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PLATA El rico es el otro

Riqueza

No espere en esta nota un discurso moral, sólo se le pide que diga con qué gesto concreto sabría que ha llegado a la opulencia

Casi nadie se siente rico. Monetariamente hablando, claro. Es más: sentirse rico es una rareza. Uno suele ubicarse a sí mismo en la mitad de la tabla, o de la mitad para abajo. O directamente abajo. El rico es el otro.
Quien lee estas líneas, desde ya, es una persona espiritual. Cree que la verdadera riqueza es la que anida en el corazón, que lo material se gasta, que nadie se lleva nada al otro mundo y coso. Pero esta nota trata de plata. Del vil metal. De la biyuya. Y de una pregunta bastante simple: ¿qué debería tener usted para sentirse rico?
Dicho de otro modo: ¿qué signos exteriores en su vida le darían la certeza íntima, definitiva, de haber llegado? No se trata de cifras ni de balances, sino de señales. Hay amigos, por ejemplo, que dicen que el día que tengan chofer particular sabrán que son ricos. Decirle a uno: “Mañana pasá por casa a las siete y media, me llevas al aeropuerto, y después tomate el día libre porque me voy a Buenos Aires”. Para esas personas, la contraseña de la riqueza es un empleado esperando órdenes para cargarlo en auto de aquí para allá.
Para otros, el asunto es más complicadito, digamos. Ser rico sería no tener nunca dinero en el bolsillo. Es el caso de ciertos empresarios que viajan, pongalé, a Buenos Aires, sin billetera. La secretaria saca el pasaje, coordina que haya un auto con chofer al llegar, paga el hotel, el desayuno, la cuenta del restaurante y todo lo demás. El dinero existe, pero siempre en manos ajenas. El tío no paga nada, sólo flota.
Si quiere subir otro escalón, ya no viaja en avión de línea, mezclado con el resto de los mortales. Se toma un Lear Jet. Va solo, o con el socio, o con la otra, tranquilo, sin anuncios por altoparlante ni azafatas apuradas. Y si eso todavía no alcanza, el avión es propio. O de la empresa. O del testaferro. Pongalé.
Juan Carlos Altavista, en la piel inmortal de Minguito Tinguitella, dio una respuesta perfecta cuando en Polémica en el Bar le preguntaron qué haría si ganara la lotería: dijo que arreglaría el gallinero de la vieja. Ahí está todo. La cultura de cada uno, lo que le faltó, lo que vio y lo que no vio durante el trayecto de la vida, define también qué entiende por riqueza.
Hay tipos que ganan en media hora lo que usted, pobre mortal, no obtiene en diez años de trabajo duro. Y aun así se fijan en el precio del café, en lo que les cobran por lavarles el auto, en el sueldo de la empleada de limpieza, en la propina que dejan en el restaurant, pero no se habla en esta nota de esos especímenes rastreros, que son pobres venidos a más, sino de ricos—ricos, es decir, ricos de verdad.
El pobre de pobreza absoluta ve progresar a su vecino porque ya no cartonea a pie, sino que tiene un caballo para llevar el carrito. No conoció otra cosa y por eso cree que ese es el techo. Quien vive en un barrio bravo tal vez sueña con cruzar la avenida y tener su casa en un lugar decente. Son deseos comprensibles, pero no es de eso de lo que se habla aquí.
La pregunta es otra. Si mañana usted despertara rodeado del dinero de un jeque árabe, un futbolista famoso, un cantante internacional o un dictador de izquierda, ¿qué cosa concreta haría, o tendría, para decir sin dudar por esto, por eso o por lo de más allá soy rico?
Piénselo y responda.
Abajo hay lugar como para hacer dulce.
Juan Manuel Aragón
A 3 de febrero del 2026, en Tintina. Sacando miel de palo.
Ramírez de Velasco®

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