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MIRADAS Sexo explícito

Mirada

En un análisis fino, un viejo dicho español cobra sentido cuando se lo cruza con las ideas que subyacen en el texto

Un amigo envía un dicho que circula en su familia desde hace siglos:
“No me mires,
porque nos miran
los que nos miran
que nos miramos.
Cuando no nos miren,
los que nos miran
que nos miramos,
entonces sí,
nos miraremos”.
Es un poema español. Y un rato largo que dura varios días largos, paso pensando en esas miradas que van y vienen, en lo que sucede con el asombro, la curiosidad de los demás cuando ven qué hago.
No me mires. No ahora. No porque no quiera, sino porque nos miran. Pero ellos siempre miran: son los atentos, los entrometidos, los que no tienen nada mejor que hacer que vigilar gestos ajenos. Nos miran. Peor todavía, se dan cuenta de que nos miramos. Ahí empieza el problema.
Una cosa es mirar y otra muy distinta es ser visto mirando. El mirar, cuando es verdadero, casi nunca tolera testigos. Necesita descuido, distracción, una esquina de tiempo en la que nadie esté prestando atención. Por eso el dicho popular es tan preciso y tan viejo: no me mires ahora, esperá. Ya llegará el momento en que los que nos miran dejen de mirarnos que nos miramos.
Hay miradas que son públicas y miradas que no soportan la luz. La primera categoría es ruidosa: mira para mostrarse, para decir “estoy aquí”, para que alguien devuelva el gesto. La otra es silenciosa y breve, casi clandestina. No pide nada, no promete nada. Constata una presencia.
La lengua popular entendió hace siglos que el deseo no se lleva bien con la vigilancia. Por eso armó estos pequeños artefactos verbales, estas frases enredadas que dicen lo mismo varias veces hasta que, de tanto decirlo, queda claro: hay que esperar a que nadie mire. Recién entonces pasa algo.
Mirarse no es verse. Mirarse es reconocer algo que no conviene nombrar. Es un gesto mínimo y, sin embargo, peligroso. Basta una mirada sostenida un segundo de más para que el mundo saque conclusiones, para que los otros crean saber algo que, en rigor, todavía no pasó.
Por eso el juego del mirar y el no mirar es también un aprendizaje social. Se aprende temprano. Se aprende en la escuela, en la vereda, en la mesa familiar. Se aprende que hay ojos ajenos que pesan más que los propios, y que muchas veces conviene bajar la vista no por pudor, sino por estrategia.
El dicho lo dice todo sin decir nada. Cuando no nos miren los que nos miran que nos miramos, entonces sí, nos miraremos. No antes. No con público. Porque hay miradas que sólo existen cuando nadie está mirando.
Y quizá ahí esté su encanto. En que, al final, lo más importante siempre pasa fuera de la vista de los que quieren mirar.
Desde aquí devuelvo el dicho del amigo, en versos que circulan en España, en otra versión, quizás con sexo explícito, quizás no.
“No me mires,
que nos miran.
Nos miran que nos miramos,
miremos que no nos miren,
y cuando no nos miren,
nos miraremos.
Porque si nos miran
que nos miramos,
pueden mirar
que nos amamos”.
Mire usté cuál le cuadra mejor.
Juan Manuel Aragón
A 4 de febrero del 2026, en la Belgrano y Andes. Buscando viejas pisadas.
Ramírez de Velasco®

 

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