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GALEÓN De los nuestros

Un Falcon en la noche

Se cuenta de la noche y del asado en que los muchachos empezaron a mirar al General de otra manera

Una vez le pregunté a Fafita: “¿Nunca les salió un perro bravo, un dogo, un policía?” Respondió seco: "Si llegas pisando fuerte, con las armas remontadas, no sé por qué, los perros no te salen al encuentro, se cagan igual que el dueño". Por acotar algo, dije: “Capaz que huelen la pólvora”, pero Fafita se había encerrado en sus pensamientos. Estábamos en El Galeón, y la noche se prestaba para confidencias. Fue cuando me contó lo que sucedió la vez que el General llegó hasta donde estaba comiendo un asado con los muchachos.
Había sido un encuentro largamente esperado, querían verlo en persona, por algo era el Jefe. Lo recibieron bien, le hicieron un lugar en la cabecera y entre bromas, le dijeron que después lo llevarían a un lugar para mostrarle algo que tenían para él. Cuando la reunión languidecía, hubo una o dos señas entre los muchachos y lo subieron a un Falcon. El General quiso llevar a la custodia, policías de la provincia, pero ya los habían desarmado y los tenían apuntados: “Ustedes quédense en el molde, esto es entre el General y nosotros”, les dijeron.
Y salieron a los pedos. Anduvieron casi media hora, primero por una ruta pavimentada, pero después se metieron por caminos vecinales, de tierra. Cada tanto los faros alumbraban un rancho perdido en los llanos de Tucumán. Llegaron. El General estaba nervioso.
Al bajarse bordearon un galpón, que se ve que usaban para algo. Estaba todo oscuro, y encendieron un foco. Había un infeliz, los ojos vendados, arrodillado frente a una zanja honda, de dos metros de profundidad. Uno de los muchachos se puso frente al detenido: “Decime como te llamás”, le pidió. El otro le dio su nombre, Raúl Antonio Ruiz. “De dónde sos”. Ruiz respondió: “De la Cocha”.
Entonces, en un gesto teatral, sacó una pistola que llevaba atrás en el cinto, una Browning 9 milímetros. La remontó. Y le dijo al General: “Proceda”. El milico dio un paso para atrás. “¿Cómo?”, pero había entendido perfectamente lo que querían los muchachos. Sabía que lo observaban, que le miraban la cara, los gestos, querían ver si se animaba. El General tomó el arma apuntando hacia arriba, después la bajó lentamente, la puso en la nuca de Ruiz. Y disparó. 
Habían pasado muchos años desde que egresara como Subteniente, después fue subiendo en el escalafón militar, hasta llegar a General, pero era su primer muerto.
Volvieron. A Fafita le tocó ir en el auto, en el asiento de atrás, con el General. Iban callados, notó que al General le temblaba todo el cuerpo. Años después, contaba que podría haberlo puesto en evidencia, pero solamente dijo en voz alta: “El General es de los nuestros”, mientras lo miraba a los ojos y le decía: “¡Bien, muy bien!”.
Juan Manuel Aragón
A 5 de febrero del 2026, en las Lomas Coloradas. Esperando el 115.
Ramírez de Velasco®

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