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| Ilustración |
Anónimo
Se dice que acudió al confesionario una
asidua beata preocupada por cierta comezón
inusitada que habíale quitado el sueño diario.
El cura, con rigor preconciliario,
preguntóle: “¿Qué tienes descarriada?
¿Qué pena te acongoja, so pasmada,
que no puedas curar con un rosario?”
“¡Ay, padre!, es que siento unos calores
que me suben y bajan por el pecho y no
hay polvos que calmen mis picores.
Su edad, pregunta el cura y, a despecho:
“Noventa -dice ella- soy la Encarna.”
“Pues… ¡Jódete, hija mía, que eso es sarna!”
Ramírez de Velasco®

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