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DESCRIPCIÓN El campero

Chiquero de las cabras (imagen de Jorge Llugdar)

El hombre que busca la majada que se le ha perdido, no sabe que lleva una determinación evangélica

El campero lleva en su rostro la determinación de hallar la majada que se le mandó a mudar después de la última tormenta. Hace tres días que ha salido su casa y ahora pasa por estos bosques perdidos, quizás en el departamento Pellegrini, Jiménez, o cerca de Huyamampa, preguntando de casa en casa si no han visto sus cabras: avisa cómo es la señal, acepta quizás un vaso de agua sin apearse del montado y sigue adelante. No sabe que en el Nuevo Testamento lo nombran como el pastor que pierde un solo animal, deja a los demás y sale a buscarlo, porque le va la vida en la tarea.
Casi como los israelíes que, por estos tiempos buscan desesperadamente a sus hermanos que fueron llevados por el lobo del Hamás a sus catacumbas malditas, este hombre quiere hallar sus cabras, escapadas del cuidado del perro cabrero, asustadas por la tormenta, huidas a cualquier parte.
En la presilla de un apero de los que llaman chilenos, raído por los soles y las tormentas, lleva atados dos lazos por las dudas. Tiene un sombrero que alguna vez fue negro, pero se ha vuelto gris por el polvo, pañuelo al cuello, camisa desgarrada por las espinas del monte, pantalón que ha conocido tiempos mejores y alpargatas bigotudas en cuyas puntas asoman tres dedos de los pies.
La madrugada del 7 de octubre del 2023, un grupo de terroristas entró a Israel a sangre y fuego, mató a centenares de personas, quemó vivas a otras, violó mujeres que intentaban huir, mató, pegó y estropeó lo que encontró a su paso, con una saña inhumana. Y de yapa se llevó cautivos a inocentes civiles que participaban de un baile o a familias que estaban tranquilamente durmiendo en sus casas.
Nada le interesa más que recuperar su majada. Cuando vaya a otro pago a la cosecha de la caña en Tucumán, a los campos de Buenos Aires a la desflorada del maíz o a La Rioja a la uva, junto con las gallinas, la majada será el único auxilio que le dejará a la mujer y los hijos para defenderse de la intemperie de la pobreza. Le molesta dejar su nombre en los bolicheros del pago, por eso antes de partir a la próxima cosecha, se ocupa de que produzcan las gallinas, deja preparado el cerco para que los changos siembren maíz y zapallo, compra arroz, fideo, yerba, azúcar en cantidad para que su mujer no ande fiando. Sin la majada, la pobreza será una realidad. más que una asechanza.
Desde aquel día Israel bombardea, mata, destruye y prende fuego a todo lo que impide hallar a sus hijos, cazados como bestias. Un pequeño país, rodeado de enemigos, no puede darse el lujo de decir que no le importa, abandonarlos a su suerte, esperar que se obre el milagro de que los animales asesinos que se los llevaron, los devuelvan porque sí nomás.
El hombre, que no es distinto a los de su pago y de todos los pagos del norte de la Argentina, quiere para sus hijos un horizonte distinto al suyo, más luminoso y, sobre todo, no tan cortito.
Por ahí le avisan que una majada parecida a la suya, asomó cerca. Los ojos cansados se le encienden, se levanta sobre los estribos acomodando el cuerpo mientras oye las indicaciones para encaminarse hasta ese otro caserío cercano. Y al fin, con la última gota de luz de la oración, se topa con sus animales tres tardes después de haber salido de la casa con los escasos avíos que le dio su mujer: huevo duro, una lata de cornebé y pan casero. Están encerradas en el corral de un buen hombre que, no hace falta que lo diga, no cobrará un peso por la gauchada. Y además lo convidará a que duerma esa noche en su casa para aplacar el cansancio de los huesos. Más tarde, luego de cenar, a la luz de un mechero que bosqueja su perfil aindiado, contará a esa familia, en pocas palabras, las peripecias que pasó hasta llegar hasta ahí. Ha recorrido un largo trecho desde su pago lejano.
El mundo que se admira por el hecho de que un hombre salga a buscar la majada que se le perdió, pretende que Israel entregue comida, asistencia médica y electricidad a sus enemigos, sólo porque se olvidó las razones que lo llevan a entrar a sangre y fuego en Gaza, a ver si recupera los últimos rehenes que mantienen vivos y consigue que le devuelvan los cuerpos de los muertos.
Mientras tanto, allá en su casa, la mujer le prende una vela al Carballito, se persigna y reza. Su chango, todo un hombre, pues ha cumplido 12 años, le pide que no llore, que todo va a estar bien. Esta vez, por suerte, tiene razón.
Nadie quiere la guerra, pero si no hay más remedio, hay que levantar el fusil y pelear por lo que es de uno. ¿O usted no haría lo mismo que el campero o el pueblo israelí?
Juan Manuel Aragón
A 6 de agosto del 2025, en Palos Quemados. Tiritando el invierno.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Excelente artículo, Juan Manuel. El paralelismo con las motivaciones transmitidas a través de las parábolas bíblicas es brillante. Creo que es el contexto perfecto para hacer entender cómo siente y vive la situación el pueblo de Israel.
    Este artículo debería publicarse en los medios de mayor difusión del país.

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  2. Un lujo este artículo! Realmente muy bueno Juan Manuel!

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