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TUCUMÁN El Bajo

El Bajo de Tucumán

El paisaje más característico de la vecina provincia son las ocho cuadras que van del templo de La Merced a la terminal nueva

Pensándolo bien, quizás el lugar más genuinamente rescatable de San Miguel de Tucumán, el más típico el que atesora más folklore del genuino, el que se crea en los barrios humildes, sea el Bajo. Son ocho o diez cuadras que empiezan, en la 24 de Septiembre, frente al templo católico de la Merced o quizás en la plaza Independencia y termina en la avenida Brígido Terán, nombre de prócer típicamente tucumano que hacía reir a los santiagueños cuando volvían a su casa.
Capaz que lo que se dice aquí sea sólo parte de un recuerdo idealizado de la infancia, cuando en la casa de los abuelos vivía un mundo que, si bien era aparte, también era muy parecido al del hogar paterno. En todo caso el lector que llegó hasta aquí, si se empeña en terminar, será comprensivo, pues se trata de remembranzas que vienen, necesariamente, con lagunas en medio de un universo poblado de fantasmas.
Son ocho cuadras o un poco más, que muestran el más auténtico Tucumán que existe en el universo. El Tucumán más Tucumán. Hay vendedores ambulantes de lo que busque mezclados con agentes municipales de Tránsito, prostitutas de todo tipo, raza, religión y porte y también para todos los gustos, campesinos que terminaron su trámite y caminan rumbo a la Terminal Nueva, policías de civil y uniformados, empleados de los mil y un negocios ofreciendo Biblias y calefones, prostitutos vestidos de mujer, hábiles mecheras, tucumanos comunes y corrientes pasando raudos quién sabe adónde, bares de mala muerte con cucarachas más grandes que ratones, vendedores de frutas, carteristas y cuenteros del tío esperando pacientes la mosca que caerá en su telaraña.
En la Avellaneda comienza a llamarse Benjamín Aráoz, nombre de prócer de ómnibus, según saben muchos ñañitas, que hicieron uso para viajar en la empresa de Eduardo Singh, conocido como Lalo, Lalo Singh. “La Benjamín Arao” según decían, en esa manera tan típica de hablar que tienen los nativos de Tucson y que tanto les gusta imitar a sus vecinos.
Dichosos los que conocen y gozan de los paisajes de Raco, Tafí del Valle, San Javier, San Pedro de Colalao, Amaicha u otros paradisíacos pueblos hechos con el fin de turistear, está muy bien eso, nadie los critica, gustos son gustos. Pero lo más auténticamente tucumano vive, late, ríe, sufre, goza, llora y se muestra todos los días, de lunes a sábados, apiñado en una superficie que, a ojo de buen cubero, abarca un kilómetro y la yapa, por ambas aceras.
Sin contar la Terminal vieja, que antes y después del incendio, es otro mundo del que quizás habría que ocuparse otro día.
Marcantonio era el negocio de la infancia de muchos santiagueños del oeste de la provincia, cuyas vidrieras miraban encantados por la cantidad de objetos fabulosos que se ofrecían a sus ojos. A saber, relucientes arneses para sulkys, un apero completo (jerguillas, caronas de salteños palanganas, silla, pellones, carpincho), más riendas, cabezada, bozal cabestro y cencerros de todo tamaño, suelas, sombreros, finos lazos de tiento y otros cientos de implementos agrícolas, útiles y apreciados en aquel tiempo.
También estaba Casa Jorrat (Casa Jorrá, le decían nomás), en la que, en un tiempo, todos en el pago compraban desde discos de Avelino hasta el Cuarteto Imperial cantando 488 kilómetros de ida, pasando por bicicletas, cocinas, lámparas Radiosol, bicicletas, muñecas, pelotas de fútbol, lo que busque. No había casa, allá lejos y hace tiempo, que no tuviera un artículo comprado en ese maravilloso emporio de los elementos útiles.
Canigó, en el límite, antes frente a la plaza Independencia y después un poco más cerca de La Merced, era el negocio al que acudían los campesinos buscando cartuchos para la escopeta y balas para la carabina 22, que se conseguían entonces sin los interminables requisitos de seguridad que piden hoy para esos dos insumos básicos de antaño, de aquella campaña siempre escasa de proteínas.
Frente a la Terminal Vieja, todavía en la década del 90 y muy a destiempo, había un cine que ofrecía películas pornográficas. En su puerta, en medio de carteles anunciando los paraísos más preciosos del onanismo, esperando eternamente un cliente solía haber un marica a quien la gente del pago observaba de reojo, pero con mucha atención, era una de los detalles de interés que se contarían a la vuelta, de la gran ciudad que llegó a ser San Miguel de Tucumán, en un tiempo lejano.
Según noticias que suelen llegar de lo que fuera la gran ciudad del norte argentino, de vez en cuando sus autoridades recuerdan que otrora los llamaban el Jardín de la República. Y emprenden campañas, gracias a Dios siempre ineficaces, para borrar del mapa este lugar emblemático en el corazón de cientos de miles de campesinos del este tucumano, del oeste mistolero de Santiago, de Pellegrini a Choya, que son los mismos que llegaban puntuales, todos los años, para abril, a la cosecha de caña.
El que día que el Bajo se hunda para siempre en el fondo de los recuerdos de tanta gente, la modernidad habrá borrado el trazo fino del corazón palpitante más característico y más genuinamente tucumano de una provincia que muchos consideran suya por derecho propio, aunque no hayan nacido ni cerca.
Juan Manuel Aragón
A 16 de febrero del 2025, en El Paloma. Jugando por la llera.
Ramírez de Velasco®

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