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PASIÓN Boletos capicúa

Boletos capicúa

Relato en que se cuenta el entusiasmo de uno que juntaba macanitas sin valor, una anécdota sin moraleja a la vista


Cada vez que le daban un boleto capicúa en el ómnibus, lo guardaba. Lo pegaba en tres carpetas que tenía en la casa y en la que prolijamente anotaba la empresa el número de interno y a veces hasta el nombre del chofer. En una tenía los capicúa- capicúa, es decir los que no le erraban por ningún número. Después los casi capicúa que llamaba “netos”, que le habían fallado en el último número, le habían pifiado por uno. También estaban los “casi-casi”, en los que erraba por cualquiera de los otros números. Y otra era de los “cero-cero”, ¿por qué? Ahí tenía números como el 000363, que oficialmente sí es número palíndromo, aunque pocos reconozcan que se lee igual del derecho que del revés.
Una vez llevó las carpetas al café: le aconsejamos que se dedicara a juntar estampillas, que tampoco es un deporte caro, pero al menos está revestido de cierto prestigio, como que reyes y príncipes de todo el mundo tienen su colección, lo mismo que personas que se dicen inteligentes y capaces.
Respondió que filatélicos había muchos, lo mismo que coleccionistas de monedas, cajitas de fósforos, encendedores, muñecas, cuchillos, cuadros, lapiceras, ceniceros, estuches de anteojos, libros raros y antiguos, vasos y latas de cerveza, caracoles, mates y bombillas, Pesebres de Navidad, estampitas, viejos discos de vinilo, tazas de café de bares, atados de cigarrillos, cuadernos y libretas, autógrafos de artistas famosos, fotos viejas, sacapuntas, tarjetas de salutación, en fin. Pero no había visto otro que se dedicara a juntar boletos capicúas.
Le advertimos que había una posibilidad en cien de que le dieran uno y que se reducía solamente a cincuenta si cada viaje era de ida y de vuelta. Indicó que ya lo sabía, a veces se quedaba al lado del chofer y cuando subía la persona que le tocaba, le pedía que se lo cambiara. ¿Si no quería? Pecho, qué voy a hacer, dijo. Pero muchos antes de bajarse le daban el suyo. Y así juntó su colección.
Cada loco con su tema, pensamos los amigos. Si el otro quería juntar boletos de ómnibus y ponía todo su empeño en eso, quiénes éramos nosotros para juzgarlo. Alguien dijo que, si hubiera guardado las tarjetas de invitación a cumpleaños de 15 y a casamientos, también habría tenido para hacer varios álbumes porque lo vivían invitando. Pero no lo has hecho, lo retó uno. Y quedó en eso.
Ahora queremos preguntarle qué hace, porque no dan más boletos y se paga el viaje con una tarjeta que se apoya en un cosito y marca que uno ya está viajando. Pero el amigo ya no aparece, capaz que ya no viene al centro y piensa, “para qué, si nunca más voy a buscar el 55355 o el 15951”. En una de esas ahora acude a las carpetas en búsqueda de inspiración para jugarle a un número a la tómbola o junta los tickets factura que dan en todos lados.
Lo único cierto es que, si es presa de otra pasión tan inútil como la de juntar boletos con número capicúa, al menos los vecinos lo reconozcan y cuando alguien pregunte por él en el barrio, digan: “Allá vive el señor que junta macanitas, en la casa que tiene enanos de yeso en el jardín y un cisne en el techo, justito”.
Juan Manuel Aragón
A 6 de agosto del 2024, en Alberdi y Vías, La Banda. Recordando tonterías.
Ramírez de Velasco®

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