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NATAL Eran tres, eran reyes, eran magos

Los Reyes Magos

Sus nombres: Melchor llegado de Europa, Gaspar de los pueblos de Oriente y Baltasar, morocho del centro del África

Eran tres, eran reyes, eran magos y llegaron a Belén el 6 de enero del año 1, tal como lo cuenta san Mateo en su evangelio y como lo saben los niños del mundo entero. No vengan con macanas. Eran reales, existieron. Los nombra un evangelista, ¿quién es uno para discutirle o para insinuar que mentía por esto, por aquello o por lo de más allá? Hay biblistas muy reconocidos en el mundo entero que, sabiendo la importancia de los santos y de la Tradición, se ponen a discutirles y sostienen que inventaban o adornaban a sabiendas.
Melchor era anciano, tenía barba blanca y llegó de Europa montado en un dromedario, el que tiene una sola joroba, y llevó oro de regalo, porque había nacido el Rey de Reyes, tal como cantan los villancicos. Las tradiciones son cosa seria, lo sabe cualquiera que ame su fe y su pueblo. Durante muchos siglos fueron la única manera de traer lo bueno del pasado, enriquecerlo en el camino, darle un sentido y sostenerlo vivo, de generación en generación, al calor de la familia, de la misa y de las fiestas populares.
Gaspar venía de un país del Oriente, posiblemente de la China o de por ahí cerca, tenía los ojos rasgados y cara de buen tipo, como los otros. Montaba en un camello, que es propiamente el que tiene dos jorobas, el más misterioso de los tres, y llevaba de regalo incienso, pero no el que suelen usar en algunos templos católicos argentinos, casi un humo infame, sino uno de calidad superior. El mejor es resina totalmente natural de árboles de Boswellia sacra. El que usan en la Argentina, con suerte, llega al treinta por ciento de resina; es el más baratito, el de compromiso, no el que merecería el pesebre de Belén.
Baltasar era el morocho, posiblemente oriundo del centro del África, montado en un regio caballo árabe. Traía la mirra, que se usa en la Iglesia copta, en la ortodoxa, en la etíope y en el rito mozárabe. Esa diversidad de procedencias y de dones dice algo que la fe entendió siempre: ante el Niño Dios se arrodillan los pueblos de todos los rincones de la tierra, con sus rostros, sus colores, sus lenguas y sus ofrendas. No es un detalle folklórico; es un símbolo vivo de la universalidad del cristianismo.
Esta tradición era útil y sigue siéndolo, sobre todo porque la religión es algo que se inculca primero a los niños, para enseñarles el valor del catolicismo. Era y es buena porque servía a los fines de embellecer una historia que, por sí misma, es bella, y era verdadera porque la contó alguien que, si no estuvo presente viendo lo que sucedía, fue uno de los testigos más cercanos y fidedignos. El evangelio según san Mateo no es un blog moderno ni un experimento literario: es un texto sagrado para millones de personas, y no se lo puede tratar como un simple borrador que cualquiera corrige con una birome roja.
Por otra parte, los subterfugios legítimos que usan los maestros para enseñar y lograr que algo se grabe en la mente de quienes son educados consisten en introducir alguna exageración, algún adorno, con el fin de entusiasmar las almas simples de los chicos. De grandes tendrán la oportunidad de conocer con más detalle la verdad histórica, matizar, estudiar, desentrañar los misterios de la fe, pero ninguno negará que esos cuentos de abuela, de catequista, de madre y de padre fueron los que despertaron su curiosidad infantil y abrieron una puerta a lo sobrenatural.
Encaramados en sus sillones de estudiosos, miran hacia abajo buscando qué otra tradición destruir, qué relato popular convertir en “construcción mítica”. Otra, porque la de los Reyes Magos hace mucho que intentan ensuciarla con sus disquisiciones vanas, sus dudas de intelectuales que disfrutan demoler más que comprender. Conviene decirlo clarito: muchas veces no se trata de amor a la verdad, sino de gusto por dinamitar lo que el pueblo sencillo ama. Y el blanco favorito, desde hace siglos, es el catolicismo.
La hostilidad no es nueva. Ya en el siglo XVI, con Martín Lutero y las rupturas que vinieron después, comenzó un proceso de desconfianza hacia la Tradición, hacia los santos, hacia la autoridad de la Iglesia, que culminó en guerras religiosas, divisiones, resentimientos y una larga serie de polémicas. No se trata de repetir caricaturas sobre Lutero, sino de ver un hilo: cuando la Palabra de Dios queda librada a la interpretación privada de cada uno, florece la tentación de ponerse por encima de la lectura creyente de veinte siglos y de reírse de las devociones del pueblo llano.
Rudolf Bultmann fue el pionero de la desmitologización del Nuevo Testamento: decía que muchos relatos eran construcciones míticas posteriores, añadidas a los evangelios para expresar verdades existenciales y teológicas, pero no hechos históricos. Lo siguió Marcus Borg, que consideraba que las narrativas de la infancia de Jesús no eran históricas, sino parabólicas o legendarias. También John Dominic Crossan, colaborador de Borg, veía una “historia parabólica” inventada por Mateo para subvertir el poder imperial romano.
Bart Ehrman explica que Mateo habría creado la historia de los magos como un paralelo teológico con figuras del Antiguo Testamento, como Balaam, para enfatizar el cumplimiento profético y la realeza de Jesús. Y todos, de un modo u otro, beben de David Friedrich Strauss, que clasifica la narración de los magos como puro mito, producto de la comunidad creyente y no memoria de testigos.
Habrá también algún otro exegeta moderno que, en la búsqueda de fama académica, destruyendo tradiciones cuidadosamente guardadas y pasadas de padres a hijos, corrompe su alma intentando el destrozo de una historia que empujó a sus propios antepasados a la verdadera fe. A todos ellos, desde este humilde lugar, va un pedido de reflexión, una súplica rendida pero firme: no se metan más con las acendradas creencias del pueblo llano sólo para ganar prestigio entre colegas, dejen de debilitar la fe de los sencillos con ideas peregrinas y destructivas que lo único que buscan, en los hechos, es perforar el crédito de la Iglesia Católica, Una, Santa y Verdadera.
Repitan, con la convicción de la infancia y la serenidad de la madurez: eran tres, eran reyes, eran magos, y llegaron a Belén el 6 de enero del año 1, guiados por una estrella, para postrarse ante un Niño que no es fábula ni adorno literario, sino Dios hecho hombre.
Juan Manuel Aragón
A 6 de enero del 2026, en San Pedro, Capital. Llegando en bicicleta.
Ramírez de Velasco®

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