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RÉGIMEN Los pilares de la sociedad

Antigua familia

Una dilucidación que de vez en cuando convendría tener en cuenta, sobre todo en tiempos de cambio sin renovación aparente

Cuáles son los pilares en que se asienta el régimen político de las sociedades. Esta nota no pretende ser un compendio de filosofía del derecho —¡Dios no lo permita!— sino solamente el repaso de un neófito de toda neofitud en estos graves asuntos. Son varias las columnas sobre las que se apoya lo que unos llamarán incorrectamente el sistema republicano de gobierno y otros, de manera exagerada, nombrarán como la democracia. Para abreviar, aquí lo llamamos régimen nomás. Al punto.
El cimiento de la construcción es la familia, base que da sentido y fuerza al resto. Es una tesis un poco antigua, si quiere; quizás sea retrógrado hoy defender una institución que llega desde el tiempo de las cavernas. Pero también hay que ver que, allí donde se humilló la familia, al final la sociedad terminó destruyéndose. Sin la familia, que educa a los ciudadanos desde las básicas normas de convivencia y enseña las intangibles leyes que mandan defender la patria y sostenerla con el trabajo fecundo, ninguna sociedad va a prosperar de manera armónica. Un escalón más arriba de la básica familia, siempre en el mismo sostén, están los municipios y los gremios, entendidos como el modo en que se organizan los trabajadores para lograr su cometido. Sobre esas familias, los municipios y los gremios se edifican mil y un lazos de afecto y elevación espiritual y material: escuelas, clubes, asociaciones, empresas. Algunas de esas entidades, que por comodidad llaman periodismo, tienen quizás también mucho valor, pues se encargan de denunciar los abusos del poder constitucional o, al menos, de dar a conocer noticias que podrían incomodarlo. Es su deber principal y es por eso que, en muchos regímenes, es el primero que se intenta cooptar o, en caso de que eso sea imposible, se le impedirá realizar su trabajo.
Aquí va algo incómodo de declarar, pero es necesario antes de continuar con este escrito. Antaño, la Iglesia Católica era considerada un pilar básico de la sociedad, resabio de la Edad Media, cuando sí fue su principal y, en muchos casos, único sostén. Hoy ha reculado voluntariamente hasta de sus deberes más elementales —a veces ni eso— y, por lo tanto, no es un elemento a tener en cuenta, ni siquiera como un leve aporte a la sociedad. Es apenas un reflejo moral en que se apoyan algunos viejos creyentes, pero no mucho más. Dicho esto, con las disculpas del caso a quienes creen en su jerarquía material.
Otro pilar, no el más importante, es la Constitución, que marca los límites del poder temporal y avisa a la ciudadanía que hasta ahí llega su mano extendida para controlar la sociedad, es decir, su autoridad. En casi todas las constituciones modernas, el poder se divide en tres partes: legislativo, judicial y ejecutivo; y cada uno hace de contrapeso de las demás. Es por eso bueno y deseable que no pertenezcan al mismo club o comité político; así, aunque sea por celos, se controlarán mejor unos a otros. Queda implícito en este pie del régimen el período que toca gobernar a cada una de las autoridades de los tres estamentos del Poder. Es decir, el modo en que se dirime su elección no es intrínseco, sino justamente el accesorio que le da vida, el fósforo que enciende su ser, que luego de prendido el fuego se apaga y deja de tener sentido. A menudo se confunde la elección de las autoridades con la democracia, como si el ejercicio del voto garantizara por sí mismo la pureza de quien resulte electo.
Y el otro elemento que hace al sostenimiento del régimen —este sí inmaterial, pero extendido por toda la sociedad— es el convencimiento de que este régimen es el único que funciona en estos pagos. Oiga, hay otros, como el sistema ruso, el iraní, el norcoreano, el chino, el cubano y el de algunas reyecías orientales, que funcionan de otra manera: tienen sus contrapesos en otros lugares, otorgan más o menos peso a las instituciones, a la familia, a los poderes divididos, en fin. Pero aquí existe un asentimiento generalizado de que, por fuera de este sistema, la mera existencia haría de la vida un lugar inhóspito. Es cierto que por ahí el régimen flaquea, pues no es perfecto ni es el mejor. Pero, por el momento, es el único que se conoce con un cierto grado de éxito en algunas naciones, en el sentido de que es el que mejor protege a su gente de los abusos del poder y, mal que mal, obliga a cada uno a hacer de su vida lo que le da la gana, sin rendir cuentas más que a su Dios, a su familia o a su propio ser.
Dicho esto, con mucho respeto a los que en serio saben del asunto y quizás criticarán este escrito con muchas, variadas, probadas y justificadas razones. Si quieren y pueden, escriban aquí abajo sus objeciones, así todos conocen la verdad.
Juan Manuel Aragón
A 10 de febrero del 2026, en Quimilíoj. Viendo pasar las nubes.
Ramírez de Velasco®

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