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RELACIÓN Cuidado con el Boby

Perro pequinés (ilustración)

Un pequinés observador dictó sentencia y selló —de puntín— el final inesperado de aquella historia sentimental

Una de las conclusiones a las que arribé después de dejar un fugaz romance con una mujer del barrio Independencia fue que, a veces, los deportes —en este caso concreto el fútbol— resultan de gran utilidad cuando se trata de dar fin a una relación. Desde aquella vez, procuré siempre ser sincero al manifestar mis intenciones cuando conozco a una mujer. Por otra parte, siempre son las mismas, pero esa es ya otra cuestión.
—Cuidado con el Boby, porque aguantamos cualquier cosa, menos que lo toquen. ¡Guay del que le haga un rasguño! —me advirtió Matilde la primera vez que llegué a su casa. Iba como novio de antes, apenas con un beso robado en una esquina, un apretón de manos más fuerte de lo normal en un tango de D’Arienzo en el baile del club, y una mirada lasciva que mostraba con claridad las verdaderas intenciones que tenía al iniciar aquella relación. No lo dije expresamente porque creí que estaba implícito.
El Boby no era el clásico cusquito celoso y bochinchero, sino un melancólico pequinés, peludo, amorfo e inteligente, que vagaba sin rumbo por las habitaciones de aquella casa antigua. No lo querían para que defendiera a las hermanas, para que ladrara a las visitas o ahuyentara a los ladrones. Más bien era como un tío callado, solterón, malgestado y algo cascarrabias al que todos los días daban de comer y acomodaban en su rincón para que durmiera tranquilo.
—Hola, Boby —lo saludé amablemente el primer día que llegué a esa casa, no porque las mascotas me importen demasiado sino porque sabía de la devoción y cariño que le profesaban al animal.
Esa primera vez Matilde me mostró las fotos de un viejo álbum familiar, el Rosario que había sido de su madre, una hebilla del cinturón de su padre y el mandil de masón del abuelo, entre otras chucherías familiares que poco me importaban, aunque fingía que tenían una capital importancia y adornaban mi bagaje intelectual.
¿Ha visto cómo cositas que comienzan siendo una nada después se convierten en algo cada vez más importante? Algo así me sucedió con el Boby: me observaba casi sin mirarme cuando estaba con su dueña, pero me gruñía despacito cuando ella se marchaba. Al principio no le di importancia, pero pronto me percaté de que el perrito me vigilaba como si tuviera inteligencia, como si quisiera descubrir cuáles eran mis intenciones con aquella mujer.
Empezó a suceder algo raro. Cada vez que ella entraba a la sala en que me recibía lo hallaba al Boby haciéndose el asustado, mirándome con desconfianza, aunque juro que jamás hice nada para que me temiera. Al tiempo se convirtió en algo notable. Si nos dejaban solos, me miraba con ojos asombrados; pero al regresar Matilde, tiritaba y gemía mientras me seguía mirando, como atemorizado por algo.
Hasta que una tarde bochornosa de octubre, Matilde finalmente me preguntó:
—¿Qué le has hecho?
—¿A quién, al perro? ¡Nada!
En ese momento, con la cola entre las patas, el Boby se mandó a mudar, chillando como chancho atado con alambre, haciendo un escándalo.
La vez siguiente, cuando quedé solo, noté que la hermana me espiaba desde otra habitación. Pero el perrito se mantuvo tranquilo, mirándome casi divertido por la situación. Yo me hacía el otro y él también.
Con el tiempo mi relación con aquella mujer se hizo insostenible, no tanto por su negativa a ir más allá de unos cuantos besos y caricias propinados a las apuradas, sino porque estaba convencida de que yo torturaba a su perro cuando nadie nos veía.
Una noche, cansado de discutir, anuncié que me iba para siempre. El Boby me seguía por detrás, moviendo la cola, feliz de la vida, como si hubiera sabido lo que sucedía. Tomé mi sombrero de la percha, lo miré fijamente y le tiré un bombazo —de puntín— como para agujerear la red desde el área grande. Pero siempre he sido un patadura en el fútbol. Y le erré la patada.
Di las buenas tardes. Salí raudo a la calle. Cuando llegué a la esquina, llegaba justito el Chumillero. Me fui a casa. No volví más.
Juan Manuel Aragón
A 1 de octubre del 2025, en pizzería “La Boca”. Aguaitando una común.
Ramírez de Velasco®

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