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Yamanas en bote |
“Teníamos frente baja, estrecha y huidiza, los arcos de las cejas acusados y la raíz nasal hundida, lo que daba un aspecto bravío, aunque éramos más buenos que el pan con manteca”
El orden que había sido nuestra vida acabó cuando llegaron los blancos. Dictaminaron que nuestra patria se llamaba “Tierra del Fuego”, porque los asustaron nuestras hogueras. El gigante Patagón, de la novela Primaleón, de Francisco Vázquez, originó el hombre de una región de lo que ahora llaman la Argentina. De ese mundo habíamos sentido hablar poco. Pero para nosotros era “Donde—la—nieve—termina” o “Allá”, y era lo desconocido.Vivíamos en libertad, sin rey, jefe, aristocracia, castas ni jerarquías. Se lo cuento de forma lineal, para que sepa qué era “Allá”, ese lugar desconocido que ahora podrían nombrar como “resto del mundo”.Éramos los más antiguos del territorio americano, estábamos aquí antes que se establecieran los apaches en los montes del norte, antes que aztecas y mayas comenzaran a cubrir de sangre sus pirámides, antes de que los calchaquís fueran ignominiosamente exterminados por los incas, antes de que los querandíes empuñaran las boleadoras para cazar suris. Fuimos los primeros en recorrer todo el territorio americano y establecernos en la última tierra antes del inmenso mar helado del último sur del mundo.Cuando llegó el hombre blanco, nos llamó yamanas a unos y alacaluf a otros: pero nosotros nos tratábamos como iguales, sin antropológicas, universitarias distinciones. Descendíamos de los primeros inmigrantes que llegaron del Asia y teníamos una civilización que podría llamarse primitiva, parecida a la de tasmanos y australianos.
Teníamos frente baja, estrecha y huidiza, los arcos de las cejas acusados y la raíz nasal hundida, lo que daba un aspecto bravío, aunque éramos más buenos que el pan con manteca. La familia era nuestra única fuente de fuerza para la vida y la economía, todas eran independiente de las demás para la búsqueda del diario sustento. Cada una vivía por sí, sin rumbo ni programa de vida determinado ni planes superiores o inferiores ni mandatos sociales o de cualquier tipo ni impuestos que pagar, qué felicidad, amigos. Como cada uno tenía independencia de sus compañeros, sus hermanos, sus parientes, solo la igualdad de costumbres y obligaciones, de formas de pensar y de vivir, de lengua y de características raciales, hacían posible la unión interna y externa.
Las familias se dedicaban a buscar alimentos con autonomía de cualquier ley, norma, reglamento o sentido. A los niños inculcábamos el sentido de libertad y la afirmación de la personalidad para que nos mantuviéramos sin ayuda. Aunque, debo decirlo, ello llevó a que hubiera una total falta de hermandad, que fue lo que al final derrotó el mundo que era nuestro en toda su extensión.
Aunque no se crea, no teníamos jueces, policías ni caciques ni una autoridad penal pública, éramos tan iguales que un tal Roberto Fitz-Roy dijo que no había superioridad de unos sobre otros, salvo para el que la adquiría gradualmente por la ancianidad, la sagacidad o una conducta intrépida.
Teníamos cientos de palabras para nombrar a la nieve, pero ninguna para decirle solamente nieve, porque no es la misma todos los días y con cientos más nombrábamos el mar, que es igual y no es igual, según el viento, la época del año, la luna, el sol y los pingüinos y lobos de mar. No sabíamos cómo decirles a los extranjeros porque nunca nadie nos había visitado antes. Eran blancos, rubios, hablaban un idioma bárbaro y no olían a grasa de pescado como nosotros sino a su propio sudor rancio, de varios años sin conocer el agua limpia, el hielo, el cielo que era nuestro por derecho propio.
Ahora que nos han hecho desaparecer a fuerza de imponernos una cultura extraña, provocando el olvido de los dioses que moraban en nuestras palabras, nos quieren rescatar en nombre de la misma ideología que nos mató. Déjennos en el triste mundo de negro olvido en que nos sumieron, jamás tendremos de nuevo las canoas para pasear libres por un mar que antaño no estaba poblado de transatlánticos ni turistas gritones creyendo que pueden comprar nuestra sonrisa con papeles que pasaron de mano en mano, sucios y ajados.
Yamana significa “hombre”, que es lo mismo que “nosotros”, por eso nuestro nombre es un secreto que vive en el mar y ahí se quedará por siempre, hasta que jamás sea una palabra que diga el olvido de este pueblo y nunca sea para siempre su distinción y su nostalgia.
©Juan Manuel Aragón
Tremenda perspectivas.
ResponderEliminarComo lo menciona el artículo, la mayoría de las civilizaciones indígenas de América se invadieron, conquistaron y borraron de la tierra entre ellas con el correr de los siglos, en la mayoría de los casos con particular crueldad.
ResponderEliminarEn los casos de las culturas patagónicas, salvo los casos de grupos belicosos, desde la colonización española esas poblaciones no fueron "hechas desaparecer", sino absorbidas e integradas, a medida en que la nueva cultura y sus reglas se fueron imponiendo, algo que ha sido un proceso natural e histórico en todo el mundo desde que existen los humanos.
Incluso esos colonos europeos, eran el resultado de siglos de invasiones y conquistas, muchas veces violentas, de culturas como los bárbaros, los moros, los romanos, los unos, los mongoles y otros anteriores. Es como se desarrolló la humanidad y nadie le debe reparaciones a nadie o debe sentir culpa por ello en nuestros días.
No creo que ningún descendiente de tribus patagónicas tenga interés hoy en volver a vivir en tiendas, tapados con cueros, untándose con grasa de pescado, y comiendo de lo que pudieran cazar ese día. Incluso no creo que les interese hacerlo ni durante un fin de semana de camping.
Creo que hay que empezar a dejar de lado la actitud de virtuosismo barato promovido por ONGs dedicadas a inventarse grupos oprimidos y afectados para alimentar su negocio de conseguir recursos financieros para su activismo mesiánico, pero principalmente para su propia sostenibilidad y vida licenciosa.
"GRAN FAVOR HIZO EL BLANCO CON LLEVAR CASTORES PARA COMERCIALIZAR SU PIEL.HOY UN PROBLEMA SERIO QUE PADECEN SUS HABITANTES.USUAHIA ES LA PERLA DE LA ARGENTINA.SE VIVE CON LA CONFIANZA DE QUE NO HAY ASALTOS NI ROBOS Y TODAVÍA,ALLI,LA LEY ATRAVIESA A SUS HABITANTES
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