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ASTAS El que a hierro mata…

Mauro Icardi

A un tipo le gusta en secreto de la señora del amigo, espera que se peleen, la consuela y ¡zás!, nace el amor entre ellos


La Susana le metió los cuernos a Carlos Monzón, la Elizabeth Taylor se los puso a Richard Burton. Es algo que puede suceder —y ha sucedido— infinidad de veces en la historia del mundo. Nadie está exento o, como dice la frase popular: “Ningún toro muere mocho”.
Ahí está el conocidísimo caso de Mauro Icardi, un jugador de fútbol que, al parecer se la trincaba a la esposa de su amigo Maximiliano Gastón López, también futbolista, pero antes de que ella estuviera separada. O empezó al día siguiente. Quién es uno para escandalizarse, son cosas que pasaban, pasan y van a seguir pasando.
Después el Icardi se juntó a la luz del día con la esposa del otro, tuvieron hijas, su esposa volvió a hablarse con el López para resguardar a los críos que tenían desde antes de la, digamos, icardeada, ¿vio?
Son situaciones que nadie tiene por qué juzgar, más allá de que se hayan hecho públicas por la fama de sus protagonistas. A un tipo le gusta en secreto de la señora del amigo, espera que se peleen, la consuela y ¡zás!, nace el amor entre ellos. Como se ve, no sucede solamente en las novelas.
La señora en cuestión es una tal Wanda Nara, a quien nadie tildaría de modosita, sino justamente, todo lo contrario. Pero era así desde antes de conocer al López, por lo que les cabría a él y al Icardi, el dicho: “Quien con chicos se acuesta, mojado se levanta”.
El asunto es que cuando sucedió el escándalo —más bien escandalete— de esta señora poniéndose de novia con un amigo del marido, menor que ella y que había sido recibido varias veces en su casa, el López no dijo una palabra, no se mostró dolido, no salió a ventilar intimidades en la tele. Se la comió calladito, eso que muchos periodistas le pusieron los micrófonos a ella para que hablara mal de él. Como corresponde, y también para no agrandar más el asunto, él no habló de aquel suceso, lo digirió solito, a lo macho.
Qué hubiera sucedido si después de que Federico García Lorca publicó su poema “La casada infiel”, ese que empieza diciendo: “Y que yo me la llevé al río // creyendo que era mozuela, // pero tenía marido”, salía un tipo a decir que era su señora y que era una tal por cual. Hoy se iba a conocer más esa historia que la propia poesía. Y el marido jodido habría sido el más grande gilipollas español o, dicho en argentino, el “gallego pelotudo que batió a la nami porque fifó con un quía que no era él”.
Bueno, por estos días el Icardi anda sospechando que su señora, Wanda, trincó con otro jugador de fútbol que no es el primer marido ni él. Uno suponía que iba a pensar: “El que a hierro mata, a hierro muere”, “el que corta, paga”, “hoy por mí, mañana por ti”. Y moriría callado, como corresponde.
Pero no se debe olvidar nunca que los futbolistas, en general, tienen otra manera de pensar, distinta del resto de la gente. Apenas se enteró de la supuesta o real infidelidad de la Wanda, corrió a contarle todo… a la esposa de quien lo icardeó a él. Casi todos los jugadores de fútbol son especialistas en denunciar ante el referí, a los rivales que cometieron una falta.
Salvo que uno sea muy bueno jugando a la pelota, es casi un requisito ineludible para ser fichado en un club, ser un experto denunciante de fules, manos, orsay de los contrarios. Como que no se puede jugar si no se le señala su ceguera al referí. Y esa exigencia de la cancha es replicada en la vida real por el Icardi. ¡Amigo!, eso no se hace, no está bien, no es de hombre, no es de bien nacido.
Si quiere, vaya y tómese a golpes de puño con el que hizo la cochinada con su esposa, agárrelo a la salida de un entrenamiento y muélanse a puñetazos. O muera callado, como hizo el primer marido. Eso de mandar mensajes a la señora del otro, disculpe que se lo diga así, pero es una mariconada, no se hace, no va. Esa otra mujer es ajena a lo que pasó o no pasó, no tiene nada que ver, no la meta en sus entreveros.
Por último, tenga en cuenta que su esposa, la tal Wanda, es más rápida que gordo en patineta y usted sabía la perlita que se llevaba. Así que haga como los hombres, no sea tan futbolista.
En serio, che.
©Juan Manuel Aragón

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