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| Ambulancia |
Antes de llegar a lo de Ramón sientes un aleteo en la nuca que te hace titubear sin decidirte a tocar el timbre. Al rato, sale a ver. Entra, la señora le pregunta quién era. Responde que tal vez fueron los chicos traviesos de la cuadra. Le cuentas que has visto un auto a toda velocidad que chocó a uno que caminaba distraído en tu misma dirección. No está seguro de lo que sucedió: habla por teléfono a un amigo que trabaja en la ambulancia. Cuelga y da la noticia. “¿Cómo está?”, averigua ella. El cuerpo le ahorca el alma cuando se sienta en el sillón y dice: “Se mató”. Le preguntas si es un chiste, porque estás ahí, con ellos, de visita. Media hora atrás quedó el chirrido de las gomas de ese auto, el susto al verlo tan cerca, el golpe que te eleva por el aire. Y ahora mírate, con la invisible levedad de un muerto.
Juan Manuel Aragón
Ramírez de Velasco®

Buenisimo
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