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BURBUJAS Y sí, el agua es un mineral

Agua de la canilla

La tilinguería moderna se esfuerza en parecer culta y transformó la simpleza del sifón en un negocio de botellas plásticas

¿No ha notado amigo que de repente las ciudades y pueblos de la Argentina se vaciaron de agua? No existe más la que venía en el caño. Los usuarios la desprecian, la tienen a menos. en algunas casas han llegado a comprar un dispensador al que deben llenar con un bidón que bajan de un camión que la cobra bastante carita. La han puesto en un lugar de victimaria que no se merece. En los últimos tiempos, si a uno le agarra dolor de panza, no se culpa a los alimentos que comió sino, directamente, al agua.
—Siempre me he mandado ocho platos de locro y nunca me pasó nada —dicen— debe ser porque no lo bajé vino sino con agua, uno de estos días me va a matar.
El mundo entero anda por todas partes con su botellita en la mano, ¿ha visto? Si pregunta por qué, dirán, como es lógico: “Por si me da sed”. Oiga, se entiende la necesidad de llevarla en una salida de campo. Mire si se pierde en el bosque santiagueño, en pleno verano, en menos de dos días sin tomar nada está muerto. Pero, ¿en la ciudad a cuenta de qué la anda cargando?, acaso no están llenos los caños que la recorren en todas las direcciones?, ¿ya no ponen grifos en las escuelas?, ¿los placeros no tienen una manguera para convidarle?, ¿los bares y confiterías no la entregan gratis a los paseantes que la piden?, ¿se acabaron las canillas que solía haber en la puerta de algunas casas?
La empresa Agua y Energía Eléctrica gozó de un significativo y justificado prestigio nacional en la Argentina debido a su papel central en el desarrollo energético e hídrico del país. La que venía en cañerías, solía ser una garantía de pureza y seguro estaba quien la consumía, de que estaba llevando algo totalmente limpio al estómago.
Era agua, se llamaba agua, se consumía como agua, lavaba como agua, calmaba la sed como agua y perdone la insistencia, pero algunos asuntos se deben repetir, porque si no la gente cree que uno habla en chino. Repita, agua, a-gua. Fácil, ¿no?
La soda era otra cosa: uno de sus subproductos más conocidos. Y ahí sí que los técnicos y profesionales de Agua y Energía no se metían ni tenían responsabilidad, porque se envasaba en sifones de vidrio usados (los verdecitos, ¿se acuerda?), que, lógicamente, cuando volvían a la fábrica, la sodería debía lavar. Se trataba de agua con dióxido de carbono, un gas que se disuelve en el agua bajo presión, mediante un proceso llamado carbonatación, lo que genera sus burbujas características. Se distribuía en un carro, tirado a veces por una yegua, la famosa “yegua sodera”, de la que alguna vez se hablará en esta crónica o en conversación con amigos, que pasaba casa por casa, retirando los sifones usados y entregando los nuevos. En la casa de los abuelos fue así hasta principios de la década del 70.
Luego de la privatización de Agua y Energía, cuando la gestión del agua en las ciudades pasó a manos de particulares, hubo una estampida de desconfianza. Y se empezó a sospechar de ella de una manera generalizada. Desde que la entregaron a empresas privadas, nadie cree, como antaño, en que sea insípida, incolora e inodora. Muchas amas de casa incluso le empezaron a notar un gustito raro y la culparon de todas las enfermedades de los hijos. Haya sido real o inducida la desconfianza, lo cierto es que hizo nacer el lucrativo negocio de venderla embotellada.
En los bares y confiterías, si usted la pide, en vez de traerle del caño, como se hacía antes con total confianza, se la dan en un envase de plástico. Para justificar un precio quizás un poco caro para algo que hay en cualquier lado, a la que viene en envase de plático se le empezó a decir “agua mineral”. Pero eso es una tontería, y perdone que se lo diga así. Qué otra cosa más que un mineral es el agua. Por dar un caso, a quién se le ocurría en un restaurant pedir “ensalada de lechuga vegetal” o peor, "vegetlizada", lo tendrán por rematadamente estúpido.
Un asuntito más. Como que la soda, la vieja y querida soda que se tomaba en muchas casas en la infancia, dejó de tener prestigio. Entonces le empezaron a decir “agua mineral con gas”, como para elevarla de categoría. Ya no era esa cosa en un sifón verde, con las letras de la sodería borrosas en el vidrio, traída por un carrito de tracción a sangre, sino algo distinto, sin olor a sudor de caballo, al parecer. Y todos se creyeron finos y elegantes, como si el gas que le agregan en el sifón fuera algo muy distinto de los pedos. Como lo sabe cualquiera, ambos son gases, en los dos hay dióxido de carbono y también en los dos se liberan burbujas. Ahora somos gente distinguida che.
El agua, la simple, querida y nunca bien ponderada agua, pasó a ser “agua mineral sin gas”, dando una vuelta de tuerca más al asunto. De tal suerte que la pedante y cursi tilinguería de los niños fifí, se ha generalizado. Hoy por hoy, si va al restaurante, y el mozo le pregunta:
—Qué va a tomar el señor.
Si le dice:
—Traiga agua nomás.
El otro se quedará parado, sin saber qué hacer. Es posible que vuelva a la carga para exponerle sus opciones:
— Aquí servimos agua mineral o mineralizada, con o sin gas.
Suponga que usted le dice entonces:
—No, traigamé agua de la canilla nomás.
En los tiempos que corren, es muy posible que, al mozo, viejo trabajador del gremio de los gastronómicos, se le quemen los papeles y le diga:
—No, de esa no tenemos.
Lo dicho, se terminó el agua del caño. No hay más, finish, caput. Murió.
No hay caso, uno de estos días, el chetaje va a morir de esnobismo. Ah, ¿tampoco hay chetos?, ¿y cómo les dicen ahora?, ¿tinchos y milipilis?
Vé po vos.
Juan Manuel Aragón
A 17 de agosto del 2025, en la avenida Maradona. Oyendo pasar el río.
Ramírez de Velasco®

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