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| Terapia intensiva |
En este cuento un moribundo rechaza la Iglesia moderna y muere fiel a una fe antigua, incómoda y sin concesiones
El día que murió andábamos preparando un secuestro para sacarlo de aquel sitio infecto y llevarlo a disfrutar los últimos días a su casa. Nos frenaba el hecho de que no habíamos conseguido morfina para los dolores, de otro modo su muerte sería atroz. Si no hubiera sido por ese pequeño —gran— detalle, habría visto por última vez la luz entre sus plantas queridas, con su perro, sus amigos y el perfume que le vendría del bosque cercano, esa madrugada en que se marchó para el otro mundo. Lo cuento ahora, porque a nadie le importa, pocos lo recordamos sin interés, pues no nos interesaba qué tenía ni le hicimos un inventario antes o después.Le llevaron un cura para que perdonara sus pecados. Querían decir “extremaunción”, pero le advirtieron que sería “unción de los enfermos”. Sin enojarse avisó que se estaba muriendo porque, al final de cuentas era algo que en algún momento de la vida tiene que pasar, así que no se asustaran y no llevaran un cura ni nada, porque no se sentía a gusto en la actual Iglesia cuasi protestante. Había sido criado, en aquella que creía en el “Misterio de la cruz” y no en ese “Misterio pascual”, alegre, muchachero, ordinario.Los parientes no entendieron que pretendía un cura de antes, felizmente católico, de sotana negra y misa en latín. Si no lo hallaban, poco le importaba quién viniera, porque a cualquier otro no aguantaría, justamente en su lecho de muerte, frente a esos otros muertos vivos que ocupaban las camas vecinas en el sanatorio terminal, olor a miedo, enfermeras asépticas, de una ciudad que no era la suya.
Al ver entrar al tipo, se dio vuelta para buscar un timbre y pedir que lo echen, pero no funcionaba. Pensó algo para ofenderlo y no encontró más que “no creo en el Papa, ese apóstata”. El curita salió espantado y contó a los parientes lo sucedido. No le dieron bolilla cuando agregó que no había querido confesarse ni comulgar.
Después del velorio comentaron: “Dijo que no creía en el Papa”, riéndose con las mismas carcajadas de las vedetes de la tele. Creían que al fin se había confesado, pero en esa simple declaración escupió impotencia, rabia, cólera. No iba a desaprovechar sus últimos momentos diciendo sus pecados a un tipo que hablaba como una vieja beata incrédula. Para peor, con una remera con un cocodrilo en el pecho.
Juan Manuel Aragón
A 20 de febrero del 2026, en Salta. Recordando cuando Güemes prefirió una pollera a la patria.
Ramírez de Velasco®


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