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SANTIAGO Un corazón hecho de cosas simples

El trencito Guara-Guara

Repaso de lo que sostiene la vida cuando el ruido del mundo se apaga y solo queda la memoria de lo amado

Me gustan las mujeres que hablan poco y miran lejos; las gambetas de Maradona; la nostalgia de los domingos a la tarde; el mercado Armonía los repletos sábados a la mañana; las madrugadas en el campo; la música de Atahualpa; el barrio Jorge Ñúbery; el río si viene crecido; el olor a tierra mojada cuando la lluvia es una esperanza de enero; los caballos criollos; las motos importadas y bien grandes; la poesía de Hamlet Lima Quintana; la dulce y patalca algarroba; la Cumparsita; la fiesta de San Gil; un recuerdo de Urundel y la imposible y redonda levedad de tus besos.
También me encantan los besos de mis hijos; el ruido que hacen los autos con el pavimento mojado; el canto del quetuví a la mañana; el mate en bombilla sin azúcar; las cartas en sobre que traía el cartero, hasta que un día nunca más volvieron; pasear en bicicleta por los barrios del sur de la ciudad; los libros con olor a viejo; el calor del verano y el frío del crudo invierno; las remeras holgadas que me regala mi mujer y el perfume de su voz cuando me dice “mirá lo que te he traído”; la milanesa a la napolitana; las madrugadas escribiendo con el silencio de la ciudad por compañía.
Me gusta ser yo, entre trillones de otras posibilidades que podría haber elegido; tener vista para seguir viendo; la calle Libertad, entre Roca y Olaechea; el ruidoso trencito Guara–guara, que alegró la infancia de mis hijos; el aroma a campo que suele traer la lluvia; atesorar recuerdos de un caballo, el Potrillo, compañero de eternas aventuras veraniegas; saber que la noche está desatada mientras duermo sin extrañarla.
Me gustan las inseguridades que trae aparejada la vida; el sol brillante del amanecer santiagueño; la música de Tárrega y de Sor; la apasionante historia de José de San Martín; la segunda parte del Quijote, divertidísima y feliz; las duchas del verano, después de volver acezando de la calle; la sombra entrevista de una casa detrás de un algarrobo en el Camino de la Costa; los juguetes de antes; los visillos en las puertas de algunas casas; el gesto de Belgrano sofrenando su flete en la plaza Libertad.
Me encanta el saludo de las vecinas o sus empleadas, a la mañana, cuando barren la vereda; el olor a pan caliente y café que sale de los bares; la calle Independencia cuando cae la tarde; el color del pasto del parque Aguirre cuando llega el verano; el tardío ladrido de los perros bien entrada la noche; los trencitos de los maniceros de la Lavalle; la retreta de la plaza Libertad; la sonrisa de las puesteras del mercado.
Después, claro, tengo más felicidades, pero con estas me arreglo y voy tirando, mientras espero.
Ah, y celebrar que tengo vida todavía.
Juan Manuel Aragón
A 26 de noviembre del 2025, en el Mojón. Dando por sentado algo.
Ramírez de Velasco®

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