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CHICAS El duende del panchúquer

Panchúquer

Qué pasa con las jóvenes del campo cuando llegan a la ciudad, por qué acostumbran tan fácil al tentempié norteño

Apenas llegan a la ciudad, las chicas del campo se dan al dulce trabajo de saborear panchúquer cada vez que van al centro, qué sabrá ser. No miran vidrieras, no se asombran por la altura de los edificios ni por las luces de los comercios ni por la cantidad de gente que transita las calles ni por las plazas ni por los templos, sólo quieren comer panchúquer.
Tal vez sea porque vienen de pagos en los que cada acción provoca una reacción igual, pero de sentido contrario: para comer cualquier cosa en su pago, perdido en el bosque santiagueño o, en una de esas, rodeado de enormes fincas sembrando glifosato en el cielo límpido, cada comida debe ser preparada por alguien. Pedir una comida de carne, huevos, una pizca de leche y harina y no tener que cocinarla les parece una maravilla de la modernidad.
Quizás recién entonces se creen habitantes del siglo XXI cuando lo consumen mientras caminan por la calle o sentadas en un banco de las cercanías, mirando la nada, saboreando este tentempié callejero. Las chicas del campo que se entusiasman con el panchúquer son las más bellas en su lugar de origen y aquí mismo suelen ser miradas con interés, porque no desentonan con el paisaje femenino de las ciudades del norte.
Muchas de estas chicas se quedan a vivir para siempre en Santiago y, cuando tienen hijos, les inculcan el mismo amor por esta comida tan desconocidamente popular como el sánguche de milanesa, el chipaco o la mazamorra bien pisada. Un asunto que deberían estudiar los sociólogos es la influencia de este alimento en la personalidad de los santiagueños, con derivaciones filosóficas y también —por qué no— folklóricas.
Sabido es que el carácter de los pueblos se forja en sus más pequeñas costumbres y nunca en sus grandes gestas, en sus comidas más comunes antes que en los elaborados platos de grandes restaurantes. Sin embargo, fíjese usted, hay gente nacida y criada en esta ciudad olvidada de la mano de Dios que jamás probó uno, no se tentó, nunca sintió la perentoria necesidad de comerlo, jamás miró con deseo un puesto de fabricación de este manjar de la gastronomía nacional, o al menos norteño.
Es como que lo ven como algo habitual, un accidente geográfico integrado al paisaje que, de tan común, no les llama la atención: algo así como un quebracho blanco para el campesino o un palo de luz en la cuadra de uno nacido en un barrio de la ciudad. Sirvan estas líneas para homenajear a los fabricantes de este humilde bocadillo, pues hacen la felicidad de tanta gente que, por unos pocos pesos gastados en el centro, se siente parte del universo.
Espíritu de un duende mágico que gasta el tiempo en que un pueblo grande se convierte en una ciudad pequeña. Con todas sus consecuencias.
Ramírez de Velasco®

Comentarios

  1. Será algo natural en el sentir de las personas?
    Me ha pasado recibir gente del campo, bien campo, que lo primero que me dicen al llegar es que quieren comer un pancho en algun carrito de la calle en New York.
    Este tal panchuker, o como se llame, ha trascendido las fronteras. Tengo un amigo del barrio que se fue a vivir a Australia y llevó una de esas máquinas para salir a flote en sus comienzos.

    ResponderEliminar
  2. !!!!!!! LOS PIONEROS DE TAL ELEMENTO GASTRONOMICO(PNACHUKER Y FRANFURTER) FUERON LOS ROSOLEN DEL BARCITO DE LA VIEJA ESTACION DE SERVICIO DE LOS BONACINA DE AVENIDA BELGRANO ENTRE 9 DE JUILO Y PEDRO LEON GALLO ¡¡¡¡

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