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| Ilustración |
Lea esta historia como un cuento mínimo, si pasó o no, no es lo que importa, sino que bien podría haber ocurrido
En la pensión de la Lucy paraban todas mujeres. Llegué un día en que estaba empezando a cambiar: ahora quería alojar sólo hombres. Fui el primero y tenía una habitación que daba a la calle, justo en la ochava de una casa muy amplia de la Córdoba, pasando la escuela Centenario. Me ubiqué bajo la ventana; después llegó un muchacho, un fisicoculturista que trabajaba en Tribunales. Buen chango.Había como cinco habitaciones más, todas con chicas a las que no les di mucha bolilla, andaba en otra. Había varias; a alguna que otra he vuelto a ver en la vida o nos hicimos amigos de Feibu. Una convivía en su habitación con el novio. Era bastante linda, pero volaba alto. Se notaba que el novio tenía vento. Alguien deslizó por ahí que era casado, pero a quién le importaba.Nos dejaban la cocina libre y no recuerdo si también la heladera. Lo único que hacía cuando tenía un tiempito era jugar al solitario en la mesa de madera de la cocina y tomar unos mates. Algunas aburridas tardes de domingo compraba un chipaco y con eso tiraba hasta el otro día. Por ahí saludaba a los que iban llegando o saliendo, por eso más o menos los tenía ubicados.
El caso es que un buen día me mandé a mudar. Dejé un mes sin pagar y me fui a otra pensión, en el barrio Belgrano, a la otra punta de la ciudad. Chau, chau, si te he visto no me acuerdo.
Después conseguí un conchabo vendiendo jugos para diluir y me mandaron a hacer la 34: Vilmer, Beltrán, Forres, Fernández. No me acuerdo en cuál de esos pueblos fue que llegué a un almacén bastante bien puesto. La dueña era una de esas mujeres trabajadoras del campo, en Santiago. Estaba muy atareada y me dijo que el marido se encargaba de las compras.
El tipo estaba en la casa, justo al frente del negocio. Fui. Pregunté por él, me recibió una empleada doméstica y me llevó a una habitación. Ahí estaba el marido, acostado, de pijama, jugando con un chico, que sería el hijo. Lo miré y lo reconocí al toque: era el que vivía con la novia en la pensión. Se asustó al verme.
En ese tiempo yo tenía un sacón grande, de ferroviario, que había heredado de no me acuerdo quién. Visto de lejos, bien podría haber parecido policía o algo por el estilo. Pero se tranquilizó cuando le expliqué que andaba de vendedor de jugos para diluir. Me dijo que bajara una buena cantidad e hizo que la señora me pagara al contado, medio raro, porque en esos casos se vende “boleta contra boleta”: cuando usted va la próxima semana, le pagan la boleta que dejó hoy y le hacen bajar más mercadería.
Después, cada vez que iba, la señora ordenaba cuántos jugos teníamos que bajar y nos mandaba al frente a cobrar. Siempre al contado. Habrá tenido miedo de que lo denuncie, no sé. Fue uno de mis mejores clientes.
Es una anécdota quizás pequeña, sin importancia, banal. Pero nunca voy a olvidar a aquella mujer en el negocio, un almacén de ramos generales, de esos que te venden desde alfileres de gancho hasta una zapatilla, pasando por un paquete de manteca, pilas para la radio, camisas de lámpara, aceite para la motocicleta, lo que pidas.
También recuerdo al marido gastándole la plata en Santiago, tirándose a una morocha que partía la tierra. Y uno, creyendo que la novia jugaba en otra liga. Quizás no sabía que su cama, sus perfumes, sus restaurantes, sus viajes, eran pagados el sudor de otra mujer, que se partía el lomo desde altas horas de la madrugada hasta que la noche era solo cansancio.
Flor de hijo de puta.
¿No?
Juan Manuel Aragón
A 7 de febrero del 2026, en la Belgrano y 9 de Julio. Cruzando la calle.
Ramírez de Velasco®


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