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NARRACIÓN De pedo me salvé de ser linchado

Ilustración

Lo que sigue ocurrió en la vida real; sirva como tardía confesión de un acto del que todavía me avergüenzo

Lo que voy a referir aquí es cierto, así que no lo tome como un cuento sino como una narración. Es la historia del pedo que adjudiqué a otra persona. Si una historia debe tener un justificativo, vaya desde ya esta advertencia: no lo hay. Fue pura maldad. Valga esta introducción por si a usted no le gustan este tipo de chismes; la cosa es maloliente. Va la narración.
En un tiempo de mi vida cometí actos de periodismo explícito en el Nuevo Diario de Santiago del Estero. Después de las elecciones del año 95, ganadas por Carlos Arturo Juárez, me pusieron de corresponsal en La Banda. Iba a la mañana, tomaba notas de su actividad comercial, política, social y económica; al mediodía volvía a las oficinas de la Redacción, escribía las noticias y las ponía en las páginas asignadas. El drama era que a veces me daban dos páginas limpias, sin avisos, y no había tantas noticias como para cubrirlas por completo.
Un día tomé la determinación de ir a Clodomira, distante unos 20 kilómetros, una vez a la semana, los viernes, para también tomar nota del pulso de esa ciudad, nudo central de la economía de la alfalfa en la provincia. Todo bien, ¿no? Hice inolvidables amigos, como Carlos Ledesma, Rubén Saván e Ignacio Muñoz, sólo por nombrar tres, aunque fueron muchos más. Era tal la orfandad periodística que vivía aquel lugar que muchas veces me esperaban con las notas de la semana, perfectamente redactadas, con chismes y todo, e incluso con indicaciones precisas sobre a quiénes entrevistar, qué preguntarles y en qué horarios estarían esperándome.
No había redes sociales en aquel tiempo; internet era un sueño que quizás conocerían nuestros hijos o sus nietos y todo se hacía a pulmón. Se tomaba nota con lápiz y papel, había que sacar fotos y revelarlas; en fin, todo un trámite. Como no tenía enque, porque recién en 1998 me compré una motocicleta, al principio usaba el ómnibus o alguna de las dos docenas de combis que hacían el trayecto entre la parada de la esquina de casa y Clodomira. Iba tempranito en la primera combi —la de las maestras— para tener tiempo de volver a La Banda y cubrir también lo local.
Esto sucedió una imprecisa mañana de julio del 97. Cuando me embarqué para volver en la combi debían haber sido las nueve de la mañana, a la hora en que llovían pingüinos del frío que hacía. Clodomira, con el tiempo, se ha convertido en una ciudad dormitorio; se calcula que cerca de la mitad de sus habitantes salen todas las mañanas a trabajar, estudiar o hacer compras y vuelven a la tarde. Esa mañana la combi volvía repleta de pasajeros: no cabía ni un alfiler más porque, para peor, todos veníamos muy abrigados. De repente me invadió la certidumbre de que, desde el fondo de las tripas, me crecía un pedo. Supe también que no era de esos que suelen anunciar algo más, sino más bien, como dice la chacarera, de los que “truenan y no saben llover”. Y empezó a llegar, a llegar, a llegar.
Lo hice salir en puntas de pie, muy suavemente, sin cambiar un músculo de mi rostro. La combi aquella tenía cuatro o cinco filas de asientos; me había ubicado en la segunda. Por uno de esos caprichos de la falta de circulación de aire, el tufo brotó de repente en el asiento de atrás, del lado de la ventanilla derecha. El que primero lo sintió, uno que parecía jubilado, pegó el grito: “¡Quién ha sido el sucio!”, y miró hacia atrás. Unos metros más adelante pedimos al chofer que se detuviera porque, en verdad, había una pestilencia atroz, y bajamos todos a la carrera a respirar el aire puro de la helada santiagueña. Estábamos entre Estación Simbolar y La Granja. Había una mujer con cara de directora de escuela, parecía más mala que veneno vencido; era la que más protestaba, y yo me uní a sus quejas con vehemencia. Imagine la situeishon: como nadie iba a confesar el crimen, todos nos mirábamos con cara de mutua acusación. Al cabo de un rato volvimos a ascender a la combi y llegamos a La Banda sin más novedades.
Han pasado casi 30 años de aquello y recién me atrevo a confesarlo. Si quedara —o quedase— alguien que recuerde aquel incidente, le pido desde aquí que me disculpe; recién hablo hoy porque, imagínese, me daba mucha vergüenza hacerlo antes. Estoy yendo para viejo y esos falsos pudores ya no anidan en mi alma. Por otro lado, en ese momento alguien dijo que, si se enteraba quién había sido, deberíamos matarlo a golpes entre todos.
Esa vez fui partidario del linchamiento.
Y tuve miedo, qué quiere que le diga.
Juan Manuel Aragón
A 16 de enero del 2026, en La Tijera. Cuidando la majada.
 
Ramírez de Velasco®

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