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ALBA El susurro de las palabras

Una mañana cualquiera comenzará todo de nuevo

Cuando las máquinas callaron, la voz humana despertó, tejiendo diálogos que, como hilos de luz, devolvieron al mundo su latido primigenio y eterno

Un día dejaron de funcionar. Nadie supo si fue por los alambres que se cortaron, quizás sucedió debido a que los depósitos, que estaban hasta el borde, empezaron a derramarse o simplemente porque el sistema se hizo tan inmenso que colapsó. Alguien dijo que había sido un bote cargado con gente hasta arriba, no aguantaba el agregado de un alfiler y de repente se sumó un gordo.

Los besos y los abrazos que antes se mandaban escritos en el aire del día, los resúmenes de la cuenta del banco, los saludos de cumpleaños, los “te espero, vení urgente”, dejaron de tener sentido y hubo que decirlos de viva voz y cuerpo presente. Los viejos chirimbolos que habían sido los antecesores de las modernidades más estrafalarias, no se usaban más, existían solamente en unas pocas casas. Se habían muerto hasta las compañías que les daban vida, sólo languidecían en el recuerdo de un mar de pasadas glorias, nombres olvidados que el viento se llevó. Nada estaba preparado para semejante colapso.
Hubo explicaciones de todo tipo dando vueltas, lo único seguro es que, casi por arte de magia, alguien quitó lo que antes se llamaba comunicación y dejó solamente el habla. Y el orbe volvió a ser una torre de Babel, pero en esta ocasión al revés, pues cuando la torre se derrumbó, la gente empezó a mirar con atención al que estaba a su lado y recordó el viejo arte del diálogo con el prójimo, la conversación, la plática. Entonces el mundo volvió a ser mundo, la vida, vida, la distancia, distancia y el camino, camino. Cada letra de las palabras que antes eran volvió a tener un sentido único, original, valioso no solamente por su significado, sino por las inflexiones de la voz, la armonía de las frases, el silencio entrecortado por la propia respiración. Como los tiempos de antes, cuando jugar a la pilladita era más divertido que a las escondidas y el tiempo del trompo llegaba al barrio porque sí, lo mismo que las bolitas, las figuritas. El barrilete era de papel, piolín y cañas encoladas y llevaba un mensaje a los ángeles todos los agostos ventosos del pago.
Se puso de moda el arte de conversar, la habilidad de decir al de al lado qué se piensa, a medida que surge el tema, sea cual fuera: el tiempo, mire usté qué lindos días que estamos teniendo, los pajaritos para no hablar de nada, o cómo arreglar el flagelo del hambre de los chicos africanos, pobrecitos, vecina, ¿ha visto? Un buen día se recuperó el rostro humano que antes sabía lucir la ciudad en sus días más luminosos. El novio por fin alzó la vista, miró a la novia y vio que era linda y sintió que la deseaba, y no hubo nadie le dijera qué hacer, pero lo supo. El marido conversó con la esposa de los asuntos de los hijos, la escuela, el futuro que les aguardaba. Los trabajadores de las oficinas repararon en los compañeros, los amigos volvieron a ser amigos.
Cuando los hombres se libraron de las ondas que marchan adelante en la innovación de la ciencia, el aire que respiran los eucaliptos se hizo fragancia y el parque Aguirre recuperó un verdor que el tiempo gris de los aparatos fríos le negaba.
En el aire diáfano de aquella mañana en que, del barro de la civilización, el dedo de Dios hizo un hombre, antes de que el mundo se pusiera de nuevo en funcionamiento, resonó la potente voz diciendo “Fiat lux”.
Y la creación respondió “Et facta est lux”.
Juan Manuel Aragón
A 24 de agosto del 2025, en La Banda. Yendo a misa.
Ramírez de Velasco®

 


Comentarios

  1. Buenísimo Juan Manuel.
    Ojalá, que Dios quiera que sea así. Aunque me temo que ese no es precisamente el proceso que seguirá la "evolución".
    Como decía mi Padre, "espera lo mejor, pero prepárate para lo peor"
    Abrazo Amigo

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