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Nota aparecida el 5 de febrero de 1993 en el diario El Liberal, con la firma del padre del autor de este blog
Por Juan Manuel Aragón
Antes las naciones basaban su poderío en la multitud de sus ejércitos o en el número de sus obreros, capaces de levantar murallas y pirámides. Con el paso de los siglos se advertiría la necesidad de que ese poder se apoye sobre la firme base económica de un comercio próspero y una industria desarrollada. Y pareciera que, en el mundo actual, y en el porvenir que se vislumbra, el sólido fundamento del poder serán las ciencias y las técnicas que de ellas se derivan.Una nación ahora precisa tener sus científicos y sus técnicos en plena actividad para mantenerse en competencia con las demás, para que su producción no se atrase, sino que encuentre métodos de competir, para que sus pueblos estén en condiciones de adquirir lo que crea el ingenio humano, sobre todo en lo atinente a la medicina. No basta enterarse de lo que otros descubren, hay que repetir investigaciones y de ellas se sacan interesantes conclusiones colaterales que a la vez dan pie para iniciar nuevos estudios.Esto no es invento nuevo. Ya en la Edad Media se advirtió la necesidad de las ciencias y se crearon las universidades como reuniones de sabios con distintas sabidurías y de estudiantes con ánimos de aprenderlas. Pero pasados los siglos las universidades se multiplican, el dinero que podía haberse invertido en investigaciones se lo necesita para sus burocracias, de tal manera que se van dejando de lado las ciencias para atender las muchas preocupaciones por obtener simplemente títulos.
Y si a las universidades se les escapan las posibilidades de hacer avanzar las ciencias y de examinar sus aplicaciones prácticas, ¿quién podría encargarse de esa tarea imprescindible? Para remediar esta falta la dictadura del general Aramburu creó el 5 de febrero de 1958 el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Para su creación se convocó a un grupo de distinguidísimos estudiosos de diversas disciplinas, entre los que los más conocidos resultan Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir.
Magnífico. Comenzó a trabajar. En consideración a que se trataba de gente respetable se la autorizó a que crearan sus propios reglamentos. Los gobiernos sucesivos trataron al nuevo organismo con particular cortesía, ya que con el tiempo de allí surgirían las técnicas que la nación aplicaría para su desarrollo.
Pero poco duró. En diciembre de 1983 un grupo afín al nuevo gobierno copó al organismo destinado a las ciencias y a las técnicas para ponerlo al servicio de sus planes políticos, socialdemócratas y gramscianos. Por renuncia de su director se lo intervino con un individuo sin antecedentes académicos que durante treinta meses empleó sus poderes discrecionales en la persecución a los hombres de ciencia y en el desmantelamiento de los programas de investigación. Muchos sabios emigraron al extranjero.
A la acción gramsciana que se satisfacía con la ubicación de sus elementos ideológicos la siguió la pobreza general, la falta de medios para sueldos de científicos y para investigaciones. Dicen que hubo algunos buenos propósitos de devolverle su jerarquía para la atención de sus fines. Pero de un país que formalmente renuncia a la investigación atómica y a la ingeniería espacial, ¿puede esperarse que emprenda un esfuerzo serio por atender las ciencias en general?
Ramírez de Velasco®



Me parece que seguimos yendo para atrás o, por lo menos, a menos ritmo que el requerido por las circunstancias.
ResponderEliminarSigue igual, o peor. Hay cada vez más burocracia y han proliferación de las seudo investigaciones humanísticas; "El simbolismo del jume en la cosmovisión andina", "Las mascotas y su incidencia en la cultura patriarcal", "La influencia de la constelación de Orión en el misoginismo dialéctico", y otros temas similares, de profundo contenido tecnológico, que justifican la asignación de recursos para mejorar la productividad del país.
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