amado, con ese tiempo que parecía hecho una furia, enojado por el trato que le habían dado al final. 
Luego escampó, salió el sol, los caminos volvieron a ser las sendas de puros bobadales que habían sido siempre.
Antes de marcharse para siempre, las hijas alzaron lo que hallaron de valor en la casa, sacaron los pobres muebles del finado, regalaron su ropa, el sulky, las sillas, la mesa del comedor, los espejos, un ropero inmenso, ollas y sartenes, todo y la cerraron con candato. Sólo quedó bajo el alero, el catre que siempre había sido su lugar para sentir el tiempo.
En las siestas del verano que acaba de pasar, cuando sol hace refulgir el calor de mil duendes derritiendo hasta los guayacanes del pago, por entre las goteras de la casa pasa el sol y es un inmenso colador de fideos blancos. A veces los chicos van a jugar a las escondidas y los grandes cuando pasan, tal vez piensan en que eso, que fue alguna vez, hoy ya no está y es recuerdo de perdidos adioses en cientos de miles de gotas de agua, cada una distinta a la otra, narradas ahora por el viento, el vapor de los días pesados y las nubes que se asoman por el lado del molino viejo. ¿Traerán tormenta?, ojalá que sí.
©Juan Manuel Aragón
A 9 de marzo del 2024, en Chilca la Loma. Hondeando ututus

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