Ir al contenido principal

CUENTO Lilo Viejo, pago lindo

Bosque abatido cerca de Lilo Viejo

Aquí se narra el amor de un hombre por su lugar de origen y cómo logra contagiar a sus compañeros de oficina, hasta que un día…

El nombre de Lilo Viejo resonaba en esa oficina con la imbatible fuerza del recuerdo de un compañero de trabajo, Luisito Gómez, de Expedición, que contaba maravillas de su querencia, siempre verde, siempre amable, repleta de historias, anécdotas, leyendas, mitos y fábulas de todo tipo. No había día que Luisito no nombrara su pago querido. A veces venía a cuento, si en la oficina alguien compraba una tortilla decía que era muy rica, pero ninguna como las que hacían su madre, sus tías, pero otras ocasiones nada que ver, e igual el nombre de Lilo Viejo le brotaba con la pujanza de un amor que se había hecho invencible. Si la calle era un bochinche por las movilizaciones que organizaban los gremios y pasaban frente a la oficina, recordaba el silencio de su pueblo, la tranquilidad, el sosiego de sus pajaritos cantando de la mañana a la noche. Lo mismo si afuera estaba todo tranquilo, siempre tenía reminiscencias de su pago, en invierno porque invierno, en verano porque en verano, si llovía porque llovía, si estaba seco porque había sequía.
A esa altura los compañeros ya conocíamos Lilo Viejo de memoria, con sus personajes, sus historias, sus senderos, sus vecinos, sus casas, la gente de antes, sus artesanías, su particular manera de ser y de pensar, sus chistes, los parentescos, quién estaba casado con quién y quién engañaba a su señora y el nombre de la susodicha también.
En nuestra imaginación el lugar aquel fue creciendo, no cabía tanta cosa en un pueblito pequeño, por lo que pensábamos que debía ser más o menos respetable. Algunas veces calculábamos que tenía que ser medio más o menos ¿no?, es decir, no tan grande como Loreto ni tan chico como Clodomira, sino ahí, en el medio, con unos siete mil habitantes, su iglesia, su comisaría, su plaza principal, su escuela, uno o dos supermercados, un almacén de ramos generales una sola estación de servicios y la sede de las autoridades, la Municipalidad.
Tantas veces lo habíamos imaginado de niño a Luisito, corriendo por sus calles, andando a caballo, en sulky, yendo a la casa de los abuelos, saliendo a hondear urpilas a la siesta, que cada uno se había formado una imagen diferente, pero bien nítida de un pueblo mediano de la provincia, como tantos que hay desperdigados por aquí y por allá.
En aquel tiempo, le digo, la provincia era más lejana que ahora, los caminos solían ser un desastre y el pavimento que hoy le permite ir de un lado a otro en pocos minutos, en pocas horas, entonces eran unos bobadales inmensos que, si llovía, era casi imposible pasarlos. Lilo Viejo asomaba detrás de aquellos montes, como una Meca inalcanzable a la que Luisito regresaba una vez al año, durante sus vacaciones, en un colectivo de esos que solían llegar a la Terminal Vieja embarrados hasta el upiti, luego de volver, como decía el recordado Carlos Arturo Juárez, “con las pupilas cansadas, luego de haber recorrido los polvorientos caminos de la provincia”.
Un fin de semana, unos amigos cazadores me invitaron a una incursión que harían por los bosques y a pesar de que no sé ni decir escopeta, fui de acompañante nomás, como quien conocía. Íbamos a parar en la casa de la suegra de unos de ellos, en Tintina.
Y pasaríamos por Lilo Viejo.
Dejaríamos la ruta pavimentada, para hacer un rodeo y en el camino, por el que pasaríamos de nochecita, cazar perdices, charatas y vizcachas.
El otoño regalaba un hermoso día, ni muy cálido ni muy fresquito, habíamos salido a la siesta y como a las 8 de la noche, un cartel deslucido en el camino indicaba “Lilo Viejo”. Luego venía una curva y divisé las luces de algunas casas perdidas. Le pregunté al que manejaba, conocedor de esos lugares, si ya estábamos por llegar a Lilo Viejo. Me dijo que acabábamos de pasar.
—¿Eso era Lilo Viejo? —pregunté.
—Eso era Lilo Viejo—respondió.
De ese viaje guardo el recuerdo borroso de la casa de la suegra del amigo, una mujer muy amable y una noche completa que pasamos cazando en un campo. Volvimos con vizcachas, conejos, perdices, charatas, tantos que, con mi parte, hice escabeche de todo y guardé en frascos. Ese lunes, cuando llegué al trabajo, conté:
—El sábado a la tarde he pasado por Lilo Viejo.
La cara de Luisito se puso blanca.
—Contá, contá cómo es —curiosearon todos.
Lo miré fijo a Luisito y solamente describí:
—Así como cuenta Luisito. Tal cual.
Al mediodía, cuando nos íbamos de la oficina, después de marcar su tarjeta, Luisito me miró a los ojos para decirme:
—Muchas gracias.
—De nada, amigo.
Y eso fue todo.
Juan Manuel Aragón
A 27 de febrero del 2025, en Amamá. Tirando pa no aflojar.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares (últimos siete días)

CARRETERA Composición de lugar

"Familia" Vuelva al lugar en que fue feliz con todos los elementos en su sitio, sienta la brisa, observe cómo se cuela un sol verde Despoje su mente de todo otro pensamiento que le venga a la cabeza. Olvídese del mundo, siéntese en un lugar silencioso, en penumbras, hasta oír los latidos del propio corazón. Es difícil que le salga al primer intento. Haga la prueba varias veces, hasta llegar a un estado parecido al sueño, pero con los ojos abiertos, en una vigilia extraviada. Una vez que lo logre, haga una composición de lugar. Usted está ahí. Coloque los elementos en su sitio: la vieja mesa de hule descascarado en los bordes, con cuadrados amarillos y azulados; a un costado, el tinajón; colgada de un alambre que baja del techo, la lámpara de kerosén; el mueble en que se guardaban los vasos y las tazas; las sillas con asiento de esterilla; la puerta pintada al aceite que daba a la habitación grande; los cuadros con fotos de la familia en blanco y negro, con el bisabuelo y la b...

CARBURADOR Gauchadas son gauchadas

"Desperfecto", de Raúl Cisterna Averigüe qué pasó cuando la Susana Giménez anduvo cerca del pueblo y por qué detuvo su auto en la casa de los Díaz No recuerdo bien la fecha. La cuestión es que una vez estuvo la Susana cerca del pueblo. ¿Cómo qué Susana? ¿Qué dice, hombre? ¿No me cree? Si hasta salió en el diario y todo. Se le rompió el auto aquicito nomás, antes de Cortaderas, y a gatas llegó a la casa de los Díaz, que vivían al frente de lo que ahora es la entrada de la finca de los Gómez. Se bajó el chofer y preguntó si no había algún mecánico. No había, porque en el pago en ese tiempo sólo entendíamos de arreglos de sulkys, esas cosas. Pero alguien recordó que andaban por ahí los santafesinos que habían venido con las sembradoras, y los fueron a buscar. El que más entendía de motores abrió el capó y dictaminó que era algo del carburador, pero no me pregunte qué tenía porque de eso entiendo poco y nada. Los changos Díaz contaban que cuando ella se bajó del auto, parecía un ...

SILENCIO Los muertos que el Vaticano no ve

La Kaaba, en La Meca León XIV rechaza la pena capital en Estados Unidos, pero no condena el ajusticiamiento de inmigrantes pobres en La Meca Arabia Saudí ejecutó el miércoles 14 de octubre, en La Meca, a dos trabajadores bangladesíes de la limpieza, Nazrul Islam Abdul Basir y Siti Akhtar (mujer), condenados a muerte por un supuesto "acto inmoral" cometido dentro de una mezquita. Las autoridades saudíes no explicaron qué hicieron. Su gobierno se enteró por la agencia oficial saudí. Seis días después, la Santa Sede, que esa misma semana había condenado con dureza el fusilamiento anunciado de un preso en Estados Unidos, no había dicho una palabra sobre ambos ejecutados. El comunicado del Ministerio del Interior saudí afirma que un tribunal impuso la pena capital como tazir, una sanción cuya determinación queda a criterio judicial, por "la violación de la santidad del tiempo y del lugar". La sentencia fue confirmada por una instancia superior y una orden real autorizó s...

LLUVIA La triste historia de una amiga cuarentona

Lluvia Un buen día una compañera de trabajo se decidió a contar un asunto oscuro que le había sucedido cuando joven La historia es triste, dura. Por más que quiera florearla, no me salen las palabras como debieran. Le sucedió a una amiga más que cuarentona y todavía soltera que, entre risas, en la tienda, suele jactarse de sus anécdotas de amor para que las otras chicas y los de administración se admiren. No sé por qué me contó lo suyo una mañana en que llovía a cántaros desde temprano y escaseaban los clientes. —Así como me ves, mal hablada, una vez tuve novio. En ese tiempo yo era una pinturita, partía la tierra, ¡ja, ja, ja! Él trabajaba de mozo en un restaurante. Nos habíamos conocido un sábado. Me sacó a bailar, me habló lindo. El martes me vino a buscar a la salida y el domingo siguiente ya andábamos entreverados en su casa. Vivía solo, en el barrio Centenario. Me presentó a la hermana, que vivía en La Banda, y una tarde que vinieron los padres, que eran del campo, comimos en la ...

LEYENDA “Yo lo llevé a Peteco a la Salamanca”

El cantor popular de Santiago Extracto de una entrevista a la señora a quien le encargaron llevar al músico hasta la famosa cueva Este es el resumen de una entrevista realizada a Jorgelina Anríquez de Toledo, de la calle general Paz, barrio La Católica, en el 2010. Nunca había sido publicada y hoy ve la luz, en exclusividad para los lectores de Ramírez de Velasco. En el 89, el gobernador César Eusebio Iturre me designó portera de la Salamanca, categoría 12, adscripta a la Dirección de Cultura de la Provincia. Laburo tranquilo, como toda la administración pública, báh. Por ahí caían a preguntar los requisitos para entrar. Para que no fueran tan molestitos, los teníamos impresos, pero no le voy a decir qué pedían porque no me acuerdo, hace tantos años ya. Eso sí, debían ser músicos y tocar al menos un instrumento, porque tampoco era cuestión de entregarle el certificado a cualquiera, ¿no? Laburo sencillo, de siete de la mañana a una de la tarde. A veces me mandaban con expedientes a la C...