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| Acto juarista |
En el pasado se hacían actos para besar las manos a quienes no se habían desprendido de nada propio
“Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”, recuerda San Mateo en su evangelio. Cualquiera con un mínimo de decencia queda anonadado cuando alguien obliga a otro a darle las gracias por un favor que le acaba de hacer. Para peor, muchas veces no es ni siquiera un favor personal.El que hace la gestión para que un vecino reciba un par de anteojos, una silla de ruedas, muchas veces obliga al favorecido a agradecerle en público, con lo que su acto pierde todo valor. A veces hasta organiza un acto para exigirle ser reconocido como quien lo benefició. Es lo mismo que, se dice, hacían los monarcas en los regímenes antiguos: revestirse de una innecesaria autoridad para entregar lo que no salió ni siquiera de sus propios bolsillos.Los ditirambos que le dirigían en Santiago Carlos Arturo Juárez, dándole muchísimas gracias por haber sido adjudicatarios de una vivienda, eran total y completamente injustos. Vamos a decirlo para que se entienda: muchos barrios entregó el caudillo durante su vida, pero de su bolsillo nunca salió medio centavo partido por la mitad para comprar un solo ladrillo, eso que llevaban su nombre grabado como marca del oprobio.
Se hacía agradecer, besar las manos y alabar, en públicas manifestaciones organizadas por él mismo. ¿Se da cuenta de lo grotesco de la situación?
Además, era su deber. Suponga que usted es colectivero, tarea que beneficia a pasajeros que, luego del pago del boleto, esperan que usted los haga viajar. Pero, cada vez que llegan a destino, usted tiene preparado un acto, con bombos, platillos y una multitud, sólo para agradecer su manejo del vehículo. Ridículo, ¿no le parece?
Para peor, muchas veces llamaban a un cura a bendecir la puesta en escena, casi siempre uno que no recordaría que en realidad lo que ahí se hacía iba en contra de sus íntimas convicciones religiosas.
Toda una liturgia rodeaba los actos juaristas, cánticos peronistas, barras de fútbol con instrumentos musicales, gente que se acercaba desde otros barrios, en ómnibus contratados por los organizadores, gritones, pedigüeños al uso, alcahuetes de todo tipo, funcionarios, autoridades partidarias, presentadores, micrófonos, enormes parlantes y la omnipresencia —machacona, persistente y embolante— de la marchita. Eran ceremonias que, bien entrados los años 2000, parecían calcomanías ya desvaídas de un tiempo perimido y atrozmente nuestro.
Llegaban desde el fondo de la historia a dar vivas a Perón, que hacía treinta años era pasto de gusanos, cantaban “combatiendo al capital”, mientras defendían el capitalismo personal como un derecho divino, todo en el marco de “Los muchachos peronistas”, cuando todos sabían que se caían de viejos, momias del siglo que los parió.
Juan Manuel Aragón
A 28 de enero del 2026, en el club Juventud. Esperando el equipo.
Ramírez de Velasco®


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