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CEREMONIAS Rituales de la modernidad

Persignándose antes de entrar

Para muchas actividades, los hijos de vecino tienen sus protocolos de actuación, sus formas, sus gestos, sus repeticiones, salvo en…

Los muchachos tienen su protocolo para ir a la cancha, se visten igual, antes de ir comen lo mismo, entran por la misma puerta. Saludan a la misma gente, se sientan en el mismo lugar de la tribuna. Para salir con el novio, la chica sigue una larga ceremonia, se baña, duda con la ropa, se viste, se desviste, elige otra. Le pregunta a la madre, a la hermana, se pinta, llora porque se ve fea, se vuelve a pintar y recién sale. Para rendir un examen hay quienes se ponen la misma pilcha, desde la camisa y la campera hasta los calzoncillos, que al final se usan solamente para esas ocasiones. Salen de la casa a la misma hora, rezan al mismo santo para que los ayude, entran con el pie derecho, se concentran, no hablan con nadie. La familia se reúne en rueda de mate, un culto diario: la madre ceba por la derecha en la silla petisa que nadie más usa. La preparación en sí está repleta de actos cuasi litúrgicos: los movimientos de la bombilla, la posición de la mano al echar el agua, en fin.
Para muchos actos de la vida los hijos de vecino tienen sus ritos, sus cábalas pongalé, sus supersticiones y en eso son exigentes. Si el piloto no se persigna antes de subir la escalerilla, después cree que por eso el avión se va a caer. El hombre que antes de salir de la casa besa a los hijos, lo hace siempre, pero siempre—siempre, porque cree que si no lo hace se va a morir sin darles esa última despedida.
Esta tesis se podría titular “El hombre moderno también ama las ceremonias”. Y dar casos de algunas que son muy complicadas, como la de la verdadera preparación del mate cocido, hecho en una jarra enlozada, con una brasa encendida y azúcar, que sería para los santiagueños parecida a la del té en Japón. Las de los festivales de música folklórica, son también bastante complejas, con un locutor hablando en tono impostado y supuestamente gauchesco, las glosas que no dicen nada, las alusiones a la tierra, al paisanaje, a la luna, a los ancestros, las boleadoras, el poncho, el rancho y las botas de potro.
Pero, hete aquí que sólo a la Iglesia le exigen que no tenga ritos, que los desprecie, los entierre en una tumba de olvido y muerte. En la misa, oiga bien, se va a convertir el vino en la sangre y el pan en la carne de Cristo, pero pretenden que el cura hable como si estuviera en el café con los chanchos amigos, que lo haga como si cualquier cosa. A la marchanta. Porque en la Iglesia, vaya uno a saber por qué, todo lo ritual molesta.
Jode enormemente.
Juan Manuel Aragón
A 21 de enero del 2026, en Central Córdoba. Esperando a Johny.
Ramírez de Velasco®

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