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CUENTO El amigo del Uno

Ilustración

Que narra de la vez que vino el primo para el casamiento de la Romilda y cómo fue que lo saludó al Gobernador

Quien invitó al primo Rigoberto al casamiento de la Romilda luego habría de arrepentirse largamente. En su descargo hay que decir que nadie sabía lo que ocurriría. Para empezar, dijo que llegaría cuatro días antes de la fiesta porque necesitaba tiempo para aclimatarse, y pidió que lo fueran a buscar: nunca había estado en la Terminal nueva y no se ubicaba. Fue lo de menos. Tras largos años de vivir cerca de Copo, nadie lo recordaba bien en la familia. Por eso, para ser reconocido, llegaría disfrazado de Capitán América. Todos se rieron de la ocurrencia.
Albertito, el encargado de ir a buscarlo, se demoró un poco. Cuando llegó se sorprendió: en un andén estaba esperándolo el Capitán América, ponchito al hombro, sombrero negro aludo, enormes bigotes renegridos y un montón de bultos para cargar. Hubieron de llamar a un changarín para que los ayudara. Diga que fue en la camioneta; si no, no hubiera cabido tanta cosa en un remís.
Apenas llegado a Santiago avisó que iba a visitar a su amigo, el Gobernador. No es tan fácil, le advirtieron: es un hombre ocupado, tiene una agenda estricta. No es que uno se anota para verlo y ahí nomás lo atiende; hay que pedir audiencia. Pero tanto embromó que, al final, le encargaron a Juanchi que lo llevara.
Fue un acontecimiento su estadía: se hacía notar. Al revés de los campesinos que uno conoce, hablaba fuerte, se movía haciendo ruido y pedía atención. En una palabra, como dicen ahora, era intenso. Le acomodaron un catre en la piecita del fondo, pero la primera noche lo sacó al patio: adentro se ahogaba.
A la vuelta Juanchi contó que las chicas que atienden en la puerta, cuando anunció a quién quería ver, lo atajaron. Entonces les dijo que hablaran con cualquier secretaria, le dieran su nombre y le explicaran que quería hablar con El Uno. Se puso firme con su pedido hasta que hablaron por el interno con uno que era Secretario del Secretario y le explicaron lo que sucedía.
—¿Qué pasó? —le preguntamos a Juanchi.
—¡Nos hicieron pasar ahí nomás!
Al otro día no quiso desayunar. Cuando lo hablaban respondía señalándose una muela: no se le entendía nada. Tanto embromó que hubo que llevarlo al dentista para que se la sacara. Pagamos nosotros porque, a la hora de meter la mano en el bolsillo, se hizo el tonto. Diga que trajo tres cabritos y dos lechones para la fiesta; de otra manera no lo habríamos aguantado ni quince minutos.
Contaba Juanchi que llegaron a una oficina, los hicieron sentar, no pasaron cinco minutos y apareció el Gobernador en persona. Apenas se vieron, se abrazaron.
—¡Capitán América!
—¡Gobernador querido!
Lagrimeaban. Después pasaron al despacho y hablaron de todo: de caballos, de gente que conocían, recordaron historias de antes. Y se despidieron con la promesa de verse de nuevo, cuando fuera por el pago. Es más, se sacaron una foto con el telefonito: El Uno dijo que la pondría en su escritorio y todo.
La noche siguiente el tío se agenció una atorranta, sacada quién sabe de qué fonda, y la trajo a dormir. Imagínese el escándalo que se armó cuando la abuela fue al fondo a regar las plantas tempranito y los halló durmiendo con todo al campo. Él se excusó con que había tomado con unos amigos que hizo en un boliche. No se acordaba cómo había llegado esa mujer a su catre. Nadie le creyó.
—¿No le pidió nada? —preguntaron a la vuelta.
—Nada.
¿Por qué? Yo también le averigüé por qué no le pidió un puestito para alguien, una casa, algo. Pero Rigoberto me dijo que no necesitaba nada: vivía bien, tenía su majada, su media docena de vacunos, sus cercos en los que sembraba maíz, zapallo.
La Genuaria hizo un gesto:
—Lo que es yo, le pedía que me dé, aunque sea de concejal.
En el casamiento sacó a bailar a todas: las primas, las sobrinas, las amigas de las primas, las amigas de las sobrinas y las esposas de todos los que habían ido. No dejó una sin convidarla a moverse en el centro de la pista. A cada una dejó una palabra galante en el oído. Y al día siguiente, cuando se le pasó la monumental macha que se agarró en la fiesta, se mandó a mudar.
Cuando se fue los viejos hacían cálculos: cómo era que semejante viejo fuera amigo personal del Gobernador, qué le había visto, porque no debía tener los votos de los parientes del pago. Pero el tío Remberto señaló que la amistad, cuando es verdadera, no se da por un interés. Y los demás se quedaron callados, como pensando.
Una de las mujeres pidió que para el próximo casamiento no lo invitaran, por favor. Miren que todavía falta la Eufemia, que ya tiene novio, y la Catalina: esa es muy interesada y seguramente va a conseguir un rico, un empresario, algo. Pero a Albertito le pareció un buen tipo.
En fin.
Juan Manuel Aragón
A 19 de agosto del 2025, en Pedro León Gallo y Belgrano. Viendo pande rumbear.
Ramírez de Velasco®

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