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DESPEDIDA Carlos Bothamley

Carlos Bothamley

Se ha ido el comerciante, el visitador médico, el amigo: su sonrisa, sus anécdotas y su bonohomía vivirán siempre

Al último, cuando los años lo andaban por alcanzar, Carlos Bothamley se decidió y escribió su primer libro. Serían memorias, como es lógico, mezcladas con la vida misma. Había nacido el 12 de diciembre de 1940, en otra ciudad en el mismo lugar geográfico que la actual, pero que ya no era esta, sino otra. Murió la noche del 3 al 4 de febrero, con 85 años bien vividos.
Fue autor de una especie de crónicas, cuentos, sucedidos y chistes que sabía de siempre. Su primer libro fue “Pensamientos dispersos”, presentado por Martín Bunge en el Centro Cultural del Bicentenario. El segundo, “Humor y nostalgia”, no fue presentado porque durante la pandemia no estaban permitidas las reuniones. El tercero, “Pretérito santiagueño”, fue presentado por Alfonso Nassif en la casa Argañaraz Alcorta, en el 2022. Este último fue declarado de interés provincial, cultural y educativo por la Cámara de Diputados de la provincia. Además, le otorgaron una distinción por el aporte que hizo a la cultura con sus obras literarias.
Pero no escribía para que lo distingan ni le hagan homenajes, sino porque se sintió en la obligación de dar a conocer la ciudad que había conocido y que ya no figuraba más en los mapas del mundo. Lo hizo con el sencillo lenguaje de antes, sin firuletes ni estridencias, sino con una pluma natural y humilde. La sencillez había hecho nido en su alma. No pocas historias de esa otra ciudad, en esa provincia desconocida que alguna vez fuera Santiago del Estero, fueron recordadas en sus páginas, en forma de chiste, de anécdota divertida.
Se reía porque le faltaba el dedo índice de la mano derecha, que se cortó con una máquina mientras trabajaba en su casa: “Ahora puedo señalar, pero más cerca”, decía riéndose. A pesar de su aspecto de gringo recién llegado, sus ojos tenían un hondo arraigo en esta tierra, como que conoció la provincia en profundidad, en largos viajes que hizo como visitador médico. Además, fue comerciante y tuvo un bar, “La Cafetera”, en la puerta de su casa, 24 de Septiembre 123, en ese Santiago que, en sus anécdotas casi siempre risueñas, se negaba a marcharse del todo.
En conversaciones de café siempre recordaba haber vivido unos meses en Italia, becado por la sociedad Dante Alighieri, para hacer un curso del idioma de ese país en Roma. Estaba casado con Lucía Beatriz Sánchez, desde el 15 de abril de 1968 (“mi actual y única esposa”, decía con una sonrisa de felicidad pintándole la cara). Y con ella tuvo tres hijos, Federico, Augusto y Carlos.
Amigo de los amigos, siempre afable, antes de su último cumpleaños comentó que le habían descubierto un cáncer, pero antes de saber su estado de gravedad, pidió que no se le administraran esos medicamentos que alargan la agonía. “Ya he vivido suficiente, casi todos mis amigos se han ido, quiero morir en paz”, confesó a los conocidos hace unos meses.
Hace un tiempo, como quien despuntar sus días de jubilado, se acercó al “Ochógono”, grupo de amigos de todas las edades, que le dieron cobijo, primero en una mesa en Palau, en la actual galería Paseo de la ciudad, lugar que al tener un piso octogonal dio nombre a los amigos. Y luego en Bugs Bunny, justo frente a su casa, siempre ubicado en la pecera, es decir, en una mesa frente al vidrio.
Decir que su partida deja un vacío sería un lugar demasiado común para un hombre que llenó su vida y la de quienes lo rodeaban, de la sencilla alegría de los hombres de antes, afables sin ser cargosos y amables sin caer en el toqueteo al que son tan afectos ahora. Es seguro que nunca dejará de vivir en el corazón de su esposa, sus hijos y nietos.
Su ausencia se va a sentir.
Juan Manuel Aragón
A 5 de febrero del 2026, en casa. Tecleando la máquina.
Ramírez de Velasco®

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