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PENSARCAS Güelfos y gibelinos

Antiguo enfrentamiento caballeresco

Después de que desapareció del todo, los amigos recordaban a Simón de Ponferrada y algunas de sus memorables salidas

“Los argentinos somos un pueblo particular, pero no busquemos nuestra identidad en las grandes batallas de la historia: tenemos en común asuntos triviales, cosas que pasan todos los días”, decía Simón de Ponferrada y luego se callaba, fumaba solitario, ensimismado.
Los demás quedaban pensando.
Simón no tenía un grupo de amigos dicharacheros, ni era gente feliz y contenta, ¡qué va! A los suyos les habían puesto “Los Pensarcas”, mitad intelijudos, mitad garcas.
Las trovas de aquel tiempo solían narrar con admiración los pedaleos de que eran capaces con una hoja de cheque en la mano. Tenían una habilidad suma para convertirlo en un camión de harina, un aire acondicionado o una noche de amor y lujuria con Marisa, la enfermera del barrio que, si estabas enfermo te curaba, y si no, te cobraba.
Afirmaba: “Somos así, digo, los argentinos viejos, los que hemos vivido alguito: un tanto nostálgicos, un poco juguetones; nos asusta el futuro, no porque tengamos miedo de los progresos materiales que trae, sino porque detrás de la cortina incierta del futuro vive la muerte”.
Algunos amigos anotaban sus sentencias para el día que no estuviera más. Tenía fobia a los periodistas, y se jactaba de no haber leído un diario jamás de los jamases:
—Esa bazofia hecha de chismes que a nadie le interesan.
Pero siempre había alguno que le recortaba las palabras cruzadas y se las entregaba para que las resolviera.
—Es obvio que no voy a comprar un diario sólo para poner “aar” cuando pidan un río suizo de tres letras.
Sus pensamientos iban y venían de lo más profundo de la historia como jugando. Si vive todavía alguno de sus viejos amigos, recordará esa luminosa mañana en que, en el bar Boston, de la Avellaneda casi Belgrano, que ya no existe, explicó qué eran los güelfos y los gibelinos. Ninguno había oído de ellos y guardaron esos nombres para buscarlos después en alguna enciclopedia. Bueno, resulta que Simón había expuesto mejor que cualquier libro un asunto complejo de la historia: el de los Welfen o, dicho en criollo, “güelfos”, y los Hohenstaufen de Suabia, señores del castillo de Waiblingen, del que les venía el nombre de “gibelinos”. Pero no viene al caso repetir aquí su explicación.
“En los pueblos, por más chicos que sean, por más insignificantes o perdidos en el mapa, hay comidas típicas, un tonto característico, la anécdota que todos saben, dos o tres chicas muy lindas, resaltando por sobre las demás, un maestro de antes que enseñaba como se debe, el baile al que nadie falta, un equipo de fútbol, un conjunto musical”, enumeró una vez.
“Ahá”, respondieron los amigos.
“Y también en todos, pero en todos, hay un Cacho Gómez”, dijo en esa ocasión. Y agregó: “Es ley”.
Hay mucho para contar del hombre, pero mejor dejarlo para otro día.
Juan Manuel Aragón
A 12 de febrero del 2026, en la Normal de la Banda. Tocando el timbre.
Ramírez de Velasco®



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