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DAGO Un bandeño suelto en Bélgica

Dagoberto, al centro, con sus hijos

Qué sucede con los argentinos cuando van a otro país y solamente hablan en español, cómo se las arreglan, qué picardías hacen


Las conversaciones de café suelen derivar a las anécdotas que tienen los muchachos con gente que habla otros idiomas. Muchas veces graciosas, siempre son interesantes, porque muestran lo desperdigados que andan los argentinos por el mundo. Y también su audacia, porque ir a un país sin conocer el idioma, parece tarea de ciegos o de locos.
Ahí está el caso del bandeño Dagoberto Díaz, que tiene una hermana, María Inés, casada con Hugo Ruiz, de los Ruiz Taboada de la Avellaneda, y vive en Bruselas. Según dicen Bélgica es uno de los países más bellos de Europa, como que José de San Martín, cuando se fue de la Argentina definitivamente, vivió con su hija Merceditas y su criado Justo Rufino, en la calle Rue de la Fiancée 14, de Bruselas.
San Martín hablaba español como andaluz, quizás con algo de tonada mendocina, chilena o peruana. También sabía francés, inglés, griego y latín. Siguió tomando mate durante su estancia en Europa, costumbre que adquirió cuando vino a la Argentina, aunque no se sabe de dónde sacaría la yerba. Según Ricardo Rojas era de estatura mediana, más bien bajo, de piel aceitunada, como los españoles del sur, sufría de úlcera y sus últimos tiempos andaba casi ciego por las cataratas, de tal manera que su hija le leía los diarios.
De vez en cuando lo visitaban algunos argentinos curiosos, porque desde que se fue hasta 1850 cuando murió, su figura se había ido haciendo cada vez más grande. Al parecer quienes lo conocían, ya por entonces, creían que se toparían con alguien alto, imponente y se hallaban con un tipo común y corriente, un vecino cualquiera.
Suceden anécdotas curiosas a los que visitan otros países. Como Carlos Bothamley, que anduvo en Nueva York con la señora. Tenían que hacer un viaje en taxi, de unos veinte minutos y Carlos subió adelante. El chofer era un paquistaní y conversaron durante todo el trayecto.

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—Ah, vos sabes inglés, Carlos— le dice uno.
—Lo único que sé decir es “I am a pupil”, “you are a teacher”, “the blackboard is black” y nada más.
—¿El paquistaní hablaba en español?
—Nada.
—¿Entonces?
—Durante todo el camino hablamos por señas y con la media docena de palabras que yo sabía en inglés. Vieras qué conversación interesante.
En la familia se cuenta la historia de Sebastián Lobo, un primo tucumano, chango lindo y simpatiquísimo, que murió siendo muy joven. Se puso de novio con una becaria norteamericana, una chica más o menos de su edad. Él no sabía una palabra de inglés, ella tampoco hablaba en español. Cuando preguntaban:
—¿Cómo se entienden?
El padre, el tío Gringo, respondía:
—Sistema Braille.
Vuelta a Dagoberto, que fue hace varios años, con uno de sus changos a visitar a su parentela de Bélgica. A veces salían a la calle los dos. Entonces Dago hablaba en español, como si estuviera en Santiago, pero en voz alta:
—Miralo a aquel, la cabeza parece pishcko— decía. Y se reía también porque al chango medio que no le gustaba su travesura.
Lo hacía en todos lados. Un día, ya en Santiago, alguien le preguntó:
—Che, pero por ahí te deben haber descubierto.
—Varias veces se han dado cuenta.
—¿Y qué hacías?
—Íbamos en un ómnibus y me pongo a criticar a uno. De repente una mujer me dice: “Oye, que soy española, que te estoy entendiendo”.
—¿Y vos qué has hecho?
—Lo he mirado a mi chango y le he dicho: “Uno a cero”.
©Juan Manuel Aragón

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