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ESCRITORES Aprenda a simular talento (con yapa)

Escritor, ilustración nomás

Cómo aparentar ingenio redactando recetas literarias absurdas, con exageración y estilo cultivado y, por favor, breve



Para dar instrucciones, lo lógico sería, antes que nada, instruirse uno mismo. Tenga cuidado con este punto, porque casos se han visto de futuros instruidos que sabían más que el instructor. La única forma de librarse de esta carga es hacerse jefe: el que sabe, sabe y el que no sabe es jefe.
Paso uno: jamás comience una instrucción con la palabra “primero”. Suena obvio y lo obvio espanta. Empiece por lo secundario, lo irrelevante, lo accesorio: “para freír un huevo asegúrese de que la ventana esté abierta”. Así el lector entiende que no se trata de cocinar, sino de un rito sagrado. El buen instructor nunca explica, siempre complica.
Las instrucciones para ser precisas deben ser parcas, de qué sirve que alguien instruya sobre la forma de abrir una botella, si tiene más de media página. Empero las instrucciones acerca de la manera de construir un puente pueden ser arduas, ya que conllevan el peliagudo estudio de la ingeniería.
Regla fundamental: no confíe en ejemplos sencillos. Si explica cómo encender un fósforo, compare el gesto con la erupción del Vesubio; si enseña a regar una planta, invoque a los dioses mesopotámicos de la fertilidad. El arte de instruir consiste en elevar lo mínimo a la categoría de epopeya, hasta que nadie recuerde si era una semilla o la Guerra de Troya.
Desde que Julio Cortázar escribiera sus célebres instrucciones, muchos son los aprendices de escritores que se las quieren dar de intelijudos, entonces escriben las suyas sobre asuntos tan banales (¿triviales?) como “Modos y maneras de regar una plantita”, “De qué forma calarse los lentes” o “Construya un castillo medieval en miniatura, usando fósforos de madera”.
Atención: toda instrucción que se respete debe incluir, al menos una vez, la palabra “cuidadosamente”. “Cuidadosamente doble la servilleta en diagonal”, “cuidadosamente inhale antes de estornudar”. El adverbio funciona como garantía de seriedad: sin él, la instrucción se convierte en simple consejo doméstico. Con él, en cambio, parece un tratado de filosofía aplicada.
Cualquiera creerá que es tarea fácil, cuestión de enlazar tres o cuatro frases más o menos perspicaces sobre el asunto o materia sobre el que se desea instruir. “Para hacer una piola lo primero es que debe tener dos extremos, requisito sine qua non para construirla”. Otra: “El peceto mechado necesariamente precisará de ciruelas descarozadas, so pena de romper los dientes de algún comensal no avisado”. Y la no menos picaruela: “Para escribir un cuento antes que nada debe haber leído al menos, a Borges y a Mujica Láinez”. ¡Ay, chicas!, ¿han visto que capo que soy?
No olvide el golpe final: toda buena instrucción debe cerrar con un castigo para el que no obedezca. El manual no se agota en la acción, exige penitencia. “Si la botella no se abre, será condenado a beber agua”. “Si el cuento fracasa, repita de memoria el Aleph”. La instrucción perfecta no enseña: amenaza.
Con esto basta y sobra para sacar chapa de intelectual ante los vecinos de la cuadra, que lo mirarán como bicho raro (“miralo ahí va el escritor, sacate el sombrero para saludarlo”, dirán, orgullosos de vivir en el mismo barrio). Los aprendices a poetas y poetos del taller literario de la otra cuadra también lo aplaudirán como una especie de renegado de las letras, un escritor maldito, un adelantado a su tiempo.
Y usted caminará por la calle orgulloso, sintiéndose casi un Manuel Machado, un Néstor Perlongher o, aunque más no fuere (o fuese), ese gringo pajarón y medio avivado que era José Ingenieros.
Juan Manuel Aragón
A 3 de octubre del 2025, en casa. Mirando la pantalla.
Ramírez de Velasco


PS
Había una vez una vieja, virieja—virieja de pico—pico tieja de Pomporerá.
La vieja tenía tres hijas, rejijas—rejijas de pico—pico tijas de Pomporerá.
Una iba a la escuela, viruela—viruela de pico—pico tuela, de Pomporerá.
Otra iba al colegio, viregio—virejio de pico—pico tegio, de Pomporerá.
Otra iba al estudio, virudio—virudio de pico—pico tudio, de Pomporerá.
Y aquí termina el cuento viruento—viruento de pico—pico tuento, de Pomporerá.
JMA
RdV®

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